Cena con los Haldeman

Por motivos profesionales, hace unos 3 años contacté con la esposa y secretaria de Joe Haldeman, uno de los grandes de la ciencia ficción espacial y astrofísico de carrera que da clases de literatura en el MIT. Nos continuamos escribiendo de vez en cuando, y vueltas que da la vida, me enteré de que viajarían a Singapur invitados al Singapore Writers Festival que acaba de finalizar. Naturalmente, aproveché para cenar con ellos la semana pasada. Estas ocasiones se presentan una vez en la vida, por más que hayan estado varias veces en España (Marygay habla español muy bien).

[Marygay y Joe en CHIJMES; él dio a la novia del protagonista del clasicazo The Forever War el nombre de su esposa.]

Los recogí en el hotel y me los llevé paseando al restaurante alemán Brotzeit que hay junto a CHIJMES. Luego los acompañé de vuelta.

[A Marygay le tembló el pulso y la foto salió movida. Menos da una piedra.]

Son una pareja muy divertida, y como me imaginaba, ella es mucho más habladora que él. En un nivel más personal, uno se siente descolocado en presencia de una leyenda de la ciencia ficción, de un vínculo directo con la generación anterior, ya muerta, de los Arthur C. Clarke y Philip K. Dick, a quienes trataba en persona. Le pregunté si conoce a Richard Matheson y respondió que no porque nunca han coincidido. Añadió que considera su obra de primera magnitud.

Recuerdo a los interesados que la edición española de La guerra interminable es, más que interminable, ilegible de lo mal traducida que está. Pero al grano de lo que nos interesa de verdad: Ridley Scott va por el quinto borrador del guión de la película y aún no hay fecha de rodaje. De hecho, por no haber ni siquiera hay reparto. Tampoco pueden hacer nada porque el anticipo está pagado y así son las cosas. Más le vale a Scott darnos una obra maestra si no quiere que me enfade.

Corrimiento de la sci-fi clásica hacia el technothriller

Aviso: como no soy un especialista en ciencia ficción, invito específicamente a los adictos al género a que me corrijan si lo consideran oportuno.

A medida que uno va adquiriendo consciencia de clase, perdón, literaria, se fija en determinados fenómenos que le pasaban desapercibidos. Últimamente me he dado cuenta de que la ciencia ficción quizá lleve décadas deslizándose peligrosamente hacia el technothriller.

Si establecemos una frontera más o menos difusa en la Segunda Guerra Mundial, los escritores nacidos antes de ese período (H.G. Wells, Alfred Bester, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, etc.) han escrito los grandes clásicos del género. En este grupo estarían también autores aún vivos como Joe Haldeman (nacido en 1943) o Jack McDevitt (1953), pero quizá no muchos más. Las generaciones posteriores, según parece, tienden a mezclar la ciencia ficción pura y dura con el thriller, obteniendo como resultado un texto más comercial, algo que no tiene nada de malo a primera vista; sin embargo, mal conducida literariamente, dicha mezcla lleva a un producto de calidad más baja.

Que yo sepa, los autores más conocidos de technothriller son, precisamente, bombas comerciales como Michael Crichton, recientemente fallecido, y Dan Brown (este último sólo en dos novelas: Deception Point y Digital Fortress). En esta línea, aunque con infinitamente más gracia y calidad que Brown, está Robert J. Sawyer, de quien llevo días hablando a propósito de la novela Flashforward, cuya serie emite Cuatro. Todas las novelas de este género technothrilleresco que he leído comparten los mismos defectos estructurales: primero, los capítulos, e incluso los parágrafos, parecen escritos como si ya fueran el guión de la futura serie o película; segundo, los diálogos son impostados; tercero, se percibe que el proceso de creación literaria está marcado por la voluntad inequívoca de popularizar (léase ‘vulgarizar’) la ciencia ficción para convertirla en literatura de aeropuerto. Es decir, se pretende (y se consigue de sobras) que el lector que nunca compraría clásicos inmortales como Solaris (Stanislaw Lem) o El planeta de los simios (Pierre Boulle) compre Esfera (Crichton) o Fortaleza digital (Brown).

En suma, viene a ser lo mismo que leer Crepúsculo emocionado (o más bien emocionada) hasta las cachas, mas ignorando la existencia de Drácula y Soy leyenda.

There Is No Darkness, de Joe Haldeman y Jack C. Haldeman II

De Joe Haldeman ya hablé a propósito de su clásico y obra maestra The Forever War, e incluso tuve la oportunidad de hacerle una entrevista. Ahora ha caído en mis manos There Is No Darkness, una novela menor que escribió con la ayuda de su hermano biólogo, ya fallecido. Publicada bajo la forma actual en 1983, la obra es un refrito de dos relatos de 1979, “Starschool” y “Starschool on Hell”, aparecidas en Asimov’s SF Adventure Magazine.

