Todo fluye, de Vasili Grossman

Segundo volumen que leo de Grossman, de nuevo en Galaxia Gutenberg y traducido por Marta Rebón. Me ha gustado más que Vida y destino, aunque está claro por qué ése ha llegado más lejos que el que hoy me ocupa.

Me parece de lo más normal que Todo fluye se erija como el testamento literario de Grossman (1905-1964). Representa otra vuelta de tuerca, un paso más en la dramatización de lo que conlleva la vida en un régimen totalitario, y más específicamente comunista. El protagonista es Iván Grigórievich, liberado, a la muerte de Stalin, de un campo de concentración donde ha sobrevivido los últimos 29 años. Intenta volver a casa, pero ya no hay casa. No hay nada. Unos amigos han muerto, bien por causas naturales bien por causas estatales, y otros preferirían que Iván no hubiera regresado de entre los muertos en vida para recordarles que el crimen no se borra con Tipp-Ex. El abismo que se abre entre él, inmutable tras su congelamiento literal en los campos, y el fluir de la vida fuera de ellos me ha recordado a los regresos a la Tierra de los soldados espaciales en The Forever War: los años lo han cambiado todo durante siglos, pero ellos han permanecido jóvenes, viajando a la velocidad de la luz, y ya no pueden adaptarse. La única solución al desajuste vital consiste en volver a enrolarse para luchar contra los alienígenas más allá del Sistema Solar.

No obstante, Grigórievich no se enrola en nada, y menos aún regresa al campo de concentración. Quien quiera saber más, que lea la novela. No se arrepentirá.

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There Is No Darkness, de Joe Haldeman y Jack C. Haldeman II

De Joe Haldeman ya hablé a propósito de su clásico y obra maestra The Forever War, e incluso tuve la oportunidad de hacerle una entrevista. Ahora ha caído en mis manos There Is No Darkness, una novela menor que escribió con la ayuda de su hermano biólogo, ya fallecido. Publicada bajo la forma actual en 1983, la obra es un refrito de dos relatos de 1979, “Starschool” y “Starschool on Hell”, aparecidas en Asimov’s SF Adventure Magazine.

Aunque no esté traducida, me ha dado por reseñarla porque es una obra simpática, y lo que es más, muy graciosa para el lector en lengua española. Debido al argumento, el texto está lleno de palabras en castellano, sin que falten en general las tildes bien puestas.

La acción se desarrolla en un futuro indeterminado. La humanidad ha colonizado un montonazo de planetas acullá, y la organización política corre a cargo de la Confederación (así, tal cual). De ahí que estemos en el AC (Año de la Confederación) 354. Las lenguas oficiales son tres: inglés, español y pan-swahili. El protagonista es un joven de dos metros y medio nacido en un planeta helado. Se nos explica, por si las moscas, que se tuvo que modificar genéticamente a los colonos para que la especie humana sobreviviera en un lugar como ése. Es de imaginar que arrasarían en nuestro Eurobasket.

En fin, al colega lo inscriben en la nave Starschool, donde se entrenan para el liderazgo los futuros dirigentes planetarios. Y una parada obligada en la ruta estelar es la Tierra. Necesitado de dinero, nuestro héroe se apunta a corridas de toros y a luchas contra animales modificados genéticamente. Casi la palma, pero gana pasta. Por cierto, los terrícolas son pequeñitos para que la superpoblación del planeta sea soportable. No sé qué sería de Rocco Siffredi en un mundo así.

Visitan dos planetas más, pero prefiero dejarlo aquí. La obra tiene un final tan inesperado como The Forever War, e igualmente reconfortante.

Entrevista exclusiva del Proyecto Seléucida a Joe Haldeman

(Quien desee consultar la entrevista original en inglés, no tiene más que pedírmela.)

Señor Haldeman, en primer lugar le agradezco su tiempo. Los bloggers y lectores españoles de ciencia ficción aprecian mucho su trabajo. Dado que lo deben de haber entrevistado centenares de veces, intentaré que esta entrevista sea un poco diferente, preguntándole no sólo por usted y su trabajo sino por otros asuntos.

Pregunta: Me gustaría saber su opinión acerca del famoso artículo que escribió Stanislaw Lem. Dijo, entre otras cosas, que Philip K. Dick era no sólo el mejor sino el mejor con mucha diferencia sobre el resto de escritores de ciencia ficción americanos. (Estoy de acuerdo con la mitad del artículo, pero no con la parte dedicada a alabar sólo a Dick.)

Respuesta: Me temo que sólo conozco de oídas el artículo de Lem. No es mi crítico favorito.

P.: Creo que la Trilogía Cósmica de C.S. Lewis (Out of the Silent Planet, Perelandra y That Hideous Strength) es bastante buena en el género de la ciencia ficción, especialmente los dos primeros libros. Su amigo Tolkien, también cristiano, pensaba que Lewis se equivocaba introduciendo la religión en sus novelas de ciencia ficción. Ese puede ser el motivo por que los lectores de la llamada “ciencia ficción dura” no aprecien mucho a Lewis. Me gustaría saber su opinión.

