Recomendaciones literarias para Sant Jordi 2010

Este próximo viernes, 23 de abril, se celebrará el Día Mundial del Libro. Como propuesta, compendio los libros que he reseñado positivamente desde diciembre pasado:

Vacío perfecto, de Stanisław Lem (Impedimenta), una rareza magistral.

Kaputt, de Curzio Malaparte. La nueva traducción basada en la edición casi definitiva. Publica Galaxia Gutenberg.

Lejos de Toledo, de Angel Wagenstein (Libros del Asteroide). La tercera parte de una trilogía que puede leerse de cualquier manera porque los protagonistas no son comunes.

Destinos intermedios, la segunda novela negra de Octavio Escobar publicada por Periférica.

Todo fluye, de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg).

El ladrón del rayo, de Rick Riordan (Salamandra). Juvenil entretenida.

Lila, Lila, de Martin Suter (Anagrama).

Caballería roja, de Isaak Bábel (Galaxia Gutenberg). Relatos inspirados en la Guerra Polaco-Soviética de 1920-21.

Omega, de Jack McDevitt (La Factoría de Ideas). Pura ciencia ficción espacial.

Prometo ser bueno: cartas completas, de Arthur Rimbaud (Barril & Barral). La primera vez que se publican todas sus cartas en lengua española.

La carretera, de Cormac McCarthy (Mondadori).

Los días contados, de Miklós Bánffy (Libros del Asteroide), la primera parte de la “Trilogía transilvana” del autor húngaro. La segunda, Las almas juzgadas, ya está a la venta.

Omega, de Jack McDevitt

Segunda novela que leo de McDevitt. La primera fue Odisea, también perteneciente al ciclo Las máquinas de Dios.

Seguimos en el siglo XXIII. La tecnología permite viajar por el hiperespacio a distancias siderales (nunca mejor dicho) en tiempos asumibles para la corta vida humana. En esto, la humanidad, que continúa con lo mismo de siempre a pie de calle (hambrunas en África, etc.), empieza a tomarse seriamente la existencia de las Omega, unas nubes enormes que viajan por el espacio y destruyen por la cara toda civilización que encuentran. Vale que la más cercana a la Tierra tardará mil años en llegar, pero algunos juzgan que quizá sea necesario no dejar para el siglo XXXIII lo que se pueda hacer en el XXIII.

McDevitt, una vez más y a pesar de cierta querencia por la estética del technothriller, conduce con salero una trama que da mucho juego: ¿Cómo salvar de las Omega a una civilización alienígena cuyo estado de desarrollo es similar al de la humanidad en la época del Imperio Romano? Y es más, ¿cómo hacerlo sin que se den cuenta ni interpreten que los humanos son dioses que vienen del cielo?

Lo negativo: traducción mejorable, como es demasiado usual en La Factoría de Ideas.

Corrimiento de la sci-fi clásica hacia el technothriller

Aviso: como no soy un especialista en ciencia ficción, invito específicamente a los adictos al género a que me corrijan si lo consideran oportuno.

A medida que uno va adquiriendo consciencia de clase, perdón, literaria, se fija en determinados fenómenos que le pasaban desapercibidos. Últimamente me he dado cuenta de que la ciencia ficción quizá lleve décadas deslizándose peligrosamente hacia el technothriller.

Si establecemos una frontera más o menos difusa en la Segunda Guerra Mundial, los escritores nacidos antes de ese período (H.G. Wells, Alfred Bester, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, etc.) han escrito los grandes clásicos del género. En este grupo estarían también autores aún vivos como Joe Haldeman (nacido en 1943) o Jack McDevitt (1953), pero quizá no muchos más. Las generaciones posteriores, según parece, tienden a mezclar la ciencia ficción pura y dura con el thriller, obteniendo como resultado un texto más comercial, algo que no tiene nada de malo a primera vista; sin embargo, mal conducida literariamente, dicha mezcla lleva a un producto de calidad más baja.

Que yo sepa, los autores más conocidos de technothriller son, precisamente, bombas comerciales como Michael Crichton, recientemente fallecido, y Dan Brown (este último sólo en dos novelas: Deception Point y Digital Fortress). En esta línea, aunque con infinitamente más gracia y calidad que Brown, está Robert J. Sawyer, de quien llevo días hablando a propósito de la novela Flashforward, cuya serie emite Cuatro. Todas las novelas de este género technothrilleresco que he leído comparten los mismos defectos estructurales: primero, los capítulos, e incluso los parágrafos, parecen escritos como si ya fueran el guión de la futura serie o película; segundo, los diálogos son impostados; tercero, se percibe que el proceso de creación literaria está marcado por la voluntad inequívoca de popularizar (léase ‘vulgarizar’) la ciencia ficción para convertirla en literatura de aeropuerto. Es decir, se pretende (y se consigue de sobras) que el lector que nunca compraría clásicos inmortales como Solaris (Stanislaw Lem) o El planeta de los simios (Pierre Boulle) compre Esfera (Crichton) o Fortaleza digital (Brown).

En suma, viene a ser lo mismo que leer Crepúsculo emocionado (o más bien emocionada) hasta las cachas, mas ignorando la existencia de Drácula y Soy leyenda.

Odisea, de Jack McDevitt

No es de extrañar que Jack McDevitt (Filadelfia, 1935) sea uno de los escritores de ciencia ficción más destacados de la actualidad, con un largo palmarés de victorias y nominaciones en los premios literarios más señeros del género: Hugo, Locus, Nebula, etc. Esta novela magnífica, Odisea, es el ejemplo de una inventiva de primer orden.

La obra se encuadra en el ciclo Las máquinas de Dios, junto con otras novelas como Chindi u Omega, también publicadas por la editorial La Factoría de Ideas, y es un claro ejemplo de la línea literaria del autor: situaciones misteriosas que quedan resueltas a medias (para que la imaginación del lector ponga de su parte), contacto con inteligencias alienígenas y xenoarqueología (encuentro de restos arqueológicos, como puedan ser templos en otros planetas, que indican que alguien estuvo allí antes que los humanos).

Sorprendentemente, el núcleo de la historia tiene una actualidad pasmosa: el peligro que supone para la humanidad (en el caso de la novela, para todo el cosmos) la experimentación científica en un acelerador de partículas que crea microagujeros negros (¿el acelerador del CERN en Suiza?). En medio de todo esto aparecen los jinetes lunares, objetos que quizá sean naves espaciales alienígenas en misión más que críptica para los terrícolas.

El libro también sorprende a otros niveles. McDevitt toma en consideración los posibles aspectos socioculturales del momento futuro en que se desarrolla la narración: el siglo XXIII. En ese sentido, es totalmente brillante la introducción y el despliegue de uno de los protagonistas, Gregory MacAllister, un escritor que se opone al derroche de fondos públicos del Gobierno Mundial en la exploración planetaria, arguyendo que el dinero tiene que gastarse en paliar las hambrunas de África. Pasan los siglos, mas todo continúa igual.