Qué es una mala novela y por qué

Desde que abrí tanto este blog como su cuenta en Youtube años ha, he venido leyendo comentarios de índole diversa (agresivos, insultantes, comprensivos, etc.) a mis opiniones literarias. Los dos primeros adjetivos entre paréntesis los aplico a comentarios provenientes, exclusivamente, de malos lectores; es decir, de lectores que no atienden a razones y se sienten ofendidos cuando se les dice que cierta narrativa no atesora calidad alguna. Pues el mal lector no es tanto quien no distingue las obras buenas de las malas cuanto quien se muestra incapaz a la hora de entender explicaciones y ejemplos. Dicha incapacidad para el entendimiento viene más bien de la falta de formación en teoría literaria y filología, toda vez que el gusto mero es educable y modificable mediante instrumentos apropiados, máxime a través de una disposición adecuada al estudio y a lo abstracto.

La falsa división del saber entre ciencias y letras ha llevado a que la objetividad caiga del lado de las primeras y la subjetividad del lado de las segundas. Las matemáticas y la física son lo que son, mas en literatura todo es opinable. O eso se oye por ahí. Yo no lo he dicho ni creído nunca. Es más: se puede razonar y argumentar de modo claro y preciso por qué un libro es objetivamente malo y no contribuye en absoluto a la instrucción de nadie.

Vayamos al grano: ¿Qué es mala literatura? Fácil: mala literatura es aquélla que está mal escrita. Ahora bien: ¿Qué significa “mal escrita”? ¿Cómo lo defines? Hay varias maneras de enfocar la cuestión. Una manera muy distinta, a mi juicio, es mediante la siguiente división cuádruple:

1. Mal escrita gramaticalmente. La lectura se dificulta por motivos estrictamente gramaticales: períodos enteros resultan del todo incomprensibles, o no se entienden parcialmente porque hay algo que está diáfanamente mal. Quien entra en esta categoría toca fondo y debería dedicarse a otra cosa por el bien de la humanidad, a menos que se haga millonario. Novelas ejemplares: la, por desgracia, inolvidable La sombra del viento de Zafón y La Profecía del Laurel, de Jesús Ávila Granados. Cabe añadir que la presencia de errores gramaticales indica dejadez por parte del editor e impericia profesional por parte del corrector, suponiendo que se haya pagado a alguien para que desempeñe la labor. Muchas editoriales se saltan tal paso para ahorrarse dinero.

2. Mal escrita descriptivamente. No se entienden las descripciones. Las metáforas son erróneas. Novelas ejemplares: las dos antedichas y Pasión india, de Javier Moro.

3. Mal escrita narrativamente. Toda novela es un monstruo de Frankenstein que deviene paulatinamente autónomo y cuyo control el autor puede perder. Es más habitual de lo que parece y sucede en las mejores familias. Novelas ejemplares: La sombra del viento, La Profecía del Laurel, The Boy in the Striped Pajamas de Boyne (mal traducida como El niño con el pijama de rayas, ya que los pijamas son a rayas; otra muestra de dejadez editorial: no saben ni escribir un título correctamente) y, sin que sirva de precedente, Underworld de Don DeLillo, maestro de las letras peligrosamente postmoderno a quien le salió el tiro por la culata en esta ocasión.

4. Mal escrita ideológicamente. La palabra “ideología” no tiene necesariamente una mala acepción. Aquí significa “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza determinado pensamiento”. Una narración está mal escrita ideológicamente cuando usa un lenguaje falaz, melifluo, amanerado, caduco, pomposo, edulcorado, presuntamente provocador, cursi, en general o con el propósito específico de adscribirse a una corriente, a un género o a un movimiento, estén históricamente cerrados o no (el simbolismo de William S. Burroughs está cerrado pero el postmodernismo de Cormac McCarthy está abierto). Novelas ejemplares: La sombra del viento otra vez; El Palacio de la Medianoche, también de Zafón; The Warlord Wants Forever, de Kresley Cole; The Boy in the Striped Pajamas, de Boyne. La obra nace muerta porque nace pasada de moda, engendrada accidentalmente, a pesar de la intención del autor, como caricatura de mal gusto, imagen distorsionada de lo que pudo haber sido, jamás fue y nunca será. Este tipo de ideología estética está íntimamente relacionada con lo que Theodor Adorno llamaba “desintegración de los materiales”: la característica del mal arte es el desgaste, la caducidad, la falta de actualidad.

