El centeno del guardián

Recupero el artículo que publiqué hace tres años en el periódico Factual, ya desaparecido, a propósito de la muerte de J.D. Salinger:

Tiene sus ventajas disertar acerca de un autor que ya era inmortal en vida. Y es que puedes darle vueltas al cabo de un milenio sin que pierda actualidad. Pero ya que no voy a vivir tanto como el recluta William Mandella en The Forever War, daré por buenas estas dos semanas como tiempo de reflexión para escribir mis conclusiones de El guardián entre el centeno.

Leí esa obra maestra de adulto, de modo que sus páginas cristalinas no marcaron mi adolescencia. Quizá justamente por eso me cautivara de un modo más racional que emocional. Sin embargo, la pregunta no varía: ¿Qué tiene The Catcher in the Rye para haber devenido una obra de culto? ¿Por qué ha llegado tan lejos un texto cuya trama se resume en dos líneas? Le he dado muchas vueltas y la solución, oculta en esa creatividad tan rara y particular que atesoraba Salinger, ha terminado por sorprenderme.

En primer lugar, se patentiza que es una novela de frescura inmarcesible. El texto fluye y penetra al lector, y la lectura del original inglés no hace sino potenciar la impresión de genialidad que se percibe en el primer intento mediante una traducción. Ni siquiera el hecho de que, con los años, haya variado el argot inglés utilizado le resta un ápice de credibilidad; bien al contrario, le transmite un aire retro encantador que ha vigorizado los efectos hasta lo impensable, para sorpresa y agrado de quienes tienen la fortuna de vivir económicamente de Salinger.

No obstante, en segundo lugar aparece, en mi opinión, la solución del enigma: El guardián entre el centeno nos atrae de manera tan oscura porque es una obra profundamente reaccionaria. No es sólo que nos lleve de vuelta a un estadio vital peterpaniano o evoque en el lector adulto el regreso a la adolescencia entendida como metáfora del aprendizaje vital, sino que va más allá. La novela despierta, en su tramo final, las pulsiones más irracionales del lector, rozando incluso lo ctónico. Salinger recurre a un estadio de pureza tan primigenio como mítico e inexistente, a una situación de inocencia original previa a la Caída. Y creo que lo hace de modo inconsciente, puesto que toda obra genial escapa al control de su creador.

Y al texto me remito como prueba irrefutable. A la imagen que el protagonista, Holden Caulfield, explica literal y diáfanamente a su hermana pequeña: la imagen del guardián de los niños, del vigilante como categoría óntica, de una inteligencia providencial excesivamente protectora que siempre impedirá, por tu bien, que te despeñes por el precipicio mientras te solazas despreocupadamente en el campo de centeno.

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Entrevista de este blog a Alki Zei, escritora griega

Alki Zei (Atenas, 1925) es una de las escritoras más importantes de Grecia. Un servidor ha tenido el placer de traducir al catalán su superventas griego La Konstantina i les teranyines (foto del libro en Flickr), drama acerca de drogadictos de doce años publicado en su lengua original en el 2002, y que también está disponible en español bajo el título Constandina y las telarañas. Esta entrevista ha sido posible gracias a Anguelikí Vulumanu, la responsable de la agencia Bookboom.

Pregunta: Señora Zei, debo decir que me alegró mucho traducir La Konstantina i les teranyines al catalán. Fue un encargo repentino que recibí en Barcelona de parte de la editorial Cruïlla, y la experiencia muestra que en tales circunstancias los libros no suelen ser obras maestras (o casi) como éste. Más allá de las ventas en Grecia, que fueron altas, ¿cuál fue la reacción de la crítica?

Respuesta: La reacción de la crítica fue muy positiva. De hecho, el jurado de la revista literaria Diavazo, que premió el libro, lo había propuesto como libro para adultos, para adolescentes y para niños. Finalmente me llevé el premio para adolescentes en el 2003.

P.: Esta novela atesora una calidad literaria que sobrepasa la que esperamos encontrar en un texto que, en principio, se dirige a un público joven que apenas ha comenzado a leer seriamente. A pesar de que la protagonista es una adolescente, el fondo y la construcción caen en el campo de la literatura para adultos, como sucede con Viaje con Venus, de Terzakis, o El guardián en el centeno, de Salinger. ¿Tal resultado apareció involuntariamente o conscientemente?

R.: Creo que la literatura es una, independientemente de a quién se dirija. Yo escribo de la misma manera para adultos, adolescentes y niños. Raramente escribo para niños muy pequeños porque, en ese caso, seguro que es necesaria otra manera de escribir.

P.: Sin ninguna duda, Konstantina y Stavros permanecerán para siempre en la memoria literaria de los que hemos leído su libro. ¿Se basó en elementos reales para la construcción de la trama y de los caracteres? ¿Pensó desde el principio en la diáspora griega?

R.: No necesité pensar en la diáspora griega porque mi familia y yo pertenecemos a la diáspora. Vivimos como refugiados políticos durante diez años en la Unión Soviética por la Guerra Civil Griega y otros diez años en Francia por la dictadura griega que empezó en 1967.

P.: Se ha demostrado que su madurez creativa no tiene fecha de caducidad. ¿Puede darnos alguna noticia literaria?

R.: Mantengo en secreto las noticias literarias. Sólo anuncio algo cuando está listo para que la editorial empiece el proceso de edición. Eso no significa que no tenga siempre algo dándome vueltas en la cabeza. No obstante, me tomo mucho tiempo de un libro a otro porque me ato mucho a mis protagonistas, y quiero alejarme de ellos antes de construir los nuevos. Tardé cinco años en alejarme de Konstantina.

[Entrevista dedicada, como dice el libro, “a los niños que se perdieron / en el pozo del dragón / en la cueva de la bruja”, según versos de Dionisis Savópulos. Y, añado, que nunca volvieron.]

Propuestas de lectura

Basándome en las experiencias de mis amigos profesores, y redondeando lo dicho ayer acerca de las malas elecciones como lectura obligatoria en ESO y Bachillerato (aunque me centre en el currículo español, es extrapolable a otros países), menciono algunos libros que son óptimos para menores de edad. Unos son los de toda la vida, otros no, pero todos tienen en común que son literatura pata negra, muy alejada de la bazofia al uso. Por orden:

ESO +12 años

Constandina y las telarañas, de Alki Zei, Lóguez (traducción catalana mía: La Konstantina i les teranyines, Cruïlla; me disculparéis que barra para dentro)

La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta)

ESO +14 años

Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear, otra traducción mía)

La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets)

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger (no sé por qué traducen ‘in’ por ‘entre’)

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde

Un mundo feliz, de Aldous Huxley

Bachillerato

El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, de Antonio Priante (Cahoba)

El ministerio del dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)

1984, de George Orwell

Soy leyenda, de Richard Matheson

Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski

El camino del norte, de Horacio Vázquez-Rial (La otra orilla)

Relatos de Kolimá I, de Varlam Shalámov (Minúscula)

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

Y al margen de esa división por edades, aludo a una novela ideal para los alumnos interesados en las matemáticas: El tío Petros y la conjetura de Goldbach, de Apóstolos Doxiadis. Hay, o había si no se ha agotado ya, traducción catalana.