Tres días en Phuket

En un capítulo de Los Simpson, Homer está en Turquía, si lo recuerdo bien. Un tipo en el mercadillo le quiere vender no sé qué (¿una figurita para turistas?), y termina diciéndole que no se preocupe porque todo está hecho con droga. Artesanal, pero droga. Incluso la mesa es de droga.

Esto viene a cuento de que en Phuket todas son prostitutas. Todas, literalmente. Creo que sólo se salvaba la cajera del supermercado, y por los pelos. No me atrevo a extrapolar lo visto al resto de Tailandia por eso de los escrúpulos científicos, pero estoy a un tris.

El viaje lo pagaba la empresa e íbamos todos para hablar de trabajo junto a la piscina. Cosas más raras se han visto, pero no vas a decir que no a una oferta como ésta, sobre todo cuando no puedes decir que no. De paso, uno tiene la oportunidad de ver en vivo y en directo si la imagen de exotismo tailandés superfashion que tenemos en occidente se corresponde con la realidad. Aquí la respuesta:

[Welcome to Thailand, white men with money.]

Para playas de ensueño, la Costa Brava catalana, y no lo digo para barrer para dentro (playa en Phuket con compañeros de trabajo). Es curioso que llegue allí y lo primero que me venga a la mente sea Grecia. Después de tres años de mi vida en Tesalónica, no juzgo a la ligera: lo que he visto de Tailandia es lo mismo que se ve en Grecia, con la salvedad que de en la Hélade no hay ni por asomo tanta prostitución. Por lo que al resto se refiere (cutrerío, suciedad, corrupción, dejadez, perros abandonados), son tierras gemelas. Por ejemplo, esto es un karaoke con señoritas de reputación más que dudosa (me invitaban a entrar a gritos desde cincuenta metros de distancia a medianoche).

En un país sin ley haces lo que te viene en gana. De ahí que el resort donde nos alojábamos, propiedad de un danés sesentón casado con una tailandesa cincuentona, se llame Popeye’s sin problemas de derechos ni nada que se le parezca (suponiendo que aún haya derechos sobre el personaje). La piscina de la foto está a un metro de la sala de reuniones, que era el cobertizo. Y hablando de derechos o de un mínimo de vergüenza para no caer en el horterismo extremo, el restaurante de supuesta categoría del resort se llama Pavarotti. El hilo musical era la antología de lo peor que haya dado Italia desde la muerte de Julio César, y del servicio prefiero no hablar, aunque la comida se salvaba porque el chef era italiano. Un tipo simpático casado con una de allí. Su hijo pequeño, una auténtica monada, estaba tan ocupado jugando que se negó a hablar conmigo en italiano.

Después de cenar, los tres que queríamos salir pedimos un tuktuk (vas que te matas, y lo digo literalmente) para cubrir los 8km de Kamala a Patong, sede de todo el vicio habido y por haber: sesentones occidentales con veinteañeras, adolescentes con hierros en los dientes que nos decían dónde ir para ver algo indescriptible relacionado con chicas desnudas y pelotas de ping pong (no fuimos porque insistí en no ir), transexuales para parar un tren ofreciéndote de todo y metiéndote mano en medio de la calle, etc. Para más detalles, hay unas naves industriales con minibares (de 4×4 metros) donde no puedes caminar cinco segundos sin que te agarren. Aquí un amigo haciendo el primo con una que rondaba por ahí:

[El colega bengalí es la alegría de la huerta, y la de arriba ni os cuento.]

Incluso el otro compañero de trabajo, el más entusiasta con todo eso, me pidió que avanzara en primer lugar. Tan harto estaba el tío de que lo tocaran (cuidado con el móvil y el pasaporte).

Nos metimos en el Tit’s Bar (o algo así), donde las jóvenes te azotan o dejan que las azotes y bailan en topless sobre la barra con menos gracia que yo, y se me ocurrió grabar discretamente con el móvil. Es que soy subnormal. Una me dio una patada y gracias a Dios que no avisó a los de seguridad. Pondría el vídeo aquí, pero se ve tan mal que no vale la pena.

El resto es historia, como las fotos que no pude tomar de un policía durmiendo durante la guardia, del cartel que indica peligro en la carretera porque te puedes topar con un elefante o de los tailandeses en moto con el paraguas abierto cuando llueve (sin casco). La que sí tomé es la del mantel de un restaurante donde comes de muerte por un precio irrisorio al cambio en euros:

Más fotos en Flickr: la del piso en venta (mal redactado en inglés, y menudo piso en la foto), la rana en la piscina, la carta surrealista del restaurante Pavarotti…

En suma, miseria y exotismo de feria para turistas occidentales que revientan si no pisan Tailandia. En mi opinión, no vale la pena a menos que te vaya el rollo de alcohol a tope y jóvenes dispuestas a todo por una cena de 10€ al cambio actual. No te digo nada si cometes el error de colgarte de una y casarte con ella. RIP.

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