Es evidente que las obras peores son las que caen en las cuatro categorías al mismo tiempo, como La sombra del viento. Sin embargo, para dar riqueza a la entrada tomaré todas las mencionadas a guisa de ejemplo. Procedo.

1. Análisis de mala escritura gramatical.

  • La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón (Planeta, tapa dura, 33ª edición, marzo de 2004).

“Un secreto vale lo que aquellos de quienes tenemos que guardarlo”. (Página 17.) ¿¿Cómo??

“El día de mi dieciséis cumpleaños […]”. (Página 63.) Pues no. Es “decimosexto”.

“El interfecto me indicó que me acercase, como si quisiera susurrarme al oído”. (Página 303.) ¿El asesinado hacía indicaciones? ¡Milagro!

2. Análisis de mala escritura descriptiva.

  • La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón (ídem).

“Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido”. (Primer parágrafo.) Vamos a ver… Situémonos: amanece un “sol de vapor” (¿sol que riela en el horizonte?) en un “cielo de ceniza” (¿acaso nebuloso? ¿quizá muy gris? ¿plomizo?). Hasta aquí, confuso y manifiestamente difícil en verano en Barcelona, pero concedo que sea atmosféricamente posible. Ahora bien: ¿Está Zafón al tanto de que una guirnalda es una corona o tira tejida de flores y ramas, y de que cualquiera que haya paseado por la Rambla de Santa Mónica (o, de hecho, por cualquier otra parte del planeta) sabe que no hay manera alguna de que la metáfora del sol derramándose “en una guirnalda de cobre líquido” tenga el más mínimo sentido? En cambio, si lo que en realidad quiere decir es que el sol mismo es como una guirnalda de cobre líquido que se derrama sobre la Rambla, la estructura sintáctica de la frase es incorrecta y no transmite la idea. Añado que, por si fuera poco, tal fenómeno es imposible que se dé durante el amanecer, momento en el cual están (según se desprende de la presencia inequívoca de la palabra “amanecer” en la cuarta posición de la frase), en primer lugar porque el sol no brilla a suficiente altura, y en segundo lugar porque desde la Rambla de Santa Mónica no percibes el amanecer a menos que te sitúes más allá de ella, es decir, junto a la estatua de Colón en Atarazanas.

“Recorrí pasillos y galerías en espiral […]”. (Página 11.) ¿Alguien se ha parado a pensar en cómo sería una galería en espiral de verdad? En virtud de la estructura sintáctica de la frase, ¿la descripción “en espiral” califica también al substantivo “pasillos”? Porque de ser así estamos hablando nada más y nada menos que de un tobogán.

  • La Profecía del Laurel, de Jesús Ávila Granados (Planeta, tapa dura, 2005).

“Aunque había comenzado la primavera y el disco solar, amarillo y rosa, ya asomaba por el horizonte montañoso, ni los pájaros se atrevían a trinar”. (Página 13.) ¿Perdón? ¿Amarillo y rosa al mismo tiempo? ¿Y qué pinta una cláusula adversativa aquí? ¿Significa el “ni” que hay algo más que deba trinar salvo los pájaros?

  • Pasión india, de Javier Moro (extracto que tengo en un compendio).

“La española asiente con la cabeza. Están invitadas a cenar en la mesa del capitán porque… ¡Es la última noche! A la joven le parece mentira”. A mí también me parece mentira que alguien haya podido pergeñar eso. ¿”Asiente con la cabeza”? ¿Con qué más va a asentir? ¿Con el culo? ¿Y lo de “¡Es la última noche!”, así, exclamación de adolescente histérica con bolso rosa de Hello Kitty? De los puntos suspensivos que pretenden indicar, justamente, suspense, ni hablo. Ridículos en extremo.

3. Análisis de mala escritura narrativa.

Para decirlo claramente, La sombra del viento, La Profecía del Laurel, The Boy in the Striped Pajamas y Underworld son pastelazos que no hay manera de leer. Son novelas pretenciosas que no llevan a ninguna parte y no presentan interés narrativo alguno. Aburren a las ovejas. Underworld, además, está estructuralmente desencajada, y La sombra del viento y The Boy in the Striped Pajamas son pornografía emocional pura.

