Felicidades, Richard

Hoy Richard Matheson cumple 84 años. Es leyenda.

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Monografía: Bram Stoker

Por motivos que no vienen al caso, escribí hace poco una especie de biografía de Bram Stoker. Para tenerla en el disco duro, mejor que la ponga aquí. Ahí va:

Si los contemporáneos de Abraham Stoker vivieran ahora, no terminarían de creerse que la estadounidense HWA (Horror Writers Association) institucionalizara en 1987 un premio anual que lleva el nombre del irlandés: el Bram Stoker Award. Y es que, en vida, Stoker era más conocido por ser el asistente personal de Henry Irving, conocido actor teatral cuyo nombre real era John Henry Brodribb.

Stoker nació en Dublín el 8 de noviembre de 1847 en el seno de una familia protestante. Casualmente (o no) el año de publicación del folletín Varney the Vampire, de James Malcolm Rymer, obra que tendría su peso en la redacción posterior de Drácula. Fue el tercero de siete hermanos; su padre, Abraham Stoker (1799-1876), era de Dublín mientras que su madre, Charlotte Mathilda Blake Thornley (1818-1901), provenía de Ballyshannon, un pueblo situado al norte de Irlanda. Fue la madre, partidaria del feminismo de la época, quien jugó un papel decisivo en la formación literaria del pequeño Bram. Debido a la salud quebradiza que se vio forzado a soportar durante los primeros siete años de vida, Stoker se formó en casa con un profesor particular, el reverendo William Woods. Eso de día, porque de noche escuchaba los relatos que le contaba su madre, especialista en poner los pelos de punta con historias irlandesas de fantasmas. La dualidad irreconciliable entre lo real y diurno, encarnado por las clases objetivas de su maestro, y lo irreal y nocturno, impulsado por la viva imaginación de su madre, marcarían para siempre la estructura profunda de su narrativa por venir.

En 1864, a los 17 años, el pelirrojo Stoker ya era un joven grandote que no tenía nada que ver, al menos físicamente, con el niño enfermizo que había sido. Ingresó en el Trinity College de Dublín, de donde salió en 1870 graduado con honores en Matemáticas y habiendo sido presidente de la Philosophical Society. Fue entonces cuando comenzó una carrera administrativa terriblemente aburrida que volvió a impulsar, por si acaso hubiera perdido fuerza, su concepción dual de la existencia: monotonía diurna y escapadas nocturnas a los teatros, afición heredada de su padre y que terminaría dándole tanto un sueldo como ayudante del actor Henry Irving, cuanto una vida disipada que lo conduciría a morir de sífilis en Londres a los 64 años, concretamente el 20 de abril de 1912. A destacar que de la misma enfermedad murió su amigo el también escritor Oscar Wilde, y que la semana de la muerte de Stoker se hundió el Titanic.

En diciembre de 1878, después de convertirse en el secretario de Irving y de trasladarse a Londres, Stoker se casó con Florence Balcombe, cuyo último pretendiente había sido justamente Oscar Wilde. Según atestiguan las fuentes de la época, Florence era una mujer de belleza extraordinaria. Así, el año 1878 parecía ser el gran momento en la vida de Stoker: trabajo en el ámbito teatral de Londres (su sueño) y boda con una preciosidad (su otro sueño). Mas de modo tan lamentable como inesperado, la fortuna volvería a girar y esos dos elementos se tornarían en su contra. Por un lado, Henry Irving, el reputado especialista en Shakespeare, terminaría revelándose como un ególatra que vampirizaba espiritualmente a Stoker y a cuantos caían incautamente en su círculo personal o profesional, y su esposa, la preciosa Florence, se limitaría a darle un solo hijo (Irving Noel Thornley Stoker) y a vetarle toda posterior consumación carnal, por lo que parece o se sospecha hoy día. Para alguien con tal querencia por la vida nocturna, eso fue bastante más que una invitación a que se relacionara con otras mujeres sin demasiados miramientos ni remordimientos de consciencia.

La senda de Stoker en la escritura de terror comenzó con relatos, hecho desconocido por el gran público, dado que el irlandés pasó injustamente a la historia como si su única obra fuera Drácula. La realidad es que le debemos auténticas joyas como “El entierro de las ratas” o “Las arenas de Crooken”, cuentos donde cristalizan magistralmente las obsesiones vitales y literarias de Stoker: la noche en tanto que oportunidad para el mal en el primer caso, y la dualidad interior, la escisión del yo en el segundo. Aunque Stoker no hubiera escrito más que piezas breves, ya sería digno de recuerdo entre los grandes nombres anglosajones de las distancias cortas, junto a E.A. Poe, W.W. Jacobs o A.M. Burrage.

