I Kan’t

Vuelvo a la última de Fred Vargas, Un lugar incierto (Siruela), protagonizada por el comisario Adamsberg. Otro pasaje me ha hecho gracia:

“Adamsberg iba a cenar a su casa dos o tres veces al año, bien fuera para resolver algún asunto, o para escucharlo glosar, tendido en un canapé raído que había pertenecido a Lampe, el ayuda de cámara de Emmanuel Kant. Weill le contó que, cuando Lampe se quiso casar, Kant lo echó, con su canapé, y colgó este mensaje en la pared: ‘Recuerda olvidar a Lampe’. A Adamsberg lo dejó asombrado, porque él habría escrito más bien: ‘Recuerda no olvidar a Lampe’.” [Página 135; traducción de Anne-Hélène Suárez.]

Y digo yo: ¿por qué Emmanuel cuando se llamaba Immanuel?

Bromas con los apellidos españoles

En Grecia, hace años, me contaron un chiste acerca de españoles. Un tío entra en la consulta del médico y la enfermera le pregunta quién es. Él responde que es Antonio José Pérez-Martínez de la Peña-Fernández. Y la enfermera le dice: “Pues entre usted primero y los demás que esperen”.

Lo tenía en la recámara de mi memoria, y salió a la luz leyendo la última de Fred Vargas, Un lugar incierto. En la página 149 de la edición de Siruela leemos:

“–Eso es. Sólo apuntaré su nombre –dijo Adamsberg sacando su libreta.
–Francisco Delfino Vinicius Villalonga Franco da Silva.
–Bueno –dijo Adamsberg, que no había tenido tiempo de escribirlo todo–. Lo siento, no sé español. ¿Dónde se acaba su nombre y dónde empieza su apellido?”

Al final, el tipo resulta ser brasileño, pero eso es lo de menos.

Un lugar incierto, de Fred Vargas

La última de la genial Fred Vargas ya tiene dos años, pero en español nos ha llegado ahora. De nuevo en Siruela y traducida por Anne-Hélène Suárez.

En el fondo no deja de ser otra aventura del comisario Adamsberg (Bajo los vientos de Neptuno, La tercera virgen, etc.), esta vez con supuestos vampiros serbios de por medio. Ya sabemos que en la serie Adamsberg es donde Vargas se desmelena, aunque al final lo sobrenatural siempre termine teniendo una explicación más bien mundana.

Me han informado de que la base de la narración es una leyenda serbia de verdad y nacida en un lugar no incierto sino real: el pueblo de Kisilova, o Kiseljevo en lengua local. Rizando el rizo, uno de los personajes se llama Vlad, quizá como homenaje al vaivoda rumano Vlad III “Tepes”, el origen de la leyenda de Drácula.

En los próximos días exprimiré más la novela con algunos detalles simpáticos.

Monografía: Bram Stoker

Por motivos que no vienen al caso, escribí hace poco una especie de biografía de Bram Stoker. Para tenerla en el disco duro, mejor que la ponga aquí. Ahí va:

Si los contemporáneos de Abraham Stoker vivieran ahora, no terminarían de creerse que la estadounidense HWA (Horror Writers Association) institucionalizara en 1987 un premio anual que lleva el nombre del irlandés: el Bram Stoker Award. Y es que, en vida, Stoker era más conocido por ser el asistente personal de Henry Irving, conocido actor teatral cuyo nombre real era John Henry Brodribb.

Stoker nació en Dublín el 8 de noviembre de 1847 en el seno de una familia protestante. Casualmente (o no) el año de publicación del folletín Varney the Vampire, de James Malcolm Rymer, obra que tendría su peso en la redacción posterior de Drácula. Fue el tercero de siete hermanos; su padre, Abraham Stoker (1799-1876), era de Dublín mientras que su madre, Charlotte Mathilda Blake Thornley (1818-1901), provenía de Ballyshannon, un pueblo situado al norte de Irlanda. Fue la madre, partidaria del feminismo de la época, quien jugó un papel decisivo en la formación literaria del pequeño Bram. Debido a la salud quebradiza que se vio forzado a soportar durante los primeros siete años de vida, Stoker se formó en casa con un profesor particular, el reverendo William Woods. Eso de día, porque de noche escuchaba los relatos que le contaba su madre, especialista en poner los pelos de punta con historias irlandesas de fantasmas. La dualidad irreconciliable entre lo real y diurno, encarnado por las clases objetivas de su maestro, y lo irreal y nocturno, impulsado por la viva imaginación de su madre, marcarían para siempre la estructura profunda de su narrativa por venir.

