El hundimiento

No me refiero a la película alemana sino a la situación intelectual en la Universidad de Barcelona. Del resto de universidades ya hablarán otros si lo consideran oportuno.

Un amigo en paro se ha dado cuenta de que si el índice está en el 20% y su padre le paga un máster o un postgrado, la elección entre buscar trabajo o estudiar está clara. Me pidió consejo y me di una vuelta por la página de la UB (creo que alguien cobra por hacerla cada día más fea). Fue entonces cuando encontré verdaderas joyas de la sinrazón y la desvergüenza en los supuestos estudios superiores. Como ejemplo, uno de los cursos vistos en “carreras de letras” (por decirlo así, que no me gusta): el Diploma intitulado La sexuación de la libertad. El problema no es tanto el título como el contenido. Leemos:

“Descripción resumida de los objetivos: – Traer al mundo e integrar en el conocimiento universitario el sentido relacional (no individualista) de la libertad, que es más propio de la experiencia de las mujeres, sin ningún determinismo.” [Leído en “Objetivos y admisión”]

Lo habría puesto todo en negritas, pero al final me he quedado con lo más friki. Me pregunto si las responsables de ese parágrafo tienen la más mínima idea de lo que están diciendo con tal jerga postmoderna y superfashion. ¿Cómo que “traer al mundo”? ¿Comunicando a los paganos una iluminación? Y por si fuera poco, ¿saben de verdad qué es más propio de las mujeres? ¿Y de qué mujeres? ¿Tanto de las japonesas en el 2010 como de las sumerias del siglo XL AC? ¿Y acaso saben cuál es mi sentido “relacional” de la libertad comparado con el de cualquier amiga mía?

Por no ponerme a preguntar cuál es la demostración científica de que las féminas tengan un sentido no individualista de la libertad más desarrollado que los varones. ¿Qué significa exactamente esa proposición? ¿Que les va la marcha en la cama cosa fina y a los hombres no? ¿O que el socialismo y el comunismo son por naturaleza cosa de ellas?

Este timo cuesta 990€. La pena es que informen de que no se realizan prácticas en empresas. Me preguntó qué harían…

Tesis doctorales por escribir

Después de doctorarme y de llevar años dando la vara con este blog, he llegado a la conclusión de que ideas aparentemente frikis pueden cristalizar en un trabajo académico óptimo, siempre que el director de tesis sea bueno y el asunto se tome en serio. Ahí va lo que me ha pasado por la cabeza en mis incontables momentos de solaz:

La categoría de literatura de aeropuerto y su influencia en el imaginario colectivo. (Campos: Filología, Filosofía, Psicología, Sociología.) Aquí cabe de todo: Dan Brown, Steve Alten, etc.

Sintaxis y vocabulario en las peores novelas del siglo XXI en lengua española. (Campo: Filología.) Sobran nombres: Manuel Maristany, Maria de la Pau Janer, etc.

La falta de exigencia literaria y el servilismo en tanto que identificación con el agresor. (Campos: Filología, Filosofía, Psicología, Sociología.)

Transición de la novela vampírica al cine de zombis: la dialéctica de la sangre. (Campos: Filología, Filosofía, Historia del Arte.)

Mercadotecnia editorial: cómo vender lo que ni siquiera debería haberse escrito. (Campos: Empresariales, Publicidad.)

Gestión de la imagen y mecanismos psicológicos: el escritor millonario como rebelde comprometido y los acólitos que se lo creen. (Campos: Psicología, Publicidad, Sociología.)

Las drogas y su uso en las novelas distópicas. (Campos: Farmacología, Psicología, Psiquiatría, Química, Sociología.) Se me ocurren Brave New World, A Scanner Darkly, Logan’s Run, A Clockwork Orange y Noir. No recuerdo si en 1984 se controla a la población mediante drogas, aunque creo que algo de eso se descubre hacia el final.

Hermenéutica y desconstrucción en la corrección gramatical de novelas ilegibles. (Campos: Filología y Filosofía.)

Evolución de lo kitsch en las cubiertas de las novelas erótico-románticas. (Campos: Bellas Artes, Filosofía, Historia del Arte.)

