Pleonasmos y procesos ad infinitum

No sé qué pasa pero cada día pongo títulos más raros a las entradas.

A propósito de Un héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov, comenté que el traductor había usado el verbo ‘semientornar’ en una frase:

“A través de sus pestañas semientornadas […]” [Nórdica Libros y traducción de Luis Abollado Vargas; página 93.]

El problema no es que el verbo no exista sino que no significa nada. ‘Entornar’ ya quiere decir ‘entrecerrar’, de modo que el ‘semi’ sobra sintácticamente, por no decir que además queda fatal.

Eso me llevó a una palabra que sí existe oficialmente pero que tampoco significa nada, y que se usa de continuo. Es el substantivo ‘precalentamiento’ (curiosamente el DRAE no da por existente el verbo ‘precalentar’), mencionado en las retransmisiones deportivas. No hace falta ser deportista o haber practicado asiduamente deporte alguno para darse cuenta de que el acto al cual nos referimos mediante ese substantivo es, en realidad, el calentamiento. Un futbolista calienta antes de saltar al campo para así evitar lesiones; lo que no hace es precalentar, dado que estaría calentando para calentar antes de jugar. Absurdo y regresivo. Si continuamos así, terminaremos diciendo que el jugador anteprecalienta, y luego que proanteprecalienta, etc. Nos remitiremos al infinito en una acción interminable de calentamiento eterno.

Recomendaciones literarias para Navidad 2009 y Reyes 2010

O Papá Noel, o Mamá Noel ligera de ropa, o lo que uno quiera. La cuestión es que se regalen libros. Compendio las reseñas positivas de los últimos meses:

Clasicazo flipante: El festín de Babette, de Isak Dinesen (Nórdica)

Clásico ruso: Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl Lérmontov (Nórdica)

En lengua catalana: Narrativa catalana de l’exili, de varios autores (Galaxia Gutenberg)

Humor: Piccadilly Jim, de P.G. Wodehouse (Anagrama)

Inédita hasta la fecha: El solterón, de Adalbert Stifter (Impedimenta)

La base de la serie televisiva: Flashforward, de Robert J. Sawyer (La Factoría de Ideas)

Literatura acerca de autómatas: El rival de Prometeo, de varios autores (Impedimenta)

Los almogávares bajo un punto de vista griego: Roger de Flor, de Kostas Kyriazís (Plataforma)

Maravilla japonesa: El cortador de cañas, de Junichiro Tanizaki (Siruela)

Memorias en Hungría durante la 2ª Guerra Mundial: Tengo quince años y no quiero morir, de Christine Arnothy (Barril & Barral)

Novela con protagonista ilustre: El viaje de Shakespeare, de Léon Daudet (Barril & Barral)

Obra primeriza: Basil Howe, de G.K. Chesterton (El Olivo Azul)

Otra inédita hasta la fecha: El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter (Impedimenta)

Oscuridad refinada: Los anillos de Saturno, de W.G. Sebald (Anagrama)

Promesa de la novela: Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera (Periférica)

Reedición: El soldado de porcelana, de Horacio Vázquez-Rial (Verticales)

Relatos: Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders (Anagrama)

Romanticismo y realismo en Lérmontov

La semana pasada, al reseñar Un héroe de nuestro tiempo, toqué brevemente el atisbo de transición de romanticismo a realismo que quizá esté presente en Lérmontov. Profundizando en el asunto, refiero un pasaje muy divertido que el autor pone en boca del protagonista, Pechorin, quien se está preparando para satisfacer su honor a través de un duelo:

“Doctor, ¿quiere que le muestre mi alma al desnudo? –le respondí–. Mire, ya estoy fuera de esa edad en que se muere con el nombre de la amada en los labios y legando a un amigo un mechón de cabellos engominados o sin engominar. Pensando en la muerte, próxima y posible, pienso solamente en mí mismo; otros no hacen ni siquiera eso. Los amigos me olvidarán mañana o, peor aún, contarán de mí Dios sabe qué infundios. Las mujeres, abrazando a otro, se reirán de mí, para no despertar celos hacia el difunto.” [Páginas 211-212, traducción de Luis Abollado Vargas.]