En 1864, a los 17 años, el pelirrojo Stoker ya era un joven grandote que no tenía nada que ver, al menos físicamente, con el niño enfermizo que había sido. Ingresó en el Trinity College de Dublín, de donde salió en 1870 graduado con honores en Matemáticas y habiendo sido presidente de la Philosophical Society. Fue entonces cuando comenzó una carrera administrativa terriblemente aburrida que volvió a impulsar, por si acaso hubiera perdido fuerza, su concepción dual de la existencia: monotonía diurna y escapadas nocturnas a los teatros, afición heredada de su padre y que terminaría dándole tanto un sueldo como ayudante del actor Henry Irving, cuanto una vida disipada que lo conduciría a morir de sífilis en Londres a los 64 años, concretamente el 20 de abril de 1912. A destacar que de la misma enfermedad murió su amigo el también escritor Oscar Wilde, y que la semana de la muerte de Stoker se hundió el Titanic.

En diciembre de 1878, después de convertirse en el secretario de Irving y de trasladarse a Londres, Stoker se casó con Florence Balcombe, cuyo último pretendiente había sido justamente Oscar Wilde. Según atestiguan las fuentes de la época, Florence era una mujer de belleza extraordinaria. Así, el año 1878 parecía ser el gran momento en la vida de Stoker: trabajo en el ámbito teatral de Londres (su sueño) y boda con una preciosidad (su otro sueño). Mas de modo tan lamentable como inesperado, la fortuna volvería a girar y esos dos elementos se tornarían en su contra. Por un lado, Henry Irving, el reputado especialista en Shakespeare, terminaría revelándose como un ególatra que vampirizaba espiritualmente a Stoker y a cuantos caían incautamente en su círculo personal o profesional, y su esposa, la preciosa Florence, se limitaría a darle un solo hijo (Irving Noel Thornley Stoker) y a vetarle toda posterior consumación carnal, por lo que parece o se sospecha hoy día. Para alguien con tal querencia por la vida nocturna, eso fue bastante más que una invitación a que se relacionara con otras mujeres sin demasiados miramientos ni remordimientos de consciencia.

La senda de Stoker en la escritura de terror comenzó con relatos, hecho desconocido por el gran público, dado que el irlandés pasó injustamente a la historia como si su única obra fuera Drácula. La realidad es que le debemos auténticas joyas como “El entierro de las ratas” o “Las arenas de Crooken”, cuentos donde cristalizan magistralmente las obsesiones vitales y literarias de Stoker: la noche en tanto que oportunidad para el mal en el primer caso, y la dualidad interior, la escisión del yo en el segundo. Aunque Stoker no hubiera escrito más que piezas breves, ya sería digno de recuerdo entre los grandes nombres anglosajones de las distancias cortas, junto a E.A. Poe, W.W. Jacobs o A.M. Burrage.

