Vida secreta (X)

Décima y última entrega de pasajes de la novela inédita Vida secreta, del griego Ánguelos Terzakis. Esta vez el protagonista tiene la rara ocasión de ver por una ventana a una mujer medio desnuda sin que ella se dé cuenta:

“Mis ojos se dejaron llevar por los brazos torneados, por el cuello elegante que se descubría generosamente, dorado por delante y por detrás. Mientras inclinaba la cabeza para atarse Dios sabe qué cordones o abrocharse algún corchete, el pelo se le movía hacia delante, le ocultaba el rostro. Y era tan femenino, tan desnudo ese momento suyo, que me emocioné, algo parecido a un sollozo me subió por la garganta. Oh, sí, siempre he creído en la inexplicable, misteriosa religiosidad de la belleza. Incomprensible por más que verdadero: una belleza puede ser vulgar y sagrada simultáneamente; ves que despierta instintos oscuros al mismo tiempo que culmina en un drama sangriento. La mujer más insignificante psicológica o socialmente puede ser, inconscientemente, un utensilio sagrado elegido desde arriba para el sacrificio supremo de la sangre. No tiene nombre la mujer hermosa. Es un símbolo, emisaria secreta del demonio de la vida.”

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Vida secreta (IX)

El protagonista de Vida secreta, novela inédita de Terzakis, habla de la joven coprotagonista:

“Vean a esta chica que tenía los ojos, a la sazón, cargados de poemas vagos, canciones opacas. De vez en cuando, en dos ojos verdes de pupilas azules puedes discernir la imagen de Dios. Pasa lenta, amorfa, visión de nubes rosadas en el cielo verde del atardecer. Las nubes cambian constantemente de forma, sueño fugaz de sentido inconstante. Y esta chica, que encierra en su pecho una aflicción enorme y pesada como una piedra, está condenada a vivir cada noche en pena, a sentirse como una perdiz herida bajo las garras abiertas de la rapaz. ¿Por qué? No por cierta culpa, no por un acto pecaminoso, sino porque esconde fatalmente, en un rincón de su cuerpo, una herida inmemorial y palpitante. Sufre impersonalmente, como una imagen, aunque sea un individuo lleno de lágrimas y de aliento exiguo. Aprietas los puños, quieres pedirle cuentas a alguien. ¿A quién se las vas a pedir? Las nubes rosadas pasan lentas, imperturbables, ensoñadas. Pasan dentro de esos mismos ojos verdes que reflejan el cielo.”

Vida secreta (VIII)

Más de la novela inédita Vida secreta, de Ánguelos Terzakis. Continúa hablando el protagonista y narrador:

“Pues bien: en una época en la cual toda virtud es que nos apoyemos los unos en los otros espalda contra espalda, no por solidaridad sino por mercantilismo, en una época en la cual la virtud es la cobardía, yo al menos me mantuve aislado y erguido. El sentido de la ética es relativo, como también es relativo el sentido del honor. Sin embargo, el sentido de la virilidad es absoluto.

Tal es mi defensa.

¿Qué más puedo añadir? ¿Que si traslado a un nivel metafísico esta mi fe, mostraré que no acepto una actitud obediente y humilde? He dudado de mi candidatura a dios, pero eso no significa que no esté hecho de la substancia de Dios. Como también el árbol, la piedra. Luego o estoy hecho de la substancia de Dios, y entonces soy su hijo, o estoy hecho de otra cosa, y entonces soy un desheredado. Lo primero significa que puedo ponerme de puntillas y pedirle permiso para hablar. Lo segundo, que no tengo ninguna obligación moral de callarme. Y concluyo: acepto ser hijo de Dios o víctima suya. Sin embargo, no su esclavo.”