Si se os ocurre algo más, ya sabéis…

Dedicado a Pere Ribera, fundador de la escuela AULA

La semana pasada feneció Pere Ribera, pedagogo catalán y fundador de la escuela AULA, donde se formó un íntimo amigo mío. Dicho amigo le ha dedicado un pequeña memoria de despedida que me ha parecido adecuado publicar. Entre otras cosas, refleja lo que he dicho varias veces: un sistema educativo que no se base en el esfuerzo personal de los alumnos conlleva el hundimiento de un país. Ahí va:

El señor Ribera ha muerto

Acabo de saberlo.

Todavía no sé dónde me llevará esto que ahora empiezo a escribir y, de entrada, manifiesto que no tengo ningún deseo de continencia. Sólo lo advierto desde el principio.

Hoy dedico esta entrada a hablar de Pere Ribera, la persona que fundó y dirigió AULA, la escuela que mis padres escogieron para mí cuando, con seis años de edad, llegué a Barcelona y donde pasé trece años fundamentales de mi vida.

He dudado mucho antes de escribir el párrafo siguiente. Pero, dado que unos pocos de mis antiguos compañeros de escuela e, incluso, algún profesor son conocedores de ello, me parece de justicia hacerlo para no resultar hipócrita.

Yo formo parte de aquella legión de personas con quienes el señor Ribera cometió alguna injusticia flagrante y a quienes dispensó un trato innecesariamente desconsiderado en algún momento. Aunque, cuando fue necesario, se lo hice saber personalmente. También diré que no tengo la vocación de sentirme víctima. De nada ni de nadie. Tan sólo quería poner de manifiesto el hecho de que mi relación con el señor Ribera, que en algún momento nos pareció que se podría prolongar mucho más allá de los años de mi estancia en la escuela, se truncó a mediados de los noventa, alrededor de la celebración del 25º aniversario de la fundación de ésta. Y aquí empiezo.

Bien, ya está dicho. Punto y aparte.

A lo largo de mi vida, ha habido muchos momentos en que he podido comprobar el valor de lo que aprendí en AULA personalmente de la mano del señor Ribera. Ahora me viene a la cabeza uno especialmente impresionante: mi primer día en la Universidad. Era a principios de octubre de 1983 y me disponía, junto con otros doscientos estudiantes más, a recibir mi primera clase en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Barcelona. Estaba en primera fila, hacia un lado, con buena vista de la pizarra. Estaba ilusionado porque la impartía el catedrático de la asignatura, de quien había oído hablar y al cual había tenido ocasión de conocer personalmente unos años antes. Él acababa de entrar en clase y yo, como había hecho durante los últimos casi diez años, me puse en pie… Sentí un extraño silencio a mis espaldas. “Pero ¿qué haces, tío?”, escuché. Me volví y vi que era el único que me había levantado. Me senté enseguida, turbado. Pero el alboroto, lejos de cesar, creció en intensidad “¡Burro, burro!”, bramaba un energúmeno desde el fondo del aula, como si estuviera en un campo de fútbol. En medio de un jaleo ensordecedor, tres tipos que no volví a ver nunca más coreaban “Priii-mo, priii-mo, priii-mo…”. El profesor esperó pacientemente a que acabara el jaleo para empezar a hablar. Dio su clase y, al terminar, me agradeció el gesto.

El señor Ribera nos enseñó a respetar a los maestros y profesores porque era una manera de respetar la enseñanza, de reconocer a aquéllos que nos transmitirían conocimiento, pero también de respetarnos a nosotros mismos. Teníamos que levantarnos cuando el profesor entraba en clase y sentarnos sólo cuando nos lo indicara. A partir de cuarto de EGB, teníamos que tratarlo de “usted”. Madame Claude. Mademoiselle Jacqueline. Madame Simó. Señora Roca. Señora Barandalla. Señor Salvo. Señor Abad. Señora Valls. Señora García. Señor Valls. Miss Mulderrig. Señor Bofarull. Miss Armstrong. Señor Martí. Señora Calpena. Señor Bech. Señor Cairó. Señor Paraira. Señor Caballé. Madame Rubió. Mister O’Connor. Señor Sarsanedas. Señora Farré. Señor Ribera. (¡Miles, millones de gracias a todos! Y a tantos otros que dieron y dan clases antes y después de que yo pasara por la escuela).