No obstante lo dicho, Stoker estaba destinado a más. Yacía en sus manos la posibilidad de generar una novela que, inesperadamente, se convertiría no ya en un clásico de la literatura mundial sino en el certificado de nacimiento de toda una rama del terror. Cierto que ya existían obras vampíricas, como el relato “El Vampiro” de John William Polidori (1795-1821) o la novela Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), y que la lectura de dichas obras influyó mucho en Stoker. Sin embargo, no fue hasta 1897, el año de publicación de Drácula en inglés, que el género de los no-muertos recibiría la obra magna de referencia, el sello de identidad que marcaría un antes y un después. Con todo, y como bien dijo el filósofo Theodor W. Adorno, la obra maestra mata el género, y este caso no es una excepción. Originalmente, Drácula pertenecía a la corriente literaria del gótico tardío, movimiento que Stoker finiquitó con una estacada directa al corazón. Se han escrito y se continúan escribiendo multitud de novelas vampíricas, pero esa cantidad ingente, representada actualmente por la tetralogía de Stephenie Meyer (Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse y Amanecer), no pasa de ser una sombra del original, con la honrosa excepción de la otra obra maestra del género, Soy leyenda, de Richard Matheson, publicada en 1954 y responsable del nacimiento de una nueva rama del terror, claramente cinematográfica: la de los zombis.

Después de Drácula, Stoker no se movería del sendero de la novela. Quizá juzgara que su etapa como cuentista estaba acabada. Sea como sea, lo que vino a continuación no terminó de estar a la altura: novelas como La dama del sudario o La madriguera del gusano blanco son, sin duda, buenas novelas, pero están justamente eclipsadas por Drácula. Se puede afirmar que literariamente no hay competencia, o que, en todo caso, la competencia real consigo mismo está en los relatos que escribió antes del advenimiento de Drácula.

Volviendo a las extravagancias personales que tanto atraían a Stoker, es notoria su pertenencia a la Hermetic Order of the Golden Dawn, secta de iluminados burgueses que se aburrían y que se reunían en secreto a imitación de la masonería. Allí coincidió con lo más granado de la época, como el poeta irlandés W.B. Yeats (Nobel de Literatura en 1923), los escritores Henry Rider Haggard, Arthur Machen o Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes), y el satanista postmoderno Aleister Crowley, aficionado a llamar de atención a cualquier precio y mediante cualquier escándalo.

En otro orden de cosas, Stoker fue un autor que vivió de lleno la era victoriana, un período tan amplio y con tantos escritores que difícilmente puede decirse que presente temas literarios comunes. La reina Victoria nació en 1837 y murió en 1901, por lo que el victorianismo tiene en realidad un carácter más temporal que literariamente doctrinal. Aun así, un destacado tema psicológico y sociológico de dicha era fue la percepción del sexo como problema más que como realidad vital, y Stoker no fue ajeno a un fenómeno de tal calado. Drácula está plagado de elementos sexuales explícitos u ocultos en multitud de niveles textuales, siendo el más obvio la turbación que provoca el contacto de los dientes del vampiro en el cuello de la víctima, y la posterior y consiguiente esclavización que ésta sufre.

El origen literario de la figura de Drácula se desdobla, algo que no es de extrañar a partir del momento en que la obsesión por el doble estaba tan presente en el autor. Por un lado, está el poso literario que Stoker absorbió a base de lecturas a lo largo de los años, lecturas que forjaron un sólido imaginario personal: por ejemplo, las ya referidas Carmilla de Le Fanu y “El Vampiro” de Polidori. Por otro lado, está la gestación de la obra como estricto proceso de escritura. Aquí hay que diferenciar varios puntos:

1. La supuesta pesadilla que dio origen a la novela. En dicho sueño, Stoker habría visto a un vampiro aristócrata que salía de su tumba. Lo normal, por otro lado. Que levante la mano quien no haya soñado eso.