R.: Pensaba que Lewis era un buen escritor, pero el contenido religioso de la Trilogía Cósmica hizo que abandonara el primer libro antes de terminarlo. La ciencia ficción no es útil para la religión, o viceversa.

P.: Según las religiones judía, cristiana y musulmana, la Tierra es el único lugar con vida inteligente y el único teatro donde se interpreta la Historia de la Salvación. El descubrimiento de vida alienígena racional significaría que están profundamente equivocadas. Por lo que sé, este aspecto teológico de una guerra interestelar carece de importancia para los escritores cuando describen la situación de la Tierra durante una guerra con alguna especie alienígena. Habría una guerra civil generalizada en nuestro planeta.

R.: Estoy seguro de que cualquier predicador, rabino o ayatolá que se precie encontraría un texto que justificase o incluso predijera la vida alienígena. Esos libros son totalmente ambiguos.

P.: Usted tiene tres novelas con la palabra ‘forever’ en el título: The Forever War, Forever Peace y Forever Free, cronológicamente. Pero no se trata de una trilogía porque el segundo libro es independiente. No obstante, muchos lectores se confunden pensando que es una trilogía.

R.: Lamento crear tal confusión. Cuando escribí Forever Peace no tenía ni idea de que terminaría escribiendo una secuela de The Forever War años más tarde. Robert Silverberg me animó.

P.: Cuando escribió Forever Peace, ¿tenía en mente la noción kantiana de “paz perpetua”?

R.: No, pero el Imperativo Categórico llevaría a la paz perpetua si la gente lo siguiera.

P.: En general, se considera que The Forever War es su obra maestra. Además, en la Wikipedia he observado que a usted se lo cataloga como “escritor de ciencia ficción militar”. ¿Está de acuerdo con ambas afirmaciones?

R.: No estoy de acuerdo con ninguna de las dos. He escrito más de veinticinco novelas, y sólo tres de ellas pertenecen a la ciencia ficción militar. (El término “escritor de ciencia ficción militar” tiene, en la ciencia ficción americana, un significado específico que no es del todo complementario. La ciencia ficción militar es un subgénero distinto que tiende a ser de derechas y de pocos matices). No se puede discutir que The Forever War es mi novela más exitosa. Pero he escrito, al menos, docenas que me gustan más.

P.: En 2008 ó 2009 se estrenará la película Ender’s Game, basada en el conocido clásico de la ciencia ficción escrito por Orson Scott Card. ¿Cabe esperar una película basada en The Forever War?

R.: A la larga. Ya la deberían haber hecho.

The Forever War, de Joe Haldeman

Pongo el título original inglés porque, como os dije ayer en esta entrada, no estoy de acuerdo con el título en español. Y además, la traducción del libro es espantosamente mala.

The Forever War es una obra cumbre de la ciencia ficción espacial, y tiene uno de los mejores inicios jamás escritos en el género:

“Tonight we’re going to show you eight silent ways to kill a man.”

La acción comienza en 1996 y de un modo que el propio autor considera anacrónico. Se vio obligado a poner esa fecha porque, como veterano de Vietnam (Haldeman nació en 1943), quería que los soldados que se alistaran en las fuerzas espaciales para luchar contra los alienígenas fueran veteranos de guerra. Éste es uno de los motivos por los cuales le rechazaron dieciocho veces la novela: porque se escribió en los setenta, y nadie quería leer una alegoría de Vietnam llevada al espacio.

El protagonista de esta historia alucinante es el soldado Mandella. Durante el entrenamiento espacial con los trajes de combate conoce a Marygay (nombre real de la esposa de Haldeman), una soldado como él. No diré nada de su relación porque forma parte de la sorpresa que se lleva el lector en las últimas páginas. Combatir contra los alienígenas, poseedores de una tecnología similar a la humana, implica efectuar saltos cólapsar (“collapsar” en inglés, de “collapsed star”) por agujeros negros, el único modo de llegar a estrellas lejanas. El precio yace en la relatividad: los soldados apenas envejecen, pero cuando regresan a la Tierra han pasado siglos. No tienen amigos, sus familias han muerto, todo ha cambiado. Incapaces de adaptarse a un mundo ajeno, vuelven a enrolarse para una guerra que cae en el olvido en la Tierra, pero que ellos viven día a día durante… mil años. La Guerra Eterna.

Haldeman refleja a la perfección el desfase mental que él mismo experimentaba cuando volvía a los Estados Unidos tras permanecer en una guerra que, para muchos, no existía. Los estadios de agonía que apunté en su día, cuando reseñé Solaris, también están presentes aquí: alejamiento, desgarro y perdición que apunta a una redención final.

The Forever War pertenece a la llamada “ciencia ficción dura”. Es decir, se presta atención a la verosimilitud científica de los hechos (cálculo de años luz en los viajes interestelares, estimación tecnológica realista del armamento que pueda existir a ciertos años vista, etc.). Nada que ver con La Guerra de las Galaxias, por supuesto. Y es que Haldeman se licenció en astronomía por la Universidad de Maryland en 1967.

Mañana publicaré la entrevista que le hice.