Dice mucho de Lérmontov que plasmase, ya en aquellos tiempos, la decadencia de la imaginería romántica en términos de nombres susurrados durante la agonía postrera o pelos horteramente engominados, como los llevan tantos políticos españoles. Puesto a susurrar, y no a caballos, me quedo con “Rosebud”.

El prólogo como epílogo

Hablando acerca de no sé qué con un amigo, se me adelantó en lo que le iba a confesar: si el prólogo de un libro es largo, lo leo al final. Es decir, lo tomo como epílogo. Prefiero entrar a todo trapo, extraer mis conclusiones y confrontar a la postre con lo que el prologuista haya aseverado.

De ahí que me hiciera gracia encontrar estas palabras de Lérmontov en el prólogo a su propia novela Un héroe de nuestro tiempo:

“El prólogo es, a un tiempo, lo primero y lo último de todo libro. Tiende a explicar el objetivo de la obra, o bien a justificarla y a responder a la crítica. Pero el propósito moral y las diatribas periodísticas suelen tener sin cuidado a los lectores. De ahí que no lean los prólogos.” [Página 27, traducción de Luis Abollado Vargas]

El texto continúa con una brillantez destacable, pero quien quiera más, ya sabe qué debe hacer. Editorial Nórdica y 16,5€.

“El Cáucaso como imagen literaria en Lérmontov”, por Robert Lozinski

El moldavo Robert Lozinski (nacido en la URSS en 1970), Doctor en Filología Hispánica, profesor de lengua española en Bucarest y autor de la novela negra La ruleta chechena (Rey Lear), culmina mi entrada de ayer con una reflexión acerca de la relación entre Mijaíl Lérmontov y el Cáucaso:

El Cáucaso era el ambiente ideal para abordar temas románticos: una guerra (o sea, aventura), una causa por la cual luchar y un paisaje de escarpadas montañas, negros barrancos y nevadas cimas que hacen soñar a uno. O puede ser el lugar ideal para morir románticamente, con un duelo que debe desarrollarse necesariamente al borde de un precipicio. De esta manera, el destino del perdedor queda sellado.

Lérmontov, el autor de Un héroe de nuestro tiempo, libro concebido durante su estancia como militar en el Cáucaso, era consciente de la precariedad de la condición humana, tomándose a sí mismo como prototipo. Honrado, no pretendía engañar al público con una pluma fría, falta de vida, sino que jugaba siempre con las pistolas cargadas.

Al principio parecía que los astros le eran favorables: familia medianamente acomodada, que lo rodeó desde niño de valores culturales muy sólidos, y una supuesta ascendencia inglesa (Lermount). Pero era un muchacho un poco feo y físicamente frágil, pareciendo un junco a punto de romperse. No debía ser así un hombre en la marcial sociedad rusa de la época. Tuvo que soportar las burlas de sus compañeros y comerse los bollos con serrín que le preparaban a escondidas las chicas, una especie de “vete a hacer puñetas” (con perdón) pero a lo ruso. Ese rechazo femenino lo marcó profundamente. De tantas decepciones acumuladas nacería más tarde Pechorin, el cínico, el maltratador de corazones femeninos, el que se burla de la estupidez y flaqueza masculinas, el que es capaz de aguantar con sangre fría el desenlace de un duelo. Es el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, personaje antológico y muy criticado en la época ya que se veía en él al propio Lérmontov. ¿Egocentrismo?

Lérmontov se vio obligado a aclararlo en un prefacio a la segunda edición, donde, con muchos rodeos lingüísticos, expresó su hastío más profundo.