No obstante lo dicho, Stoker estaba destinado a más. Yacía en sus manos la posibilidad de generar una novela que, inesperadamente, se convertiría no ya en un clásico de la literatura mundial sino en el certificado de nacimiento de toda una rama del terror. Cierto que ya existían obras vampíricas, como el relato “El Vampiro” de John William Polidori (1795-1821) o la novela Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), y que la lectura de dichas obras influyó mucho en Stoker. Sin embargo, no fue hasta 1897, el año de publicación de Drácula en inglés, que el género de los no-muertos recibiría la obra magna de referencia, el sello de identidad que marcaría un antes y un después. Con todo, y como bien dijo el filósofo Theodor W. Adorno, la obra maestra mata el género, y este caso no es una excepción. Originalmente, Drácula pertenecía a la corriente literaria del gótico tardío, movimiento que Stoker finiquitó con una estacada directa al corazón. Se han escrito y se continúan escribiendo multitud de novelas vampíricas, pero esa cantidad ingente, representada actualmente por la tetralogía de Stephenie Meyer (Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse y Amanecer), no pasa de ser una sombra del original, con la honrosa excepción de la otra obra maestra del género, Soy leyenda, de Richard Matheson, publicada en 1954 y responsable del nacimiento de una nueva rama del terror, claramente cinematográfica: la de los zombis.

Después de Drácula, Stoker no se movería del sendero de la novela. Quizá juzgara que su etapa como cuentista estaba acabada. Sea como sea, lo que vino a continuación no terminó de estar a la altura: novelas como La dama del sudario o La madriguera del gusano blanco son, sin duda, buenas novelas, pero están justamente eclipsadas por Drácula. Se puede afirmar que literariamente no hay competencia, o que, en todo caso, la competencia real consigo mismo está en los relatos que escribió antes del advenimiento de Drácula.

Volviendo a las extravagancias personales que tanto atraían a Stoker, es notoria su pertenencia a la Hermetic Order of the Golden Dawn, secta de iluminados burgueses que se aburrían y que se reunían en secreto a imitación de la masonería. Allí coincidió con lo más granado de la época, como el poeta irlandés W.B. Yeats (Nobel de Literatura en 1923), los escritores Henry Rider Haggard, Arthur Machen o Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes), y el satanista postmoderno Aleister Crowley, aficionado a llamar de atención a cualquier precio y mediante cualquier escándalo.

En otro orden de cosas, Stoker fue un autor que vivió de lleno la era victoriana, un período tan amplio y con tantos escritores que difícilmente puede decirse que presente temas literarios comunes. La reina Victoria nació en 1837 y murió en 1901, por lo que el victorianismo tiene en realidad un carácter más temporal que literariamente doctrinal. Aun así, un destacado tema psicológico y sociológico de dicha era fue la percepción del sexo como problema más que como realidad vital, y Stoker no fue ajeno a un fenómeno de tal calado. Drácula está plagado de elementos sexuales explícitos u ocultos en multitud de niveles textuales, siendo el más obvio la turbación que provoca el contacto de los dientes del vampiro en el cuello de la víctima, y la posterior y consiguiente esclavización que ésta sufre.

El origen literario de la figura de Drácula se desdobla, algo que no es de extrañar a partir del momento en que la obsesión por el doble estaba tan presente en el autor. Por un lado, está el poso literario que Stoker absorbió a base de lecturas a lo largo de los años, lecturas que forjaron un sólido imaginario personal: por ejemplo, las ya referidas Carmilla de Le Fanu y “El Vampiro” de Polidori. Por otro lado, está la gestación de la obra como estricto proceso de escritura. Aquí hay que diferenciar varios puntos:

1. La supuesta pesadilla que dio origen a la novela. En dicho sueño, Stoker habría visto a un vampiro aristócrata que salía de su tumba. Lo normal, por otro lado. Que levante la mano quien no haya soñado eso.

2. En 1890 Stoker descubrió en el libro Account of the Principalities of Wallachia, de William Wilkinson (último cónsul ingles en Bucarest), la existencia del vaivoda de Valaquia Vlad III “Tepes” (1431-1476), es decir, “Empalador” (llamado así por su afición a empalar vivos a sus enemigos), considerado hoy día como un héroe nacional en Rumania debido a su inflexible política de resistencia frente a los invasores, fueran otomanos, sajones o rusos. Su padre, Vlad II, recibió el apelativo “Dracul”, y de ahí que el hijo fuera “Draculea”. Aunque el rumano ‘Dracul’ venga del latín ‘draco’, que significa ‘dragón’, en rumano tiene la connotación de ‘demonio’. Si Stoker necesitaba un nombre y una localización para el personaje, ya los había encontrado: Europa Central u Oriental y ‘Drácula’. Que la sede del vampiro fuera un decadente castillo de la aristocracia rumana era cuestión de tiempo y de conveniencias estrictamente argumentales dentro de la novela.