El caso de Underworld es paradigmático. La crítica la recibió como obra maestra por un motivo muy interesado: DeLillo es ciertamente un escritor de nivel y es candidato perpetuo al Nobel. No obstante, algunos insinuaron tímidamente que la novela es demasiado larga (mil páginas). Quien trabaje en la industria editorial y sepa leer entre líneas entenderá el mensaje sin equívocos: en este contexto, “demasiado larga” significa que sobra la mitad de las páginas (quinientas) porque el conjunto está hinchado con la verborrea incontenible de DeLillo. Considérese como ejemplo que el prólogo de la novela, titulado “The Triumph of Death” (en referencia al cuadro de Brueghel), no es más que una novelita corta de 100 páginas originalmente titulada “Pafko at the Wall”, que terminó convertida en prólogo de Underworld porque el autor, sencillamente, no sabía qué coño hacer con ella. No tenía dónde meterla.

4. Análisis de mala escritura ideológica.

  • The Warlord Wants Forever, de Kresley Cole, diosa de la llamada “literatura romántica paranormal” (historias absurdas de sangre y sexo con vampiros de buen ver, valquirias buenorras y licántropos cachas).

“If the overgrown vampire didn’t stop staring at her face, even his wicked talent with his sword wouldn’t keep his head upon his shoulders”. (Primer parágrafo del primer capítulo. Lo podéis leer en la Amazon si pulsáis sobre los pectorales del notas ese.) Sin comentarios. ¿Para qué?

  • El Palacio de la Medianoche, de Carlos Ruiz Zafón (extracto que tengo en el mismo compendio donde está el texto de Javier Moro).

“Nunca podré olvidar la noche en que nevó sobre Calcuta”. Tópico trilladísimo. Al cabo de una página y media, como eco de sí mismo: “Nunca podré olvidar los rostros de aquellos muchachos asustados la noche en que nevó sobre Calcuta”. Frases hechas, rehechas, deshechas y contrahechas.

“Poco después de la medianoche, una barcaza emergió de la neblina nocturna que ascendía de la superficie del río Hooghly como el hedor de una maldición. A proa, bajo la tenue claridad que proyectaba un candil agonizante asido al mástil, […]”. Aquí ya se prefigura lo que vendrá a lo largo de toda la novela y de toda la obra zafoniana en términos generales: la recreación lamentablemente naíf y recargada de la prosa gótica típica de la literatura inglesa, aderezada con influencias manifiestas de H.P. Lovecraft, Robert W. Chambers y otros autores. Me consta que Zafón escribe así a consciencia, no por casualidad. El conjunto no deja de ser la regurgitación y posterior mezcla, cansina, desangelada y en absoluto original, de una serie de lecturas de clásicos hechas durante media vida.

  • La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón (ídem).

“—Daniel, lo que vas a ver hoy no se lo puedes contar a nadie —advirtió mi padre—. Ni a tu amigo Tomás. A nadie.
—¿Ni siquiera a mamá? —inquirí yo, a media voz.
Mi padre suspiró, amparado en aquella sonrisa triste que le perseguía como una sombra por la vida.
—Claro que sí —respondió cabizbajo—. Con ella no tenemos secretos. A ella puedes contárselo todo”. (Página primera de la novela. En la línea siguiente se explica que la madre murió tras la Guerra Civil.) Imitación baratísima e insultantemente kitsch de temas postrománticos. La madre ha muerto, el chaval la echa en falta y el padre es una especie de espectro. ¿Nos ponemos a llorar todos? ¿Es un diálogo escrito para suscitar la empatía del lector? ¿En serio?

“Por espacio de casi media hora deambulé entre los entresijos de aquel laberinto que olía a papel viejo, a polvo y a magia. […] Atisbé, entre los títulos desdibujados por el tiempo, palabras en lenguas que reconocía y decenas de otras que era incapaz de catalogar”. (Página 11.) Esta parte provocaría hilaridad si no provocase perplejidad. Primero, por el tono pomposo y hortera del conjunto. Segundo, ¿”por espacio de casi media hora”? ¿Espacio y tiempo juntos? En todo caso, “durante casi media hora”. ¿”Entre los entresijos”? ¿Se supone que eso hace gracia? ¿Que es un recurso iterativo tomado del modernismo, similar a los de Joyce en Ulises? ¿”Catalogar” lenguas? ¿Acaso el crío es lingüista? ¿No se apercibe Zafón de que toda esa frase es una payasada, como asimismo el resto del libro?