Como persona, Lérmontov nunca maduró lo suficiente para superar los antiguos fracasos y desengaños. Solía ponerse artificialmente insoportable cada vez que participaba en algún baile de sociedad, dirigiendo flechas envenenadas y comentarios maliciosos desde el rincón donde se recluía. Pero no era un bellaco cualquiera, sino más bien un chiquillo malvado que jugaba a ponerse pesado. Por desgracia, uno de estos jueguitos acabaría costándole la vida. En el duelo, Lérmontov disparó al aire mientras que Martynov, el rival ultrajado, le dio en el pecho. Tenía 26 años.

Hay algo de Lérmontov en mi novela La ruleta chechena. Por ejemplo, el detalle de la caída de la carta en el juego (que da título al libro) similar a la ruleta rusa, plasmado por aquél en el capítulo “El Fatalista”. Allí, Vúlich, un oficial serbio, coge al azar una pistola y se la dispara a la cabeza sin saber si está cargada o no.

–Cosas del destino –admite Pechorin, que es único que observa en la frente del serbio el singular sello que le ha estampado de antemano la Señora Muerte.
–Si no ha sido ahora va a ser más tarde, acaso esta noche –sentencia con cinismo.

Como si quisiera decirle que con algo así no hay que jugar. El presagio se cumple, Vúlich acaba sableado por un cosaco juerguista. La muerte, por tanto, no siempre es un espectáculo sublime.

El libro de Lérmontov ofrece además espléndidas descripciones de paisajes, nos presenta costumbres y tradiciones de la zona, y nos describe armas blancas y de fuego que se usaban en esa época.

Otra obra que nos ayuda a conocer el Cáucaso de la primera mitad del siglo XIX es El viaje a Arzrum de Alexandr Pushkin. En el conjunto de su creación literaria no es una obra muy importante, un motivo más para agradecer el esfuerzo de haberla traducido y publicado en español.

Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl Lérmontov

Único volumen que Nórdica ha publicado de Lérmontov (1814-1841), ese genio narrativo y poético muerto en un duelo. Como Pushkin, aunque más joven: contaba tan sólo 26 años cuando la palmó.

La acción se desarrolla en el Cáucaso, tema recurrente en la literatura rusa y que aún colea bajo forma de una interminable guerra de guerrillas en Chechenia, por más que no aparezca en televisión. El protagonista es Pechorin, joven oficial ruso y alter ego de Lérmontov, y la estructura narrativa es una auténtica virguería literaria magníficamente analizada en el prólogo de Vladimir Nabokov, quien nos regala esta perla:

“Lérmontov era especialmente inepto para la descripción de mujeres.” [Página 22]

Normal que el autor de Lolita suelte algo así.

En otro orden de cosas, como me chirriaba un poco la información de la contracubierta del libro, donde se afirma que Un héroe de nuestro tiempo es un “título fundamental para entender el paso del Romanticismo al Realismo en la literatura rusa”, consulté a una amiga rusa, filóloga, y su respuesta fue que el entrecomillado es cierto siempre que ese paso no signifique que el propio Lérmontov era realista. Según me ha confirmado, Lérmontov es el Lord Byron ruso, de modo que ni en poesía ni en narrativa se lo considera realista en su país. En ese sentido, digo yo que más bien será el último romántico de peso, dado que ni Goncharov (algo mayor que él) ni Turguéniev (algo menor) formaron parte del romanticismo ruso. Y a Gógol nunca lo he visto como romántico aunque aparezca como tal en algunas listas.

La traducción es la de Luis Abollado Vargas publicada en una primera edición de Planeta en 1990. Hay una frase rara que me ha llamado la atención precisamente porque la traducción es muy buena, en general. Dice lo siguiente:

“A través de sus pestañas semientornadas […]” [Página 93]

Uno no sabe ruso y desconoce el original. Sin embargo, la acción es entornar, no semientornar, y lo que se entorna son los párpados, no las pestañas.