3. La obsesión por la sangre posiblemente quedara redondeada cuando Stoker se informó acerca de la existencia de Erzsébet Báthory (1560-1614), conocida en familia como la Alimaña de Csejthe, aristócrata húngara que murió emparedada por haber asesinado a unas 600 doncellas para bañarse en su sangre y así, supuestamente, rejuvenecer. Ahora tenemos las cremas de L’Oréal.

Bram Stoker terminó sus días en medio de estrecheces económicas. Su jefe, Henry Irving, murió sin haberse prodigado económicamente con su ayudante. No es el primer caso en que la fortuna sonríe al genio post mortem.

Tesis doctorales por escribir

Después de doctorarme y de llevar años dando la vara con este blog, he llegado a la conclusión de que ideas aparentemente frikis pueden cristalizar en un trabajo académico óptimo, siempre que el director de tesis sea bueno y el asunto se tome en serio. Ahí va lo que me ha pasado por la cabeza en mis incontables momentos de solaz:

La categoría de literatura de aeropuerto y su influencia en el imaginario colectivo. (Campos: Filología, Filosofía, Psicología, Sociología.) Aquí cabe de todo: Dan Brown, Steve Alten, etc.

Sintaxis y vocabulario en las peores novelas del siglo XXI en lengua española. (Campo: Filología.) Sobran nombres: Manuel Maristany, Maria de la Pau Janer, etc.

La falta de exigencia literaria y el servilismo en tanto que identificación con el agresor. (Campos: Filología, Filosofía, Psicología, Sociología.)

Transición de la novela vampírica al cine de zombis: la dialéctica de la sangre. (Campos: Filología, Filosofía, Historia del Arte.)

Mercadotecnia editorial: cómo vender lo que ni siquiera debería haberse escrito. (Campos: Empresariales, Publicidad.)

Gestión de la imagen y mecanismos psicológicos: el escritor millonario como rebelde comprometido y los acólitos que se lo creen. (Campos: Psicología, Publicidad, Sociología.)

Las drogas y su uso en las novelas distópicas. (Campos: Farmacología, Psicología, Psiquiatría, Química, Sociología.) Se me ocurren Brave New World, A Scanner Darkly, Logan’s Run, A Clockwork Orange y Noir. No recuerdo si en 1984 se controla a la población mediante drogas, aunque creo que algo de eso se descubre hacia el final.

Hermenéutica y desconstrucción en la corrección gramatical de novelas ilegibles. (Campos: Filología y Filosofía.)

Evolución de lo kitsch en las cubiertas de las novelas erótico-románticas. (Campos: Bellas Artes, Filosofía, Historia del Arte.)

Si se os ocurre algo más, ya sabéis…

Cinco regresos

Una parte de lo que voy a exponer ya lo traté hace tiempo, pero el visionado de [REC] 2 me llevó a otro enlace de referencias y me decidí a escribir esta entrada.

Hay cinco regresos a casa, y no por Navidad, que ponen los pelos de punta. El primero, y quizá sea el punto de partida histórico para el resto (menos para uno, el español), es el que describe W.W. Jacobs en el relato “The Monkey’s Paw”: la desgraciada madre desea que su hijo muerto vuelva a casa. Pero claro, es muy imprudente hacer eso mientras sostienes una pata de mono disecada que, aunque tenga el poder de concederte lo que deseas, lo hará siempre con un reverso tenebroso. Y si, justo después de desearlo, oyes pasos en el jardín mientras algo indescriptible te hiela la sangre en las venas, tanto peor. El capítulo de La hora de Alfred Hitchcock basado en este relato era muy malo, pero el final lograba transmitir el espanto.

