Recomendaciones literarias para Sant Jordi 2010

Este próximo viernes, 23 de abril, se celebrará el Día Mundial del Libro. Como propuesta, compendio los libros que he reseñado positivamente desde diciembre pasado:

Vacío perfecto, de Stanisław Lem (Impedimenta), una rareza magistral.

Kaputt, de Curzio Malaparte. La nueva traducción basada en la edición casi definitiva. Publica Galaxia Gutenberg.

Lejos de Toledo, de Angel Wagenstein (Libros del Asteroide). La tercera parte de una trilogía que puede leerse de cualquier manera porque los protagonistas no son comunes.

Destinos intermedios, la segunda novela negra de Octavio Escobar publicada por Periférica.

Todo fluye, de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg).

El ladrón del rayo, de Rick Riordan (Salamandra). Juvenil entretenida.

Lila, Lila, de Martin Suter (Anagrama).

Caballería roja, de Isaak Bábel (Galaxia Gutenberg). Relatos inspirados en la Guerra Polaco-Soviética de 1920-21.

Omega, de Jack McDevitt (La Factoría de Ideas). Pura ciencia ficción espacial.

Prometo ser bueno: cartas completas, de Arthur Rimbaud (Barril & Barral). La primera vez que se publican todas sus cartas en lengua española.

La carretera, de Cormac McCarthy (Mondadori).

Los días contados, de Miklós Bánffy (Libros del Asteroide), la primera parte de la “Trilogía transilvana” del autor húngaro. La segunda, Las almas juzgadas, ya está a la venta.

Vasili Grossman y el fútbol

Stefan Zweig narra en El mundo de ayer que ni él ni muchos de sus compañeros de colegio estaban sanotes porque no practicaban deporte. Se ve que ni siquiera corrían a la hora del patio. Y eso de hacer una pelota con los envoltorios de los bocadillos y ponerse a jugar sería cosa de marcianos, suponiendo que los críos, durante el Imperio Austrohúngaro, tomasen un tentempié a media mañana. Ni idea.

Por otro lado, Albert Camus jugaba al fútbol a un nivel alto, concretamente como portero si no erro, y Alban Berg era seguidor del Sportklub Rapid Wien. Pobre hombre, sólo se puede caer más bajo siguiendo al LFLS Kaunas, que encima ya ni existe… y acabo de darme cuenta de que Berg se parecía a Oscar Wilde.

Toda esta pérdida de tiempo viene a cuento de que, en la página 8 de Todo fluye, Grossman dice:

“Se habían pasado el viaje [en tren] jugando a las cartas, bebiendo, comiendo, hablando acerca de películas, discos, mobiliario, los balnearios de Sochi, la gricultura socialista, qué equipo de fútbol tenía la mejor línea ofensiva, si el Dinamo o el Spartak…” [Traducción de Marta Rebón para Galaxia Gutenberg; negritas mías.]

He tirado de Wikipedia porque mis conocimientos futbolísticos tienen un límite. La narración se sitúa alrededor de 1955, poco después de la muerte de Stalin, y durante esos años los campeonatos de la Liga Soviética fueron para:

1952: Spartak de Moscú
1953: Spartak de Moscú
1954: Dinamo de Moscú
1955: Dinamo de Moscú
1956: Spartak de Moscú
1957: Dinamo de Moscú

De ahí que suponga que Grossman se refiere a los siguientes delanteros:

Dinamo: Vladímir Vasílievich Ilyín y Vladímir Savdunin.
Spartak: Nikolái Dementyev, Víktor Mishin y Borís Tatushin.

Alguien dirá, siguiendo a Revel, que esto es conocimiento inútil. Pues mala suerte.

Todo fluye, de Vasili Grossman

Segundo volumen que leo de Grossman, de nuevo en Galaxia Gutenberg y traducido por Marta Rebón. Me ha gustado más que Vida y destino, aunque está claro por qué ése ha llegado más lejos que el que hoy me ocupa.

Me parece de lo más normal que Todo fluye se erija como el testamento literario de Grossman (1905-1964). Representa otra vuelta de tuerca, un paso más en la dramatización de lo que conlleva la vida en un régimen totalitario, y más específicamente comunista. El protagonista es Iván Grigórievich, liberado, a la muerte de Stalin, de un campo de concentración donde ha sobrevivido los últimos 29 años. Intenta volver a casa, pero ya no hay casa. No hay nada. Unos amigos han muerto, bien por causas naturales bien por causas estatales, y otros preferirían que Iván no hubiera regresado de entre los muertos en vida para recordarles que el crimen no se borra con Tipp-Ex. El abismo que se abre entre él, inmutable tras su congelamiento literal en los campos, y el fluir de la vida fuera de ellos me ha recordado a los regresos a la Tierra de los soldados espaciales en The Forever War: los años lo han cambiado todo durante siglos, pero ellos han permanecido jóvenes, viajando a la velocidad de la luz, y ya no pueden adaptarse. La única solución al desajuste vital consiste en volver a enrolarse para luchar contra los alienígenas más allá del Sistema Solar.

No obstante, Grigórievich no se enrola en nada, y menos aún regresa al campo de concentración. Quien quiera saber más, que lea la novela. No se arrepentirá.

Novela hegeliana: Tolstói, Grossman, Kaddour y Vollmann

No sé si alguien ha acuñado ya la expresión “novela hegeliana”, pero por si acaso allá voy.

Las novelas hegelianas se caracterizan visualmente por su grosor: siempre pasan de las quinientas páginas. Pero eso, dentro de la necesidad debida a un largo desarrollo argumental, es accidental. Dicho de un modo menos paradójico: no son hegelianas por un número de páginas necesariamente alto sino por determinada lectura filosófica que exigen ineluctablemente.

La novela hegeliana por antonomasia es Guerra y paz, de Tolstói. En el paquete he puesto otras tres: Vida y destino, de Vasili Grossman; Waltenberg, de Hédi Kaddour; y Europa Central, de William T. Wollmann (las dos últimas, recientemente publicadas, han pasado injustamente desapercibidas). Los autores no tienen por qué ser conscientes del hegelianismo que desprenden, ya que no siempre son los más adecuados para juzgar sus propias obras. Bueno, en realidad no lo son casi nunca.

¿A qué me refiero cuando digo que son novelas hegelianas? Sostengo que el verdadero protagonista de la historia es la Historia, es decir, el Espíritu Absoluto en su despliegue por estadios sucesivos. Los protagonistas de carne y hueso son marionetas en una función totalizante. La diferencia entre novelas radica en el escenario: en Tolstói y Grossman, el movimiento abarca pocos años, pero decisivos (Guerras Napoleónicas en el primero y Segunda Guerra Mundial en el segundo); en Kaddour y Vollmann el alcance cronológico es mayor, de varias décadas en el siglo XX. No obstante, en todas hay dos constantes: el trasfondo siempre es una guerra, o más de una, y hay tantos protagonistas que la obra se considera coral. Acerca del primer punto, nada más hegeliano: las buenas noticias no son noticias. La guerra es el punto de ruptura del continuo histórico, el momento en que el Espíritu da otro salto hacia su cristalización ulterior. Continuamos cerca de Heráclito.

Para terminar, una observación que me hizo un amigo traductor unas semanas atrás: otra obra en esta categoría sería Gone with the Wind (AKA Lo que el viento se llevó), de Margaret Mitchell.