2. En 1890 Stoker descubrió en el libro Account of the Principalities of Wallachia, de William Wilkinson (último cónsul ingles en Bucarest), la existencia del vaivoda de Valaquia Vlad III “Tepes” (1431-1476), es decir, “Empalador” (llamado así por su afición a empalar vivos a sus enemigos), considerado hoy día como un héroe nacional en Rumania debido a su inflexible política de resistencia frente a los invasores, fueran otomanos, sajones o rusos. Su padre, Vlad II, recibió el apelativo “Dracul”, y de ahí que el hijo fuera “Draculea”. Aunque el rumano ‘Dracul’ venga del latín ‘draco’, que significa ‘dragón’, en rumano tiene la connotación de ‘demonio’. Si Stoker necesitaba un nombre y una localización para el personaje, ya los había encontrado: Europa Central u Oriental y ‘Drácula’. Que la sede del vampiro fuera un decadente castillo de la aristocracia rumana era cuestión de tiempo y de conveniencias estrictamente argumentales dentro de la novela.

3. La obsesión por la sangre posiblemente quedara redondeada cuando Stoker se informó acerca de la existencia de Erzsébet Báthory (1560-1614), conocida en familia como la Alimaña de Csejthe, aristócrata húngara que murió emparedada por haber asesinado a unas 600 doncellas para bañarse en su sangre y así, supuestamente, rejuvenecer. Ahora tenemos las cremas de L’Oréal.

Bram Stoker terminó sus días en medio de estrecheces económicas. Su jefe, Henry Irving, murió sin haberse prodigado económicamente con su ayudante. No es el primer caso en que la fortuna sonríe al genio post mortem.

Cinco regresos

Una parte de lo que voy a exponer ya lo traté hace tiempo, pero el visionado de [REC] 2 me llevó a otro enlace de referencias y me decidí a escribir esta entrada.

Hay cinco regresos a casa, y no por Navidad, que ponen los pelos de punta. El primero, y quizá sea el punto de partida histórico para el resto (menos para uno, el español), es el que describe W.W. Jacobs en el relato “The Monkey’s Paw”: la desgraciada madre desea que su hijo muerto vuelva a casa. Pero claro, es muy imprudente hacer eso mientras sostienes una pata de mono disecada que, aunque tenga el poder de concederte lo que deseas, lo hará siempre con un reverso tenebroso. Y si, justo después de desearlo, oyes pasos en el jardín mientras algo indescriptible te hiela la sangre en las venas, tanto peor. El capítulo de La hora de Alfred Hitchcock basado en este relato era muy malo, pero el final lograba transmitir el espanto.

El segundo retorno es el de la protagonista del relato “La resucitada”, de Emilia Pardo Bazán. Una fenecida sale del mausoleo y vuelve a casa para horror de su marido e hijos, quienes se dan cuenta de que el amor que sintieron por ella no puede regresar ante la evidencia de que algo innatural ha cristalizado en su vida cotidiana. El rechazo familiar la lleva de vuelta a la tumba por voluntad propia en una escena memorable: su presencia inefable ha roto lo irrompible.

El tercero es el de I Am Legend, de Matheson. El protagonista, el último hombre en un planeta de vampiros (ventaja: no pagas impuestos ni hay televisión pública), recuerda el día en que enterró a su mujer, víctima de la plaga, así como el preciso instante en que la puerta de casa se abrió y ella reapareció, viva en muerte, balbuceando su nombre a lo zombi pero sin intención alguna de consumación matrimonial. Se entiende que uno, después de resucitar vampíricamente, necesite sangre. Con un Cacaolat no llegas.

El cuarto es el de la mujer e hijo del protagonista en la película El cementerio viviente, basada en una novela de Stephen King que no he leído. Nunca hay que enterrar a los muertos en un suelo (sagrado para los indios, a lo Poltergeist) que tiene la propiedad de resucitar al personal, mas dotándole de una mala baba sanguinaria espectacular. Así, el notas, que no se da por aludido cuando el fantasma de uno a quien vio morir se aparece para avisarlo, no tiene ninguna idea mejor que enterrar a su hijo y a su mujer allí. A quién se le ocurre. Como presentarse en El Corte Inglés el primer día de rebajas.