El segundo retorno es el de la protagonista del relato “La resucitada”, de Emilia Pardo Bazán. Una fenecida sale del mausoleo y vuelve a casa para horror de su marido e hijos, quienes se dan cuenta de que el amor que sintieron por ella no puede regresar ante la evidencia de que algo innatural ha cristalizado en su vida cotidiana. El rechazo familiar la lleva de vuelta a la tumba por voluntad propia en una escena memorable: su presencia inefable ha roto lo irrompible.

El tercero es el de I Am Legend, de Matheson. El protagonista, el último hombre en un planeta de vampiros (ventaja: no pagas impuestos ni hay televisión pública), recuerda el día en que enterró a su mujer, víctima de la plaga, así como el preciso instante en que la puerta de casa se abrió y ella reapareció, viva en muerte, balbuceando su nombre a lo zombi pero sin intención alguna de consumación matrimonial. Se entiende que uno, después de resucitar vampíricamente, necesite sangre. Con un Cacaolat no llegas.

El cuarto es el de la mujer e hijo del protagonista en la película El cementerio viviente, basada en una novela de Stephen King que no he leído. Nunca hay que enterrar a los muertos en un suelo (sagrado para los indios, a lo Poltergeist) que tiene la propiedad de resucitar al personal, mas dotándole de una mala baba sanguinaria espectacular. Así, el notas, que no se da por aludido cuando el fantasma de uno a quien vio morir se aparece para avisarlo, no tiene ninguna idea mejor que enterrar a su hijo y a su mujer allí. A quién se le ocurre. Como presentarse en El Corte Inglés el primer día de rebajas.

El quinto regreso no es exactamente como los anteriores. No obstante, tiene un toque diferencial que me pilló totalmente desprevenido. Es el de una mujer en [REC] 2. Cuando el marido entra en el piso del edificio infectado, acompañado por las fuerzas especiales de la policía, percibe que en la cocina hay alguien. La tensión sube y te agarras a la butaca. El grupo se desliza en sigilo por el pasillo y entonces se oye que la zombi se pone a batir un huevo para hacer una tortilla. Matrícula de honor para Jaume Balagueró, porque te esperas cualquier cosa menos eso. El marido penetra en la cocina a medialuz, contraviniendo las órdenes de los policías, y la que en vida fue su esposa intenta sazonar la tortilla con su sangre.

Eso es lo que se llama “alta cocina catalana”.

Kresley Cole se declara vampira y anuncia su boda con un licántropo

Kresley Cole, la reina de la novela romántica paranormal, ha revelado que la fuente de inspiración para escribir sus novelas de amor entre vampiros y licántropos es su propia vida personal.

“Ya es hora de que los vampiros salgamos del ataúd, igual que los gays salen del armario. Viene a ser lo mismo, ¿no?”, manifestó en la rueda de prensa.

Con estas sorprendentes declaraciones, las lectoras de la “vampira jamona” (como se la llama en algunos blogs de descerebrados) ven satisfecha la pregunta principal que tanto las había atormentado: ¿Cómo era posible una imaginación tan vívida y realista a la hora de narrar los devaneos à trois de vampiros, licántropos y valquirias?

“No es fácil ser vampira y llevar una vida alternativa en un mundo dominado por el capitalismo y los neocon”, dijo para luego añadir: “Mi prometido es un licántropo del Partido Republicano; es decir, un neolicón. Pero no fuma. Creo que el amor rompe muchas barreras. Incluso mis amigas valquirias están de acuerdo conmigo en que es hora de dar un paso adelante tanto en el matrimonio como en la lucha contra el cambio climático. Es innegable que los no-muertos calentamos menos porque estamos muy fríos”, adujo sin que nadie le hubiera preguntado nada.

Antes de dar por finalizado el encuentro con los periodistas, agradeció el apoyo recibido por su editor anglosajón, así como los buenos deseos manifestados desde la editorial del Grupo Planeta que la publica en España, convenientemente llamada Esencia.

