Cómo no hay que vender un libro

Una noche tesalonicense del pasado abril estaba dando una vuelta con Marios y Evánguelos. Acabábamos de cenar patsás (como nuestros callos pero en sopa y hecha de ternera) y nos estábamos metiendo un helado sin miramientos. En la calle Delfón, más o menos a la altura de Bótsari, me detuve frente a un quiosco que aún estaba abierto. Apoyadas contra la pared estaban las ediciones baratas que algunos periódicos ofrecen con el paquete de los domingos (como aquí: libros, dvd, lo que sea). Me fijé en que tenían Caballería roja de Bábel, y comenté en voz alta que es un compendio de relatos magnífico. Entonces sucedió lo inesperado: el propietario salió de la tienda y me dijo que ese libro era malísimo y que sólo contaba memeces. Le pregunté que a qué venía eso respecto de Bábel y entonces se lió con la explicación. Terminamos deduciendo que el tío pensaba que me había referido a otro volumen tirado por ahí.

La verdad es que poco importa a qué libro me refiriera. No se vende así. Si tienes periódicos en tu establecimiento, debes lidiar con lo que te echen los domingos e intentar colocarlo todo. Además, ponerse a hablar talmente con desconocidos no viene al caso, mas eso ya es otra historia. En Grecia las cosas funcionan de otro modo.

Caballería roja, de Isaak Bábel

En el año 1999, Galaxia Gutenberg publicó este volumen de relatos breves en traducción de Ricardo San Vicente, profesor de ruso en la Facultad de Filología Eslava de Barcelona, y Círculo de Lectores la reeditó en 2004 añadiendo acertadamente un prólogo del escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill.

Bábel es uno de los asesinados en los campos de concentración comunistas, como narra Vitali Shentalinski en Esclavos de la libertad. Judío nacido en Odesa en 1894, estudió Derecho y se puso a trabajar como periodista. Durante la Guerra Polaco-Soviética de 1920-21 estuvo destacado en el frente, donde se inspiró para la redacción de los treinta y seis relatos que componen este volumen de poco más de 200 páginas. Instantáneas de la miseria y el sufrimiento, de la desgracia de adultos desahuciados por la vida y de huérfanos cuyos padres hablaban la lengua enemiga en el momento y el lugar equivocados. Me recuerda mucho al compendio La patria de la electricidad, del siempre deprimente Platónov.

En cuanto lo acusaron de trotskista, sus días estaban contados. Murió fusilado en Siberia en 1939, dejándonos un legado literario de primer orden. RIP.

Esclavos de la libertad, de Vitali Shentalinski

Primera parte de la trilogía que el periodista Vitali Shentalinski ha publicado en Galaxia Gutenberg, con traducción del ruso de Ricard Altés Molina (en este volumen). Las otras dos partes son Denuncia contra Sócrates y Crimen sin castigo.

Shentalinski ha asumido la ardua tarea de sacar a la luz determinados archivos secretos del KGB, concretamente aquéllos relacionados con las purgas que sufrieron los escritores bajo las primeras décadas del terror rojo. Y no deja de ser curioso que el autor naciera en el lugar y en el momento en que se llevaban a cabo millares de asesinatos: Siberia, 1939.

Después de una introducción del propio Shentalinski, el repaso comienza con el caso contra Isaak Bábel, uno de los genios literarios más desapercibidos del siglo pasado (foto antes de su fusilamiento el 27 de enero de 1940), a cuyo asesinato siguieron inmediatamente los del autor teatral V.E. Méyerjold (o Méierjold) y Nikolái Yezhov, este último una figura destacada del NKVD (futuro KGB) liquidado en una purga interna. Es conocida la fotografía de Stalin junto a Yezhov, retocada tras su ejecución para borrar la evidencia física de que el Máximo Líder estuviera con él en esa fecha y lugar. Prácticas comunes, como queda claro en 1984.

Shentalinski continúa su repaso al Museo de los Horrores con los campos de concentración de Kolymá, los casos contra los escritores Pável Florenski y Borís Pilniak, y el infierno que vivieron Ósip Mandelshtam y Andréi Platónov.

Para echarse a temblar. Pasado mañana hablaré del segundo volumen.