La exigencia fue siempre la referencia pedagógica del señor Ribera. La suya, era la exigencia de aquél que, antes que nada, es exigente consigo mismo. Su extrema autoexigencia era la fuente de su extrema exigencia para con los demás: la exigencia en cuanto a los contenidos y al nivel académico, al rigor de los maestros y a una idea muy dura de la disciplina. Pero, sobre todo, otra exigencia, mucho más personal, mucho más íntima. Una exigencia con la que te interpelaba, una exigencia con que te retaba y hacía que te preguntaras a ti mismo qué era realmente hacer las cosas bien y cómo podías mejorar.

La disciplina, tanto física como mental, era esencial para formar personas en el ejercicio de la propia libertad, de la propia responsabilidad, del propio sentido crítico.

El señor Ribera fue pionero de una enseñanza moderna, adecuada a las circunstancias que vendrían, a un mundo complejo e interrelacionado, una enseñanza que aún no ha sido alcanzada por la gran mayoría de escuelas de Cataluña, ni en cuanto al nivel de exigencia respecto a los contenidos y al nivel académico, ni en cuanto al nivel de corrección con que eran aprendidos y utilizados los cuatro idiomas que se aprendían y se empleaban. El resultado es que los alumnos que acaban todos los cursos de la escuela salen con un catalán, un español, un inglés y un francés casi perfectos.

Aunque se impartía la asignatura de religión (cristiana), era una escuela profundamente laica. De ese laicismo que fomenta el conocimiento, que sólo genera respeto por todas las creencias y que, por tanto, forma ciudadanos aptos para vivir en sociedades complejas y plurales pero que, al mismo tiempo, no renuncian al conocimiento profundo de todo aquello que las ha hecho como son.

AULA fue mi escuela. Y llevo como un honor los trece años que estudié en ella. Me formé en ella, pero, también, y quiero subrayarlo muy especialmente, fue la puerta de entrada a Cataluña, a España y a Europa de aquel niño chileno que yo era cuando, a la edad de seis años, llegué a Barcelona, a tiempo para empezar el curso. Gracias a lo que aprendí en ella,  escribo con competencia tanto en español, mi lengua materna, como en catalán, la lengua que hablaba desde pequeño con mi padre y mis abuelos paternos. Gracias a lo que aprendí en ella, pude realizar estancias prolongadas en países de habla inglesa y francesa sin tener ningún problema de adaptación ni a las respectivas lenguas ni –lo que es más importante– a las respectivas culturas.

Hay mucha gente que cree y dice que AULA que es una escuela elitista y cara. Se equivocan. No lo es, ni mucho menos. AULA es una escuela exigente de la que las personas salen con una excelente formación (sin cometer faltas de ortografía, sin ir más lejos), con un espíritu altamente constructivo y con un elevado sentido crítico, aunque sin “okupar” ni reventar nada. En cuanto al precio, cabe decir que AULA no es, ni mucho menos, de las más escuelas privadas más caras y que la plaza por alumno cuesta menos que en una escuela pública, con la diferencia que AULA sólo cobra a los padres que quieren llevar a sus hijos y no a todos los padres de Cataluña. Ah, y a la hora del patio, jugar al fútbol estaba prohibido porque –decía el señor Ribera– “espero algo más de vosotros”.

Él había fundado AULA y percibía la escuela como su proyecto personal. Tanto es así que, a sus más de 90 años, aún vivía totalmente pendiente de la actualidad de la escuela. No sé, con exactitud, cuantos años tenía, pero una vez me comentó que había luchado en la Guerra Civil como integrante de la “quinta del biberón”.

Suele pasar que los sucesores de una figura excepcional, con una personalidad muy marcada, encuentran un listón muy alto y difícil de alcanzar.  Cuando las exigencias de la edad le hicieron abandonar progresivamente del control del día a día de una maquinaria que, con el tiempo, se había vuelto muy compleja, su voluntad de permanecer informado de la actualidad de la escuela y –¿por qué no decirlo?– de continuar influyendo en ella no permitió generar el espacio que un nuevo director habría requerido y ello desembocó en una sucesión de directores que, en mi opinión, hizo perder nervio y tensión en la escuela.

Sospecho que éste es, precisamente, el proceso por el que ha pasado la escuela en los últimos años. Y tengo, también, toda la impresión de que ha ido penetrando en ella un “nuevo espíritu”, algo que se expresa en un tono más distendido, de mayor “bondad”, más “amoroso con los niños”; se ha perdido nervio y tensión en nombre de un supuesto buen ambiente de trabajo que ignoro si llega a ser “buen rollo”. Hay quien lo ve como una necesaria humanización de la escuela, pero yo pienso que, en la práctica, es degradar el magnífico legado del señor Ribera.