Vida secreta (VII)

Continúo la traducción desinteresada de pasajes de Vida secreta, novela inédita del clásico griego Ánguelos Terzakis:

“Dicen que los hombres son malos. No, me mantendré imparcial y diré esto: no sé si los hombres son malos. Sé, sin embargo, que son algo peor: son viles. En última instancia, las posibilidades de nuestro género para evolucionar no parecen indefinidas; también éste pertenece al reino de los animales, ¿o no? Y que digan los aduladores y los demagogos que el hombre está destinado a devenir (¡como si fuera poco!) un dios pequeño. Cuando tú no te lo crees, cuando, en otras palabras, niegas tu candidatura a dios, te acusan de hipócrita, o de enfermo, te llaman ‘amargado’, como diciendo ‘tullido’, y enemigo del género humano.”

Vida secreta (VI)

Sexta entrega de parágrafos de la novela inédita Vida secreta, de Ánguelos Terzakis. Traducción mía:

“En este mundo sórdido, un mundo organizado por ruines para que progresen los ruines, nunca he podido entender qué hago yo. Empecé a vivir con la impresión de que estaba hecho para tomar parte en la fiesta, como los demás. Rápidamente vi que algo inexplicable me separaba de lo normal. ¿Qué? Todavía hoy, en el atardecer de mi vida, no acabo de saberlo. Una vez entendí algo: que todo este asunto está satánicamente montado por gente sin escrúpulos para que creas, en tus postrimerías, que el accidente de ser diferente es culpa tuya. Para que pienses que eres inferior donde podrías ser incluso superior, para que te preguntes si acaso eres un fracasado. Esta conspiración de la inmundicia ha cuajado tanto, su ley ha calado tan hondo que dudas aun cuando estás convencido de que tienes razón.

Tal es el infierno que vivo.”

Vida secreta (V)

Quinta entrada dedicada a traducir por la cara pasajes de Vida secreta, novela inédita de Ánguelos Terzakis:

“La curiosidad es una tendencia tanto gentil como vulgar. Gentil cuando apunta a lo grande y a lo elevado, vulgar cuando pierde el tiempo en lo pequeño y en lo triste. Tópico insoportable, querría saber no obstante cómo se explica lo que me sucede a mí: siento que mi curiosidad es vulgar aunque no tenga como objeto cosas de por sí pequeñas. Como mucho las llamaría ‘indistintas’…”

Vida secreta (IV)

Cuarta entrada con pasajes de la novela inédita Vida secreta, de Ánguelos Terzakis. El protagonista, también narrador, discute con el principal personaje femenino de la obra. Introduzco corchetes porque los diálogos desprovistos de contexto se hacen difíciles de seguir:

[Él] “La vida es bella, señorita Vena —le dije con cierta emoción que ni siquiera intenté contener—. Inimaginablemente bella. Eso es lo trágico.

[…]

[Él] A los hombres nos crearon tiranos los unos de los otros. Sin embargo ¡fíjese en qué placer deviene esa tortura! Porque ¿qué es el amor erótico, por ejemplo, sino una tortura de uno para con otro, de uno por parte de otro? ¿Y la ternura, y el deseo, qué sino?

[Ella] ¿También la ternura?

[Él] También la ternura.

Silencio

[Ella] ¡No, no estoy de acuerdo! —dijo vivamente poniéndose de pie—. Ha capitulado, por lo que veo. Yo no capitulo.

Lo dijo con convicción, con esa convicción que no se queda en mero intento. ¡Y qué belleza le daba ese aire rebelde! Hasta ese momento nunca la había visto tan auténtica, tan segura de sí misma. Entendí que por primera vez pisaba el camino que me conduciría, a lo lejos y con esfuerzo, a la sombra de esa alma oculta.

[Ella] Está mezclando sentimientos gentiles con otros de naturaleza bárbara —dijo caminando de un lado a otro—. Por eso ha estado a punto de confundirme también a mí…

[Él] ¿Cuáles son los gentiles y cuáles los bárbaros?

[Ella] A la ternura la llamo gentil. Al amor, no.

Pronunció ‘amor’ con cierta dificultad, como si la palabra le costara esfuerzo.

[Él] ¿Y no le parece arbitraria esa distinción? —pregunté.