Aunque no esté traducida, me ha dado por reseñarla porque es una obra simpática, y lo que es más, muy graciosa para el lector en lengua española. Debido al argumento, el texto está lleno de palabras en castellano, sin que falten en general las tildes bien puestas.

La acción se desarrolla en un futuro indeterminado. La humanidad ha colonizado un montonazo de planetas acullá, y la organización política corre a cargo de la Confederación (así, tal cual). De ahí que estemos en el AC (Año de la Confederación) 354. Las lenguas oficiales son tres: inglés, español y pan-swahili. El protagonista es un joven de dos metros y medio nacido en un planeta helado. Se nos explica, por si las moscas, que se tuvo que modificar genéticamente a los colonos para que la especie humana sobreviviera en un lugar como ése. Es de imaginar que arrasarían en nuestro Eurobasket.

En fin, al colega lo inscriben en la nave Starschool, donde se entrenan para el liderazgo los futuros dirigentes planetarios. Y una parada obligada en la ruta estelar es la Tierra. Necesitado de dinero, nuestro héroe se apunta a corridas de toros y a luchas contra animales modificados genéticamente. Casi la palma, pero gana pasta. Por cierto, los terrícolas son pequeñitos para que la superpoblación del planeta sea soportable. No sé qué sería de Rocco Siffredi en un mundo así.

Visitan dos planetas más, pero prefiero dejarlo aquí. La obra tiene un final tan inesperado como The Forever War, e igualmente reconfortante.

Dos años mareando con este blog

Que sí, que ya van dos años haciendo el subnormal en internet. Ya me lo decían mis padres, que esa carrera no me serviría para nada.

Víctima del hastío de mí mismo, compendio las diez entradas que me parecen más interesantes entre la multitud inabarcable de memeces que he pergeñado. Por orden cronológico relativo a los últimos doce meses:

Monografía: Arthur Machen

Tolkien y Lewis, tal día como hoy

Las veintiséis palabras según Dolgopolsky

Entrevista exclusiva del Proyecto Seléucida a Joe Haldeman

Cómo no hay que escribir, I: Presentación

Entrevista del Proyecto Seléucida a Sergi Puertas

Entrevista de este blog a Robert Lozinski, autor de la novela La ruleta chechena

Entre Aldous Huxley y Richard Matheson

Defensa de la literatura griega en lengua española

Consejos para escritores, gentileza de Mamet

The Forever War, de Joe Haldeman

Pongo el título original inglés porque, como os dije ayer en esta entrada, no estoy de acuerdo con el título en español. Y además, la traducción del libro es espantosamente mala.

The Forever War es una obra cumbre de la ciencia ficción espacial, y tiene uno de los mejores inicios jamás escritos en el género:

“Tonight we’re going to show you eight silent ways to kill a man.”

La acción comienza en 1996 y de un modo que el propio autor considera anacrónico. Se vio obligado a poner esa fecha porque, como veterano de Vietnam (Haldeman nació en 1943), quería que los soldados que se alistaran en las fuerzas espaciales para luchar contra los alienígenas fueran veteranos de guerra. Éste es uno de los motivos por los cuales le rechazaron dieciocho veces la novela: porque se escribió en los setenta, y nadie quería leer una alegoría de Vietnam llevada al espacio.

El protagonista de esta historia alucinante es el soldado Mandella. Durante el entrenamiento espacial con los trajes de combate conoce a Marygay (nombre real de la esposa de Haldeman), una soldado como él. No diré nada de su relación porque forma parte de la sorpresa que se lleva el lector en las últimas páginas. Combatir contra los alienígenas, poseedores de una tecnología similar a la humana, implica efectuar saltos cólapsar (“collapsar” en inglés, de “collapsed star”) por agujeros negros, el único modo de llegar a estrellas lejanas. El precio yace en la relatividad: los soldados apenas envejecen, pero cuando regresan a la Tierra han pasado siglos. No tienen amigos, sus familias han muerto, todo ha cambiado. Incapaces de adaptarse a un mundo ajeno, vuelven a enrolarse para una guerra que cae en el olvido en la Tierra, pero que ellos viven día a día durante… mil años. La Guerra Eterna.

Haldeman refleja a la perfección el desfase mental que él mismo experimentaba cuando volvía a los Estados Unidos tras permanecer en una guerra que, para muchos, no existía. Los estadios de agonía que apunté en su día, cuando reseñé Solaris, también están presentes aquí: alejamiento, desgarro y perdición que apunta a una redención final.

The Forever War pertenece a la llamada “ciencia ficción dura”. Es decir, se presta atención a la verosimilitud científica de los hechos (cálculo de años luz en los viajes interestelares, estimación tecnológica realista del armamento que pueda existir a ciertos años vista, etc.). Nada que ver con La Guerra de las Galaxias, por supuesto. Y es que Haldeman se licenció en astronomía por la Universidad de Maryland en 1967.

Mañana publicaré la entrevista que le hice.