El quinto regreso no es exactamente como los anteriores. No obstante, tiene un toque diferencial que me pilló totalmente desprevenido. Es el de una mujer en [REC] 2. Cuando el marido entra en el piso del edificio infectado, acompañado por las fuerzas especiales de la policía, percibe que en la cocina hay alguien. La tensión sube y te agarras a la butaca. El grupo se desliza en sigilo por el pasillo y entonces se oye que la zombi se pone a batir un huevo para hacer una tortilla. Matrícula de honor para Jaume Balagueró, porque te esperas cualquier cosa menos eso. El marido penetra en la cocina a medialuz, contraviniendo las órdenes de los policías, y la que en vida fue su esposa intenta sazonar la tortilla con su sangre.

Eso es lo que se llama “alta cocina catalana”.

Tres cuentos de Pere Calders

Después de reseñar Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders (Anagrama), me centraré en tres relatos que me han provocado un viaje mental asociativo.

El primero es “Cosas de la providencia”. Un tipo se presenta en su propia casa para descubrir, atónito, que allí vive una familia desde hace años. Que se ha producido algo así como un salto a otra existencia paralela queda manifiesto cuando el padre de familia le confiesa que lo mismo le sucedió a él, y que así conoció a su mujer. Huelga decir que el protagonista se casa con la hija de los supuestos okupas, tal como hizo el padre de la joven a la sazón. Dicho relato me recuerda al episodio “Person or Persons Unknown” de The Twilight Zone, donde un tío se despierta resacoso en su casa. Ni su mujer, ni sus amigos, ni sus compañeros de trabajo lo reconocen. Su vida no existe. La gracia está en que se desvanece, incapaz de asimilar esa nueva realidad, y al despertarse está casado con otra señora infinitamente más atractiva que su mujer en la otra existencia. Así cualquiera.

El segundo es “Cero a Malthus”. En un futuro distópico, los gobiernos eliminan a los ancianos porque los japoneses tuvieron la mala pata de inventar el suero de la inmortalidad. Y claro, sobra personal. Hay un relato de Richard Matheson que trata más o menos de lo mismo (está en un volumen de La Factoría de Ideas). La vuelta de tuerca de Calders radica en que se hace una referencia al posible uso de los cadáveres como alimento, y uno no puede dejar de pensar en la película Soylent Green, muy libremente basada en una novela de Harry Harrison.

El tercero es “La rebelión de los objetos”. Los objetos se rebelan contra sus creadores: los interruptores dejan de funcionar, las puertas se niegan a dejar pasar, etc. Me han venido tres historias a la mente: 1. Ubik, de Philip K. Dick, donde una puerta electrónica muy borde no deja pasar ni al inquilino del piso a menos que apoquine; 2. “A Thing about Machines”, un capítulo de The Twilight Zone donde las máquinas se sublevan contra el propietario de la casa; 3. Westworld, con Yul Brynner, modelo de comportamiento para todos los calvos, titulada aquí Almas de metal. Los robots de un parque de atracciones cobran conciencia de sí mismos y se enfadan un pelín.

Veintiséis películas vampíricas

En el blog Alt1040 enlazan con una lista de las veintiséis mejores películas de vampiros. Me da por comentar lo siguiente:

1. El vampirismo en cine siempre ha sido más bien friki y de serie B, cuando no Z. Pelis buenas de verdad hay pocas, desengañémonos. El nivel general está a la altura de la multitud de filmes dedicados a Godzilla.

2. En la lista no hay ninguna de las tres versiones de I Am Legend, la novela de Matheson. Normal. Nunca se han ceñido al libro y siempre han marcado distancias con el vampirismo.

3. Tampoco está Crepúsculo. Aunque no la he visto, deduzco por lo que he leído que ni falta que hace.

4. Que sostengan que la mejor es Let The Right One in, una obra sueca muy reciente, no es por modernez fashion sino porque dicho peliculón es absolutamente brillante con independencia del grado de fidelidad mantenido hacia la novela original.

5. Considerar que Blade está por encima de las Nosferatu de Murnau y Herzog es propio de borrachos, por no hablar de la magistral The Shadow of The Vampire, con John Malkovich.

