La Pasión según Smaïl, de Paul Smaïl

Tercera y última entrega de la serie iniciada con Vivir me mata y continuada con París-Casablanca. Mismas traductoras y misma editorial.

Smaïl, de nombre real Daniel Théron, culmina su trilogía magistral con un volumen postrero más desquiciado si cabe que los dos anteriores. La intercalación de ciertos elementos y títulos en determinadas partes crean un texto audaz, fresco y brillante. El Smaïl personaje continúa su carrera como escritor francés de origen árabe que narra su propia vida, pura ficción que pasa por real dada su inmediatez y verosimilitud.

Théron escribió un cuarto libro bajo el pseudónimo de Smaïl, pero creo que no tiene nada que ver con estos tres. O sí.

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París-Casablanca, de Paul Smaïl

Segunda parte de la trilogía iniciada por Daniel Théron con Vivir me mata, pero bajo el pseudónimo de Paul Smaïl. Mismas traductoras y misma editorial.

Rizando el rizo, el personaje Smaïl ha publicado un libro titulado Vivir me mata, y para rematarlo todo se marca un viaje a Marruecos, el terruño árabe de sus padres, para descubrir que esa tierra le es ajena porque él es francés. Normal.

Esta entrega es tan breve como la anterior (no llega a las 200 páginas), y se lee con un deleite literario similar. Hilarante y profunda al mismo tiempo. No tiene desperdicio.

Vivir me mata, de Paul Smaïl

Lo de este tipo tiene miga. De nombre real Daniel Théron (Francia, 1947), se ha dedicado a la carrera de novelista con diversos pseudónimos, entre ellos Paul Smaïl, aunque también ha hecho de músico de rock.

Vivir me mata es la primera parte de una trilogía divertidísima donde el autor se inventa un personaje, el tal Smaïl, que nos narra su biografía. Todo falso, por supuesto, pero real como la vida misma. Por decirlo así, Théron es francés blanco, mientras que este alter ego es francés de origen árabe, con todo lo que ello implica para bien y para mal.

Que Melville y su Moby-Dick serán una constante en la serie se anuncia desde buen principio. El breve trabajo del protagonista en un librería propiedad de una francesa presuntamente multicultural es desternillante y de una agudeza absoluta, como tantos otros pasajes en los cuales no voy a entrar. Quien lo lea que extraiga sus conclusiones.

Traducción muy buena de Ana Labra y Cristina Abril para El Cobre.