Siempre se puede empeorar

Uno sospecha que ciertos mensajes con novedades indeseables de la editorial Esencia le llegan porque un sujeto desequilibrado que trabaja en el Grupo Planeta, y que me odia hasta el punto de insultarme en privado, ha pasado a las responsables de prensa mi correo electrónico en este blog (público, por otro lado, en la pestaña superior de “Quiénes somos y qué hacemos”). Lejos de interpretarlo como un intento más de sabotaje, me ha hecho un favor porque estoy al corriente de la pseudoliteratura más descojonante que hay en el mercado. Por ejemplo, otro desquiciamiento de Kresley Cole (y está buenorra la tía) catalogado como “Romántica paranormal”. Del segundo adjetivo no cabe duda. La novela es Hambre de ti y la sinopsis, absolutamente hilarante y llena de puntos suspensivos puestos con el culo, va como sigue (negritas mías):

“Desde que sus hermanos lo convirtieron en vampiro en contra de su voluntad [luego hablan de los valores familiares, para que te fíes], Sebastian Wroth ha vivido aislado y consumido por el rencor. Su vida no tiene ya ningún sentido, y su único y verdadero anhelo es morir… hasta que Kaderin, una exquisita valquiria [¿¿perdón??], entra en su castillo con la intención de asesinarlo.

Una criatura despreciable le arrebató a Kaderin lo que más quería en la vida. Para superar el dolor, ha conseguido eliminar de raíz todas sus emociones; sin embargo, su odio hacia la horda de los vampiros aumenta cada día que pasa. Su sed de venganza pretende acabar con todos ellos, pero la presencia de Wroth consigue despertar en su frío corazón sentimientos muy apasionados… [uau, qué fuerte… … un momento… … que pongo… … más… puntos sus… pensivos… …]

¿Qué hará si debe elegir entre recuperar a su familia y conservar el amor de Sebastian? [no sé, y casi que prefiero no imaginármelo]

Cada día estoy más convencido de que alguien debería escribir una tesis doctoral acerca de lo más sórdido de la literarura de aeropuerto. En cualquier facultad de Filología se aceptaría sin dudar. Y es más, ahora que puedo, gozaría lo que no está escrito dirigiéndola o formando parte del tribunal.

Vampiros y licántropos para parar un tren

Arrastrándome sinuosamente por ciertas librerías, descubrí Sed de amor, de una tal Kresley Cole (aviso para estudiosos y practicantes del extreme-kitsch: Planeta ha puesto un tío cachas y un lobo en la cubierta). Después de llegar a casa sangrando por los ojos, lo busqué en internet. Copio y pego la sinopsis del Caserío Me Fío, también conocido como la Casa del Libro (las negritas son mías, como decía Rocco Siffredi):

Sed de amor es el primer volumen de la serie > [¿qué coño hace este signo aquí?]. Una historia de amor muy sexy con escenas de seducción muy explícitas y de temática paranormal. [Uau, qué fuerte, ¿no?]
Es inútil luchar contra el destino. [Ah, ¿de verdad?]
Tras años de cautiverio en manos de los vampiros, Lachlain MacRieve, el jefe del clan licántropo, no puede creerse [yo tampoco] que la compañera a la que lleva siglos esperando pertenezca a la raza que más odia, la de los vampiros. Emmaline Troy viaja a Europa para tratar de resolver el misterio que envuelve la muerte de sus padres, pero un hombre-lobo furioso la reclama para sí [lo normal con la de inmigrantes que hay] y la arrastra hasta Escocia. Sin embargo, sus más oscuros deseos acaban materializándose en el sensual cuerpo de Lachlain. ¿Podrá el odio transformarse en amor?”

Cualquier persona normal iría a Escocia por whisky Laphroaig o para ver jugar al Dundee United, no por motivos vampíricos o licantrópicos. Pero al margen de eso, me pregunto dos cosas:

1. ¿Es el argumento de Underworld mera coincidencia?

2. ¿Por qué la vampira buenorra de dicha película se llama Selene (‘luna’ en griego), nombre más propio de una mujer loba? Lo digo sin segundas. Ni terceras.