Propuestas de lectura

Basándome en las experiencias de mis amigos profesores, y redondeando lo dicho ayer acerca de las malas elecciones como lectura obligatoria en ESO y Bachillerato (aunque me centre en el currículo español, es extrapolable a otros países), menciono algunos libros que son óptimos para menores de edad. Unos son los de toda la vida, otros no, pero todos tienen en común que son literatura pata negra, muy alejada de la bazofia al uso. Por orden:

ESO +12 años

Constandina y las telarañas, de Alki Zei, Lóguez (traducción catalana mía: La Konstantina i les teranyines, Cruïlla; me disculparéis que barra para dentro)

La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta)

ESO +14 años

Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear, otra traducción mía)

La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets)

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger (no sé por qué traducen ‘in’ por ‘entre’)

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde

Un mundo feliz, de Aldous Huxley

Bachillerato

El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, de Antonio Priante (Cahoba)

El ministerio del dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)

1984, de George Orwell

Soy leyenda, de Richard Matheson

Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski

El camino del norte, de Horacio Vázquez-Rial (La otra orilla)

Relatos de Kolimá I, de Varlam Shalámov (Minúscula)

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

Y al margen de esa división por edades, aludo a una novela ideal para los alumnos interesados en las matemáticas: El tío Petros y la conjetura de Goldbach, de Apóstolos Doxiadis. Hay, o había si no se ha agotado ya, traducción catalana.

Dos años mareando con este blog

Que sí, que ya van dos años haciendo el subnormal en internet. Ya me lo decían mis padres, que esa carrera no me serviría para nada.

Víctima del hastío de mí mismo, compendio las diez entradas que me parecen más interesantes entre la multitud inabarcable de memeces que he pergeñado. Por orden cronológico relativo a los últimos doce meses:

Monografía: Arthur Machen

Tolkien y Lewis, tal día como hoy

Las veintiséis palabras según Dolgopolsky

Entrevista exclusiva del Proyecto Seléucida a Joe Haldeman

Cómo no hay que escribir, I: Presentación

Entrevista del Proyecto Seléucida a Sergi Puertas

Entrevista de este blog a Robert Lozinski, autor de la novela La ruleta chechena

Entre Aldous Huxley y Richard Matheson

Defensa de la literatura griega en lengua española

Consejos para escritores, gentileza de Mamet

Lovecraft y Matheson en Jaume Balagueró

Hay pocas películas de ficción sobrenatural o paranatural que, a la hora de la verdad, te dejen mal cuerpo. Ejemplos clásicos de las dos desviaciones de lo natural antes mencionadas son El resplandor y Freaks, respectivamente. Mas ahora, a mi juicio, dos películas recientes de las cuales ya hablé, [REC] y Cloverfield, las han superado, estableciendo un nuevo estándar a duras penas batible.

Nacido en Lérida y con sólo 40 años encima, Jaume Balagueró no es más conocido porque no se sabe promocionar. Es evidente que, con su currículo, es la perla excelsa (junto con Juan Carlos Fresnadillo, responsable de la intocable Intacto) en medio de la mediocridad cinematográfica española. Pero ¿cuáles son sus raíces creativas?

Su primer largometraje fue Los sin nombre, obra defectuosa por primeriza pero que apuntaba a lo que vendría. La base es un relato de John Ramsey Campbell, un escritor de la cuerda de Lovecraft, pero posterior, y muy ingenioso. Seguro que John Carpenter se basó en uno de sus cuentos (no recuerdo el título) para cierta idea usada en su película In the Mouth of Madness: la imposibilidad de escapar de un pueblo maldito porque ellos (sean quienes sean) curvan el espacio y te hacen volver al punto de partida. Pero regresando a Los sin nombre, trata de la cristalización en el hombre del mal más extremo e inverosímil por inimaginable, y sin condicionamientos teológicos, lo que la hace aún más interesante porque tiene que encajar las piezas sin recurrir a Dei ex machina.

Siguió Darkness, aún defectuosa por tópica en ciertos aspectos, pero ya con la traca final, los últimos diez minutos que te quitan el sueño durante una semana. La aberración del cuadro, los dobles que te suplantarán en la oscuridad, no tienen por qué arrastrarse por el suelo si pueden hacerlo por el techo…

Luego vendría Frágiles, más efectista que efectiva. Paso atrás en su carrera. Un error lo comete cualquiera y tampoco se lo vamos a tener muy en cuenta por el oficio artesanal que le puso.

Finalmente, llegó la guinda. [REC], película que ya da mal rollo desde el primer minuto. Continúa apelando a tópicos más bien lovecraftianos, pero recoge la tradición cinematográfica de zombis (salida de la vampírica Soy leyenda, de Richard Matheson) y la mezcla de un modo que permanecerá para siempre en la retina de cualquier seguidor del cine de horror. Retina especialmente marcada por la mujer, la mujer del final, con aquello aún vivo en la buhardilla de una oscuridad tan tangible como impenetrable. Ni se te ocurra subir al ático. Allí no hay juguetes, al contrario de lo que decían los Aerosmith, sino otra cosa.