[Ella] ¡En absoluto! Mi juicio es comedido en todo.

[Él] Tiene una consideración muy alta de sí misma. Discúlpeme… me refiero a sí misma como ser humano, de modo impersonal.

[Ella] Sería arbitrario —dijo— si juzgara así porque quiero. Pero no. La diferencia es substancial. ¿Usted no ve que la ternura contiene cierta pureza, cierta gentileza, mientras que el amor es una función animal, oscura y mecánica? Con la ternura no buscamos nada, sólo damos. Y sabemos muy bien a dónde vamos. La ternura es nuestra. El amor, no. En el amor somos órganos, y órganos engañados, ridiculizados. ¡Qué asco! ¡No me diga nada, por favor! No lo escucho.

Un arrebato incomprensible la dominó de pronto. Se tapó los oídos con las palmas de las manos y se sentó, solitaria, en una silla. Yo la miraba y sentía, con intensidad creciente, como si descendiera planeando sobre un momento crítico y crucial.”

El diálogo da para mucho. Para empezar, dado que en griego hay dos palabras distintas para designar el amor en general y el amor específicamente sexual, he querido marcar el inicio de la discusión con la expresión “amor erótico”, para luego mantener sólo el substantivo. El lector ya sabe que a partir de entonces se habla de ese tipo de amor, no del amor por la patria o los amigos. Cierto que podría haber traducido siempre por “erotismo”, pero no me acababa de gustar.

Por otro lado, en la única novela de Terzakis traducida al español, Viaje con Venus (Rey Lear), ya se trata la idea del amor como mecanismo que nos enajena. El protagonista, un adolescente, recibe una epístola de su amigo, un tipo de corte intelectual y descarado:

“Te ruego que me contestes a esto: Has tenido, por supuesto, contacto carnal con una mujer, ¿verdad? Fue vulgar, pero no importa, siempre es lo mismo. Pues bien, ¿te has fijado en la postura erótica, en el ritmo, en el mecanismo? Ese conjunto, ¿no es como dos bestias entrelazadas? No obstante, la antecámara que lleva al dormitorio es bonita, el olor es perfumado, por las ventanas abiertas distingues el cielo… ¡Basta! Nada más.”

Pues eso. Nada más.

Vida secreta (III)

Tres parágrafos de Vida secreta, novela inédita de Ánguelos Terzakis:

“El carácter periódico de la vida (despertar, trabajar, comer, dormir, y vuelta desde el principio) me asusta. Me dicta una percepción mecánica del hombre, como si tuviera dentro un reloj al cual, digamos, se le ha dado cuerda para que marque casualmente la hora de la Tierra. Así son las cosas. Una máquina que sufre es una máquina perfecta cuando no oculta la eternidad en su interior. Esa idea me turba. Me dirás, por supuesto: ¿Es necesario que el bípedo al cual representas tenga un reconocimiento ultramundano, un valor absoluto? ¡No! ¡Al contrario! Entonces ¿por qué esa exigencia suya por el absoluto? ¡Ahí te quiero ver! Letra de cambio al descubierto. Escribe ‘engaño’ arriba. ¡Encantadora Creación!

Sin embargo, hay momentos que me reconfortan, me cautivan. (Por eso nunca he podido construir un sistema de ideas consecuentes que justifique mi vida, aunque tenga la capacidad de hacerlo. Ahora creo esto, me mato por ello, pero luego me parece evidente lo contrario.) Son los momentos, digamos, como los que vivo ahora, paradisíacos. Tomo nota de ellos muy deprisa, a vuela pluma, mientras veo que ya se van, fugaces, más allá, pájaros blancos en un cielo profundo. Es una sensación hipnótica, de un sueño que ni siquiera recuerdo. Felicidad dolorosa, nostalgia remota. Como si regresaras de algún lugar.