  • The Boy in the Striped Pajamas, de John Boyne (Black Swan, PDF, 2006).

“Bruno raised an eyebrow, unable to understand the sense of all this, but he assumed that it had something to do with keeping the rain out and stopping people from catching colds”. (Casi al final del libro.) En efecto, la inocencia y pureza infantil del hijo de un nazi es tal que confunde una cámara de gas con un cobertizo para que prisioneros esqueléticos con números tatuados en las muñecas no se resfríen.

“And then the room went very dark and somehow, despite the chaos that followed, Bruno found that he was still holding Shmuel’s hand in his own and nothing in the world would have persuaded him to let it go”. (Parágrafo siguiente.) Lo dicho: pornografía emocional. Todo el libro es así, compuesto mediante una prosa cansina que apela constantemente a los sentimientos.

Lo dejo aquí. Como siempre, borraré los comentarios insultantes en caso de que algún descerebrado los deje. Os emplazo en la entrada del próximo lunes, titulada “Qué es una buena novela y por qué”, y cierro con tres vídeos que grabé en mi casa hace tiempo y que la mayoría de vosotros ya habrá visto: uno acerca de La sombra del viento, los otros dos acerca del texto original de La Profecía del Laurel antes de que Planeta maquillara el desastre.

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Nuestro vídeo contra Zafón en TVE

Me comunica Félix Pérez-Hita, responsable del blog vudutv, que mañana viernes y pasado mañana sábado (en repetición) se emitirá en La 2 su documental acerca de archivos y bibliotecas. Para mi sorpresa, le ha añadido imágenes del vídeo que grabé con unos amigos a la zafón, digo, a la sazón. Precisa que se trata de un capítulo de Soy cámara, el programa del CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona).

No puedo dar más datos desde Singapur. Confío en que quién quiera verlo sabrá pillarlo en la rejilla de La 2.

Otra lista: los libros de la década

Como ya dije de la lista que La Vanguardia presentó de las cincuenta mejores películas de esta década primera, seguiré la corriente a pesar de que aún no hayamos pasado a la segunda y comentaré la jugada. Esta vez, en internet sólo he encontrado los que son, a juicio de los críticos literarios de ese mismo diario, los diez mejores libros del inicio del siglo XXI. Huelga decir que tengo la edición en papel (28-12-2009) para llenar los huecos, dado que esta lista también llega hasta la posición quincuagésima, y mezcla imprudentemente ensayo con novela y lo que haga falta. Mal hecho. Me centraré sólo en la categoría de novela, que ya da para cincuenta. Por cierto, deduzco por la presencia de Vida y destino, de Vasili Grossman, que si la novela no se ha escrito en los últimos diez años, tiene que haberse publicado, al menos, bajo forma de versión definitiva en lengua española en este período. Un criterio un poco raro, pero si esto es lo que hay, al menos lo aprovecharé sin escrúpulos.

Lo primero que llama la atención es que declaren explícitamente que han querido tratar la lengua catalana igual que las otras. Gracias, lo daba por descontado, y precisamente porque lo dicen me da que algo ha ido mal. Con un vistazo es evidente. Según La Vanguardia, de los diez libros mejores o más importantes publicados como novedad en todo el mundo, en todas las lenguas y en los últimos diez años, dos se han escrito en catalán. ¿No exageramos un pelín? Yo aceptaría uno y sólo si fuera La pell freda (La piel fría), de Albert Sánchez Piñol, pero tal obra maestra está en la posición vigésimo novena, por detrás de La sombra del viento. En serio. La han metido en la lista. Ya puestos a no cortarse un pelo, que coloquen La enfermera de Brunete, de Manuel Maristany.

Los aciertos no tapan los errores. Está el insigne Philip Roth (La mancha humana) con un libro pero Baltasar Porcel con dos. Están escritores conocidos que, a pesar de que no me convenzan, acepto en la lista en un momento de debilidad (Murakami y Coetzee), pero varios libros de un asunto que ya me ha saturado: la Guerra Civil Española. Vale ya, ¿no? Tu rostro mañana, de Javier Marías; Soldados de Salamina, de Javier Cercas; Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez; Dientes de leche, de Ignacio Matínez de Pisón. ¿Esto es una lista que refleja los libros de la década en todas las lenguas en todo el mundo, o una paletada localista? ¿Bromean?

