Recomendaciones literarias para el verano de 2010

Veo que no he reseñado muchos libros desde las recomendaciones para el 23 de abril (Sant Jordi). Cambio de hábitos, es indudable. Y lo que queda, porque en Singapur leeré más bien pocas novedades del mercado español.

Ahí van los seis libros que he considerado dignos de estar entre las recomendaciones literarias:

La asesina, de Aléxandros Papadiamandis (Periférica). Clásico griego publicado por primera vez en español. Existen dos traduciones catalanas en las editoriales El Tall y Adesiara.

Nosotros, de Evgueni Zamiatin (Akal). Buena novela mal editada en términos generales. Una pena.

Un lugar incierto, de Fred Vargas (Siruela). Otro novelón impresionante de la reina del género negro en Francia.

Crímenes pitagóricos, de Tefcros Mijailidis (Roca). Novela policíaca griega.

La papisa Juana, de Emmanuil Roídis (Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla). Otro clásico griego.

Magnitud imaginaria, de Stanisław Lem (Impedimenta). El único que no es narrativa en esta lista.

I Kan’t

Vuelvo a la última de Fred Vargas, Un lugar incierto (Siruela), protagonizada por el comisario Adamsberg. Otro pasaje me ha hecho gracia:

“Adamsberg iba a cenar a su casa dos o tres veces al año, bien fuera para resolver algún asunto, o para escucharlo glosar, tendido en un canapé raído que había pertenecido a Lampe, el ayuda de cámara de Emmanuel Kant. Weill le contó que, cuando Lampe se quiso casar, Kant lo echó, con su canapé, y colgó este mensaje en la pared: ‘Recuerda olvidar a Lampe’. A Adamsberg lo dejó asombrado, porque él habría escrito más bien: ‘Recuerda no olvidar a Lampe’.” [Página 135; traducción de Anne-Hélène Suárez.]

Y digo yo: ¿por qué Emmanuel cuando se llamaba Immanuel?

Bromas con los apellidos españoles

En Grecia, hace años, me contaron un chiste acerca de españoles. Un tío entra en la consulta del médico y la enfermera le pregunta quién es. Él responde que es Antonio José Pérez-Martínez de la Peña-Fernández. Y la enfermera le dice: “Pues entre usted primero y los demás que esperen”.

Lo tenía en la recámara de mi memoria, y salió a la luz leyendo la última de Fred Vargas, Un lugar incierto. En la página 149 de la edición de Siruela leemos:

“–Eso es. Sólo apuntaré su nombre –dijo Adamsberg sacando su libreta.
–Francisco Delfino Vinicius Villalonga Franco da Silva.
–Bueno –dijo Adamsberg, que no había tenido tiempo de escribirlo todo–. Lo siento, no sé español. ¿Dónde se acaba su nombre y dónde empieza su apellido?”

Al final, el tipo resulta ser brasileño, pero eso es lo de menos.

Un lugar incierto, de Fred Vargas

La última de la genial Fred Vargas ya tiene dos años, pero en español nos ha llegado ahora. De nuevo en Siruela y traducida por Anne-Hélène Suárez.

En el fondo no deja de ser otra aventura del comisario Adamsberg (Bajo los vientos de Neptuno, La tercera virgen, etc.), esta vez con supuestos vampiros serbios de por medio. Ya sabemos que en la serie Adamsberg es donde Vargas se desmelena, aunque al final lo sobrenatural siempre termine teniendo una explicación más bien mundana.

Me han informado de que la base de la narración es una leyenda serbia de verdad y nacida en un lugar no incierto sino real: el pueblo de Kisilova, o Kiseljevo en lengua local. Rizando el rizo, uno de los personajes se llama Vlad, quizá como homenaje al vaivoda rumano Vlad III “Tepes”, el origen de la leyenda de Drácula.

En los próximos días exprimiré más la novela con algunos detalles simpáticos.

¿Por qué uno y no otro?

Esta entrada no es una crítica a Stieg Larsson, cuyas obras de la trilogía Millennium no he leído. Todos mis respetos, sobre todo cuando un amigo especialista en novela negra, Horacio Vázquez-Rial, afirma tanto en un artículo como en privado que es muy bueno. Así, voy a centrarme en otro tipo de fenómeno: el de la invasión de los ultracuerpos.

Lo llamo así porque, vaya donde vaya, todo el mundo sostiene un libro de Larsson: en el metro, en la universidad, en una cafetería, etc. Están por todas partes y no se puede escapar. Y quienes lo leen se convierten estusiastamente a una nueva fe que, en verdad, durará dos telediarios. Es decir, hasta que los libros pasen de las manos a las estanterías.