Resulta innegable que el señor Ribera fue una de aquellas personas que, pese a las imperfecciones y los errores cometidos (le habría dado mucha rabia tener que admitir alguno), toman la iniciativa de mejorar significativamente, por pequeño que sea, el ámbito al cual se dedican. Y él lo consiguió. Sencillamente, dejó el mundo mejor que como lo había encontrado. Y eso no se puede decir de muchas personas.

Señor Ribera, muchas gracias. Descanse en paz.

Domènec Orriols

Barcelona, 17 de diciembre de 2009

Memorias de Ática

No de África, por más que el centro de Atenas parezca Mogadiscio, sobre todo cuando a yonquis y camellos se añade una huelga del servicio de recogida de basuras (foto, y aun me quedé corto). Hablando de yonquis y camellos, en cuatro días me ofrecieron y pidieron droga varias veces, sin contar a un tipo con pinta de albanés cocainómano que se me acercó riendo mientras sostenía un vaso de plástico que acababa de recoger del suelo. Aún me pregunto qué me dijo. Y es que hablaba, lo juro.

Antes de salir de Barcelona, mi preocupación principal era el hotel, no el área. Me equivoqué de cabo a rabo (perdón). El centro de Atenas es mucho peor que el extrarradio de Salónica, y ya es decir. De hecho, hay griegos que ni siquiera se acercan a la Zona Cero, que es la Plaza Omonia (significa ‘concordia’, pero no sé de quién ni con qué; será una broma).

El único problema del hotel, más allá de su ubicación, era que la conexión a internet funcionaba de pena. No le doy importancia a que el recepcionista de las mañanas fuera sospechosamente simpático y amanerado conmigo. Sólo le faltó invitarme a cenar. Para simpática, la joven del frankfurt que había cerca del hotel: estábamos solos en el local e insistió en que probara de su mano (mediante cuchara, se entiende) dos tipos de hortalizas que tenía por ahí, por si acaso picaban. Creo que es la primera vez, desde que camino, que una mujer me mete una cuchara en la boca. Y es que ya quedó claro en Matrix: no hay cuchara.

El domingo comí en casa de una amiga con su familia y novio. Luego me llevó al campo de fútbol del Panathinaikós a ver el partido contra el Atrómitos, que hizo honor a su nombre por más que terminara perdiendo. Uno no tiene tiempo de pisar la Acrópolis porque otras amigas se lo llevan de farra a Glyfada, la zona pija de Atenas, y luego se despierta a las 11h, pero del fútbol no se escapa. Y más cuando hay arcadas diseñadas por Calatrava. No obstante, nos marchamos del estadio cuando el partido se suspendió durante media hora. Grupos de anarquistas se estaban enfrentando a la policía en los alrededores y el gas lacrimógeno llegó al campo, haciendo que se nos enrojecieran los ojos a todos y que los jugadores no pudieran continuar el partido por un rato. Terminamos pateando el extrarradio de la ciudad. No sé cómo me lo hago, pero todos mis viajes son literal y agónicamente inolvidables.

El lunes almorcé con los hijos de los escritores Ánguelos Terzakis y Kostas Kyriazís. Todo en orden, como no podría ser de otro modo. La foto es un desastre porque a la camarera le temblaba el pulso por motivos inexplicables. Y es la mejor de las tres que sacó.

Hablemos ahora de las infraestructuras, que siempre da un toque serio a la cosa. El metro te conecta con el aeropuerto pagando un sobreprecio, como en Madrid. Es muy moderno mas con contención. Es decir, sin que tenga rayos láser ni hologramas fashion, atesora un aire retro delicioso. Está limpio y contrasta con lo repugnante que es gran parte de la ciudad cuando te pones a recorrerla. Además, por el mismo precio exhiben restos arqueológicos, de modo que si no vas a ningún museo porque las griegas te obligan a beber, siempre te queda hacer turismo en el metro.

Siguiendo con el aeropuerto, cuando se quieren lucir ponen a Hatzidakis de hilo musical. Normal. En Praga ponen a Dvořák. Me da que en España no están para poner a Albéniz, Falla o Granados. Mientras no nos hagan pasar por el aro con Ana Belén y Víctor Manuel, nos podemos dar con un canto en los dientes.