Como hice el otro día con las películas, doy alternativas de primer nivel, hasta donde llego y he leído:

Europa Central, de William T. Vollmann (Mondadori)

Waltenberg, de Hédi Kaddour (Edhasa)

El camino del norte, de Horacio Vázquez-Rial (La otra orilla)

Negro, de Olivier Pauvert (Mondadori)

El labrador de aguas, de Huda Barakat (La otra orilla)

Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez (Destino)

En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano (Anagrama)

La ciencia del adiós, de Elisabetta Rasy (Alianza)

La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets)

Lila, Lila, de Martin Suter (Anagrama)

El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)

El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, de Antonio Priante (Cahoba)

Yendo un poco más allá y para acabar, pondré novela griega, inexistente en la lista de La Vanguardia. Porque, aunque parezca mentira, en Grecia se produce literatura de primer nivel e incluso se publican libros. En serio. Papel, tinta, etc. Libros de verdad, no de gominola. Ahí van tres que ya tienen años pero que se han publicado hace poco. Si está Vida y destino, que es del siglo pasado, no veo por qué no van a estar éstos:

Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (traducción mía en Rey Lear)

Gioconda, de Nikos Kokantzis (de momento, sólo en catalán y en la editorial Pagès)

L’assassina, de Aléxandros Papadiamandis (de momento, sólo en catalán y en las editoriales Adesiara y El Tall)

Decadencia sin fronteras

No es el nombre de una ONG nueva sino algo bien distinto.

Que esto ya se hundido resulta obvio cuando los que deberían erigirse como guardianes de la lengua (maestros y profesores) se dedican a poner exámenes a mayor gloria de Carlos Ruiz Zafón y su ilegible La sombra del viento. Para muestra, un examen del colegio mallorquín San Josep Obrer. Pobres críos… Quizá no falte mucho para que en las facultades de filología inglesa se substituya a Salinger por Dan Brown.

Lectura obligatoria

Hablando con una amiga acerca de que La sombra del viento sea lectura obligatoria en algunas escuelas, se me ocurrió escribir esta entrada. Malos profesores los ha habido siempre, mas ahora parece que abundan en demasía. Signos de los tiempos, diríamos bajo un punto de vista teológico. Uno no puede evitar la perplejidad más extrema cuando en el país no ya de Cervantes (evitaré tópicos) sino de Emilia Pardo Bazán, muchos profesores de literatura en general, y de lengua española en particular, ponen como lectura obligatoria a Carlos Ruiz Zafón o a John Boyne y su niño con pijama rayado. (Aprovecho para aclarar que el título más correcto sería El niño con el pijama a rayas, no de rayas.) Libros que ni aportan nada ni llevan a ninguna parte.

Es lamentable que el nivel de formación que atesoran (es un decir) algunos profesores sea tan bajo. Si un licenciado en Filología no está capacitado para discernir qué textos son convenientes para la correcta formación del alumno, la transmisión del conocimiento se trunca. Pues como aseveró Aristóteles en la Ética nicomaquea:

“[…] Por eso hay que recibir cierta educación desde la juventud, como dice Platón: para alegrarse y entristecerse como es debido. Ésta es, efectivamente, la educación correcta.”

Mañana me extenderé en esto.

Cómo no hay que escribir, III: El Palacio de la Medianoche, de Carlos Ruiz Zafón

Zaf-on, Zaf-off.

Veamos (dijo un incauto blogger mientras le temblaban las manos). Al principio del extracto tenemos un resumen que ocupa un parágrafo, presumiblemente escrito por el editor:

“Calcuta, 1932: El corazón de las tinieblas [fusilando a Conrad sin piedad ni vergüenza]. Un tren en llamas atraviesa la ciudad. Un espectro de fuego siembra el terror en las sombras de la noche [lo normal en Calcuta, como todo el mundo sabe]. Pero eso no es más que el principio [no, si ya decía yo…]. En la víspera de su decimosexto cumpleaños, Ben, Sheere y sus amigos deberán enfrentarse al más terrible y mortífero enigma de la historia de la ciudad de los palacios.”

Bueno, cuando los adolescentes normales se dedican a hacer lo imposible por perder la virginidad, éstos se enfrentan a enigmas tan chungos que harían que Hulk se defecara encima. Pero vayamos a Zafón de una vez.