A pesar de que gran parte de los autores vivos o recientemente fallecidos que se publican no valen ni el papel en que se han impreso, es indudable que también hay libros buenos, muy buenos e inclusive magistrales. Por tanto, pensando en el asno de Buridán, que muere de inanición porque tiene dos montones de heno a la misma distancia y no sabe por cuál decidirse, uno se pregunta: ¿Por qué todo el mundo, aun aquél que no ha leído novela negra en su vida, compra de súbito y tan masivamente la misma trilogía? ¿Por qué Larsson y no Fred Vargas o Massimo Carlotto?

Es obvio que la clave está en la distribución. Destino (Larsson en español) y Columna (en catalán) son pesos pesados que suelen estar presentes no ya en las mesas de novedades sino en las estanterías de destacados, al alcance de cualquiera. No hay que preguntar a ningún empleado de la Casa del Libro o la FNAC “dónde están los de Larsson” porque los ves desde treinta metros.

Sin embargo, se producen al mismo tiempo dos fenómenos psicológicos que llevan a la compra masiva de un mismo libro: primero, el fetichismo del volumen, algo que ya traté; segundo, cierta oscilación impulsiva que va del aislamiento al mainstreaming: se pasa, con una facilidad pasmosa, de leer un libro desconocido (en el peor de los casos por elitismo intelectual forzado e insano) a leer eso que lee todo el mundo, sólo para no quedarse descolgado en las conversaciones de cafetería. Lo mismo sucede con el cine.

La conclusión, más allá de que la virtud, regulada por la prudencia, sea un término medio entre dos extremos igualmente perjudiciales, es que cada uno lea y vea lo que quiera pero sin engañarse ni engañar a los demás con argumentos falaces. Y es que leer algo porque no lo lee nadie es tan absurdo como leerlo porque todo el mundo lo hace.

Sin hogar ni lugar, de Fred Vargas

Que la madurez es un grado lo demuestra la autora francesa, de lo mejor que hay en literatura policíaca actualmente. En esta nueva entrega de la editorial Siruela, Vargas nos narra el caso de un deficiente mental a quien unos policías retirados protegen de la policía en activo, pues dudan de que haya sido el verdadero asesino en serie de una ídem de crímenes perpetrados en París.

La novela era muy difícil de traducir, pero el resultado final es óptimo. El coprotagonista y retrasado es un pobre infeliz que habla mal, con frases llenas de errores de todo tipo, fallos que hay que saber verter en español para mantener el ritmo y la gracia del texto. En ese aspecto, recuerda a la novela de ciencia ficción Flores para Algernon, también con protagonista discapacitado mentalmente. En ella, el autor optó por un punto de vista subjetivo en la narración, de manera que el lector se mete en un texto intencionalmente plagado de errores, los cuales se van corrigiendo poco a poco en virtud del propio argumento de la obra.

Sin hogar ni lugar es una novela descarnada como la vida misma, imprescindible para los amantes del género. Traducción de Anne-Hélène Suárez.

Recomendaciones literarias para el verano 2007

¿Hartos de bazofia literaria? ¿Que no sabéis qué leer mientras os agostáis en la playa o los mosquitos os devoran en la montaña? Aquí tenéis un resumen de lo que he recomendado hasta ahora. Pongo epígrafes improvisados para orientar mínimamente:

Biografía sexual: Proust enamorado, de William C. Carter (Belacqua)

Ciencia ficción con alienígenas hostiles: El juego de Ender, de Orson Scott Card (Punto de Lectura)

Ciencia ficción espacial: Solaris, de Stanislaw Lem

Ciencia ficción terrícola: Flores para Algernon, de Daniel Keyes

Cuentos: Relatos, de Henryk Sienkiewicz (Cátedra)

De uno de nuestros autores: Subnormal, de Sergi Puertas (El Cobre)

Distopía: Negro, de Olivier Pauvert (Mondadori)

Epistolar: De Profundis, de Oscar Wilde (Siruela)

Novela biográfica: El soldado de porcelana, de Horacio Vázquez-Rial (Roca)

Novela china corta: Triste vida, de Chi Li (Belacqua)

Novela corta rara: Navidad y Matanza, de Carlos Labbé (Periférica)

Novela histórica atípica: El corzo herido de muerte, de Antonio Priante (Cahoba)

Policíaca rara: Bajo los vientos de Neptuno, de Fred Vargas (Siruela)

Policíaca clásica: Los minutos negros, de Martín Solares (Mondadori)

Cuidado con las medusas y la literatura de aeropuerto.