Cinco regresos

Una parte de lo que voy a exponer ya lo traté hace tiempo, pero el visionado de [REC] 2 me llevó a otro enlace de referencias y me decidí a escribir esta entrada.

Hay cinco regresos a casa, y no por Navidad, que ponen los pelos de punta. El primero, y quizá sea el punto de partida histórico para el resto (menos para uno, el español), es el que describe W.W. Jacobs en el relato “The Monkey’s Paw”: la desgraciada madre desea que su hijo muerto vuelva a casa. Pero claro, es muy imprudente hacer eso mientras sostienes una pata de mono disecada que, aunque tenga el poder de concederte lo que deseas, lo hará siempre con un reverso tenebroso. Y si, justo después de desearlo, oyes pasos en el jardín mientras algo indescriptible te hiela la sangre en las venas, tanto peor. El capítulo de La hora de Alfred Hitchcock basado en este relato era muy malo, pero el final lograba transmitir el espanto.

El segundo retorno es el de la protagonista del relato “La resucitada”, de Emilia Pardo Bazán. Una fenecida sale del mausoleo y vuelve a casa para horror de su marido e hijos, quienes se dan cuenta de que el amor que sintieron por ella no puede regresar ante la evidencia de que algo innatural ha cristalizado en su vida cotidiana. El rechazo familiar la lleva de vuelta a la tumba por voluntad propia en una escena memorable: su presencia inefable ha roto lo irrompible.

El tercero es el de I Am Legend, de Matheson. El protagonista, el último hombre en un planeta de vampiros (ventaja: no pagas impuestos ni hay televisión pública), recuerda el día en que enterró a su mujer, víctima de la plaga, así como el preciso instante en que la puerta de casa se abrió y ella reapareció, viva en muerte, balbuceando su nombre a lo zombi pero sin intención alguna de consumación matrimonial. Se entiende que uno, después de resucitar vampíricamente, necesite sangre. Con un Cacaolat no llegas.

El cuarto es el de la mujer e hijo del protagonista en la película El cementerio viviente, basada en una novela de Stephen King que no he leído. Nunca hay que enterrar a los muertos en un suelo (sagrado para los indios, a lo Poltergeist) que tiene la propiedad de resucitar al personal, mas dotándole de una mala baba sanguinaria espectacular. Así, el notas, que no se da por aludido cuando el fantasma de uno a quien vio morir se aparece para avisarlo, no tiene ninguna idea mejor que enterrar a su hijo y a su mujer allí. A quién se le ocurre. Como presentarse en El Corte Inglés el primer día de rebajas.

El quinto regreso no es exactamente como los anteriores. No obstante, tiene un toque diferencial que me pilló totalmente desprevenido. Es el de una mujer en [REC] 2. Cuando el marido entra en el piso del edificio infectado, acompañado por las fuerzas especiales de la policía, percibe que en la cocina hay alguien. La tensión sube y te agarras a la butaca. El grupo se desliza en sigilo por el pasillo y entonces se oye que la zombi se pone a batir un huevo para hacer una tortilla. Matrícula de honor para Jaume Balagueró, porque te esperas cualquier cosa menos eso. El marido penetra en la cocina a medialuz, contraviniendo las órdenes de los policías, y la que en vida fue su esposa intenta sazonar la tortilla con su sangre.

Eso es lo que se llama “alta cocina catalana”.

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Lectura obligatoria

Hablando con una amiga acerca de que La sombra del viento sea lectura obligatoria en algunas escuelas, se me ocurrió escribir esta entrada. Malos profesores los ha habido siempre, mas ahora parece que abundan en demasía. Signos de los tiempos, diríamos bajo un punto de vista teológico. Uno no puede evitar la perplejidad más extrema cuando en el país no ya de Cervantes (evitaré tópicos) sino de Emilia Pardo Bazán, muchos profesores de literatura en general, y de lengua española en particular, ponen como lectura obligatoria a Carlos Ruiz Zafón o a John Boyne y su niño con pijama rayado. (Aprovecho para aclarar que el título más correcto sería El niño con el pijama a rayas, no de rayas.) Libros que ni aportan nada ni llevan a ninguna parte.

Es lamentable que el nivel de formación que atesoran (es un decir) algunos profesores sea tan bajo. Si un licenciado en Filología no está capacitado para discernir qué textos son convenientes para la correcta formación del alumno, la transmisión del conocimiento se trunca. Pues como aseveró Aristóteles en la Ética nicomaquea:

“[…] Por eso hay que recibir cierta educación desde la juventud, como dice Platón: para alegrarse y entristecerse como es debido. Ésta es, efectivamente, la educación correcta.”

Mañana me extenderé en esto.