Ni aunque fuera un gran, un gradioso compositor, podría cantar este viaje. Escuché en otros tiempos a todos los poetas de los sonidos. Ninguno pudo alabar este gran regreso. ¡Es tan intenso durante los primeros momentos, cuando abres los ojos! ¡Y se retira, se va con tanta prisa! Como un visitante imponente e invisible, que se va para que no veas su rostro amable. Yéndose, toma con él la ancha cola de su capa estrellada, amplia bajamar que hace rielar un instante, centelleantes, los guijarros del fondo. A la postre se desvanece, se disuelve en la inmensidad de la inexistencia.”

Vida secreta (II)

Continúo con la traducción por puro placer de algunos pasajes de la novela Vida secreta, de Ánguelos Terzakis. Habla el protagonista:

“Me dicen que no amo sinceramente al hombre, que soy exageradamente exigente, luego inhumano, y que lo que digo que amo no es sino una abstracción, una creación de mi fantasía. Lo dicen algunos listos, muy contentos de sí mismos. Los frecuentaba a la sazón, a la postre dejé de saludarlos. Que Dios me guarde de tales hipócritas y demagogos. Hablan de salud mientras chapotean voluptuosamente en el fango, alegando que ése es el ‘clima’ natural del hombre. ¡El hedor del mercado! No, no: yo abro de par en par las ventanas para que entre aire limpio, aunque esté helado. Tenemos que acostumbrarnos a la temperatura natural del exterior, desnuda de consuelos y de órdenes mojigatas…”

No queda muy claro a qué se refiere “El hedor del mercado”. No creo que sea un comentario marxista sino más bien una imagen sacada de la Biblia, dado que menciona a Dios poco antes. Vendría a significar que quienes hablan de salud mientras viven voluntariamente enfangados son tan hipócritas como los mercaderes que ocupaban el templo, a quienes Jesús expulsó. Es decir, que hay cosas que por su propia naturaleza no se pueden mezclar.

Vida secreta (I)

No continué publicando obras del griego Ánguelos Terzakis (1907-1979) porque ni siquiera con Viaje con Venus, la novela que la editorial Rey Lear puso en el mercado en 2008, conseguí suscitar interés entre otros editores españoles. Aquí tienes que ser sueco o húngaro. Griego, no sirve.

Sin embargo, he seguido leyéndolo y hablando de él porque como peso pesado heleno se lo merece. Me llevé a Singapur su novela séptima y penúltima, que en español se titularía Vida secreta. Como la mayoría de sus obras y a distinción de Viaje con Venus, se trata de un drama urbano ambientado en la Atenas de mediados del siglo pasado. He decidido traducir algunos pasajes y espaciarlos en varias entradas. La narración está en primera persona, inusual en su obra. Sus influencias, claves para entender toda su obra, eran Marx (diluido en ideas socialdemócratas; recuérdese que Terzakis nunca fue comunista), Dostoyevski y Nietszche. Cuenta el protagonista de la novela:

“En última instancia respeto al hombre, o más aun, me compadezco de él por las capacidades que oculta. Ves que presenta en la vida, ya hacia el final, una forma, un esquema claro y preciso. Sin embargo, el hombre no era eso. Era un número ilimitado de circunstancias, miles de capacidades que se desplegaban y se apagaban, que la vida, con sus ‘condiciones objetivas’, no permitió que aflorasen. Podría ser que el capullo de la cigarra marchita llegada a su fin se hubiera convertido en polvo; podría ser, digo, que hubiera hecho cosas increíblemente diferentes a las que ahora lo delimitan, lo encierran frente a la eternidad. Que hubiera devenido un santo o un proxeneta, un pirata o un aduanero. En fin, amo el misterio que acompaña al hombre cual niebla envolvente y que se diluye, al cabo, en una ironía. Los demás aman al hombre por lo que es. Yo lo amo por lo que podría ser. Se me encoge el corazón cuando pienso en cuántas oportunidades ha perdido el solitario, tantas que ni siquiera se las imagina. Eso es lo que me diferencia del mundo y eso es lo que me separa de él.”