“Nunca podré olvidar la noche en que nevó sobre Calcuta. […]”

Nunca podré olvidar lo pelma que eres. Tópicos hasta la extenuación. Siempre lo mismo. Una página y media después, como eco de sí mismo:

“Nunca podré olvidar los rostros de aquellos muchachos asustados la noche en que nevó sobre Calcuta. […]”

Es innegable que no le falta fósforo. Menuda memoria atesora el colega. No olvida nada ni por ésas. O quizá sí olvide algo: que basarse, cada tres parágrafos, en imágenes arquetípicas trilladísimas no ayuda a construir lo que él considera “literatura de calidad”, para usar la expresión que mencionó en esa mítica entrevista publicada por El País, donde dijo que los mejores escritores trabajan hoy día haciendo guiones televisivos y cinematográficos, insinuando que la excepción es… él (nuevo libro: La sombra de la modestia). Hay que ser abrazafarolas para decir eso. Alguien debería explicarle que: 1. Los escritores portentosos que se dedican sólo a la literatura son bastantes, y él no está en ese grupo; 2. Los procesos creativos de un guión y de una novela guardan menos relación de la que él cree, y la que efectivamente guardan es distinta de la que él cree; 3. Siempre ha habido buenos escritores trabajando en esos ámbitos; sin ir más lejos, el 10% de los guiones de The Twilight Zone los escribió Richard Matheson.

Pero sigamos con el horror zafoniano:

“Poco después de la medianoche, una barcaza emergió de la neblina nocturna que ascendía de la superficie del río Hooghly como el hedor de una maldición. A proa, bajo la tenue claridad que proyectaba un candil agonizante asido al mástil, […].”

Parece que esté intentanto imitar a Lovecraft y sólo consiga hacer el ridículo. Profundicemos:

“Se detuvo a recuperar el aliento oculto bajo la escalinata de un viejo almacén de telas cuyos muros estaban sembrados de carteles que anunciaban su pronto derribo por orden oficial. […]”

Hablando de aliento, nos ha dejado sin. Menuda frasecita carente de pausas. ¿Comas? ¿Puntos? ¿Alternativas sintácticas? ¿Para qué? Y además, ¿quién está oculto bajo una escalinata? ¿El personaje o su aliento?

Y para terminar con la pesadilla en Zafón Street, veamos su característica más evidente como pseudoescritor: una incapacidad manifiesta para construir diálogos creíbles.

“–Nunca fui buena contigo –le dijo–. Temía por mi hija, por la vida que podía tener junto a un oficial británico. Pero estaba equivocada. Supongo que nunca me lo perdonarás.

–Eso ya no tiene ninguna importancia –respondió Peake–. Debo irme. Ahora.”

Madre mía, los guionistas de Falcon Crest y Dallas eran Esquilo comparados con eso. Sí, debes irte. Ahora.

Cómo no hay que escribir, I: Presentación

A veces es mejor hacer las cosas al revés. Por eso, esta semana la dedicaré a un intensivo de cómo no hay que escribir, en lugar de hablar de cómo hay que escribir.

Ejemplos no faltan, pero aprovecharé una joya de lo impresentable caída en mis manos hace un año. Iba a ver a mi director de tesis en la Universidad de Barcelona cuando, de pronto, una chica de buen ver puso en mis manos un libro de bolsillo del Grupo Planeta. Y es que los tíos, como pasta no les falta, habían montado un chiringuito dentro de la Facultad de Filosofía. Prescindiendo de que fuera o no el lugar más indicado, regalaban un horror intitulado Pequeños placeres. Los libros más buscados en bolsillo. En la cubierta no había sino un gnomo de porcelana o plástico con un libro en las manos y la mirada perdida en el horizonte. Reprimí las arcadas y acepté el regalo. No todos los días una azafata es tan altruista conmigo.

El volumen en cuestión contiene fragmentos selectos de lo peor de Planeta, con honrosas excepciones (En el nombre del cerdo, de Pablo Tusset, buen libro de un buen autor). Hay también escritores extranjeros, pero los pasaré por alto porque están traducidos y lo ideal es trabajar con originales en español. Así, el orden de esta semana será:

Martes: Pasión india, de Javier Moro.

Miércoles: El Palacio de la Medianoche, de Carlos Ruiz Zafón.

Jueves: La fortuna de Matilda Turpin, de Álvaro Pombo.

Viernes: Epílogo planetario sangrante.

Nos vemos mañana.