Balagueró ya está rodando la segunda parte de [REC]. Supongo que estará a la altura y no quitará el pie del acelerador.

Cuatro relatos de Richard Matheson

Voy a hablar de los cuatro relatos de Matheson que la editorial La Factoría de Ideas publicó, a modo de propina, en el mismo volumen que la novela El increíble hombre menguante. Son: La prueba, Mantage, El repartidor y El diablo sobre ruedas. Y toque de atención al editor, que no ha puesto en la página de créditos los títulos originales en inglés (menos por lo que hace al segundo relato, que también se titula Mantage en inglés).

La prueba (The Test) trata de un futuro distópico donde los ancianos deben pasar exámenes de aptitud para que no los eliminen. La excusa es la superpoblación de la Tierra. Aunque este relato no sirviera oficialmente de base al capítulo “The Obsolete Man” de The Twilight Zone, yo diría que la relación es clara, y más teniendo en cuenta que Matheson era uno de los guionistas de esa serie mítica.

Mantage, extraña corrupción de ‘montage’, se refiere al montaje cinematográfico. La vida del protagonista va dando saltos temporales que provocan que él mismo se la pierda. Estoy seguro de que los guionistas de Click fusilaron la idea para su película. Pero al margen de ese latrocinio, creo que Matheson se valió de su propio relato para construir el guión de un episodio de The Twilight Zone, a saber, “A World of Difference”, donde el protagonista oye de pronto la palabra “¡Corten!” y se queda pasmado al descubrir que su vida es una película.

El repartidor (The Distributor) trata de una sujeto que se dedica a repartir, o más bien a generar, odio entre sus vecinos allí donde va. Dicho odio no es nunca contra él, ya que consigue que los demás se peleen entre ellos.

El diablo sobre ruedas es el relato que dio pie a que Spielberg filmara la película homónima Duel. Un tipo normal y corriente se da cuenta de que el conductor de un misterioso camión, su único acompañante a lo largo de una carretera secundaria desértica, quiere asesinarlo. La película termina más o menos como el relato.

Y el Proyecto Seléucida cumple un año

Tal día como hoy de 2007, el Proyecto Seléucida se puso en marcha. Después de madurar la idea, mi amigo informático y yo decidimos abrir camino con un blog que fuera, al mismo tiempo, agencia literaria; o, de otro modo, una agencia que fuera un blog. Una innovación arriesgada, pero funciona: en febrero de 2008 publicamos El desorden, de Juan Carlos Girauta, en Belacqua (Grupo Norma para América), y en mayo saldrá Cómo destruir ángeles, de Sergi Puertas, en Cahoba.

La chispa del proyecto saltó cuando vi la forma en que diversos profesionales del sector, sea cual sea el trabajo que desempeñen, tratan a los autores desconocidos: pueden tardar seis meses en decirles si sus novelas les interesan, suponiendo que terminen contestándoles. Por eso me propuse cambiar el mecanismo y contestar en una semana. Siempre. El tiempo es precioso, y no quiero que nadie lo pierda por mí.

Así, este año hemos resistido los embates de la basura literaria con vuestra ayuda, sin olvidar elementos frikis imprescindibles como Godzilla o Carnosaur. Os estamos infinitamente agradecidos por vuestra paciencia, y como recapitulación formularé la lista de las que han sido, en mi opinión, las entradas más interesantes que he escrito, al margen de lo que diga el sistema automático de medición de popularidad que se refleja en la barra lateral. Por orden cronológico natural:

Flores para Algernon, de Daniel Keyes

La fricada de la semana (IV): origen etimológico de la palabra ‘friki’

Acerca de Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo

Blade Runner: The Final Cut, en el Festival de Cine Fantástico de Sitges

De Bram Stoker a Richard Matheson

La tarea del crítico

La imagen como principio: de Mary Shelley a C.S. Lewis

El hígado y el bazo: de Baudelaire a Benjamin pasando por Kipling

Lengua de cultura y lengua global

Reformulación de la lista de las diez peores novelas del milenio en lengua española

Además, os comunico que estamos actualizando el blog a la última versión de WordPress. Lleva tiempo, pero esperamos terminar antes de la segunda quincena de mayo. Si observáis algún problema, seguramente se deba a eso.