Como hace un año que un policía se cargó no sé cómo a no sé quién, y cualquier ocasión es buena para liarla, centenares de antisistema volvieron a bloquear la ciudad, asaltando también la Universidad de Atenas (no sé por qué, dado que no guarda relación con la policía), abriéndole la cabeza al rector, quien terminó en cuidados intensivos, y dando un paso que aún no había visto: quemar la bandera griega, un tabú en un país radicalmente nacionalista donde las banderas se venden incluso en los quioscos a pie de calle, como se ve en este vídeo. A destacar que los perros abandonados (aquí en una boca de metro) se vuelven locos cuando hay castañas entre antisistema y policía. Es descojonante. Como todo en Grecia. Ven y vívela. Nunca lo olvidarás. (Entrada casi patrocinada por el Ministerio de Cultura.)

El suicidio de las universidades españolas

Ya he hablado alguna que otra vez, más bien por motivos inauditos, del desastre universitario español, fiel reflejo de un sistema educativo que hace aguas. Ahora, superado ya el doctorado, voy a mencionar dos hechos que marean y que reflejan, una vez más, el repugnante estado de cosas.

Primero, en la Universidad de Barcelona (UB) y en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) no se les ha ocurrido nada mejor que cambiar las condiciones para que un doctor forme parte del tribunal que examinará a un doctorando. Hasta hace un año, la única exigencia para estar en un tribunal era ser doctor. Pero ahora, cerrando más el círculo endogámico universitario, es necesario cumplir también al menos una de cuatro condiciones. Ya no tengo el texto, pero las cuatro se referían, básicamente, a que sólo pueden examinar a doctorandos los doctores que formen parte de grupos de investigación universitarios, generalmente subvencionados. Esto suena muy bien, pero en realidad es una gilipollez como una catedral. Un ejemplo inventado pero perfectamente posible: un Premio Nobel de Literatura que fuera, casualmente, doctor en Filología Italiana por la Universidad de Milán no podría formar parte de un tribunal de tesis de la Facultad de Filología Italiana de la UB a menos que estuviera enchufado en algún grupo de investigación donde, sencillamente, se le exigiría que escribiera un artículo al año acerca de lo primero que le pasara por la cabeza. O si lo preferís, un ejemplo real: el escritor argentino Horacio Vázquez-Rial, uno de los mejores narradores vivos en lengua española, y Doctor en Historia por la UB, no podría formar parte de un tribunal que examinara una tesis acerca de su especialidad (Historia de Argentina) porque es un escritor autónomo que no pertenece a ningún grupo de investigación de la Senorita Pepis.

Segundo, se ve que en la Universidad de Lérida se aburren tanto que hoy, 28 de octubre de 2009, no tienen suficiente con darle el Doctorado Honoris Causa a un reputado pneumólogo estadounidense como Richard W. Light sino que tienen que dárselo, al mismo tiempo, a la cantautora mallorquina Maria del Mar Bonet. Al margen de que dicha señora sea insoportable, cualquier persona con un mínimo de sentido de lo que es (o debería ser) una universidad verá que aquí algo falla. Ya puestos, ¿por qué no el Honoris Causa, al mismo tiempo, a un prestigioso astrofísico y a Michael Jackson? (Es un decir, ya sé que está muerto.) Y para redondearlo todo, en la página del comunicado dedican tres veces más espacio a la Bonet que al doctor en medicina.

Sic transeunt universitates mundi.

A la venta la segunda edición de El profesor en la trinchera, de José Sánchez Tortosa

Es un motivo de alegría que un ensayo tan necesario se reedite. Significa que el primer tiraje (4000 ejemplares) ha funcionado bien en un país donde sólo se vende autoayuda o libros acerca de la Guerra Civil.

El profesor en la trinchera, subtitulado La tiranía de los alumnos, la frustración de los profesores y la guerra en las aulas (La Esfera de los Libros), diagnostica a la perfección qué va mal y por qué en el sistema educativo español. Aquí la entrevista que hice al autor.

Universidad púbica

No, el título no es un error.

Si alguien se pregunta por qué las universidades españolas están en caída libre (y lo que queda), quizá halle una parte de la respuesta en lo que voy a explicar. Hace unas semanas, la patulea okupa tenía medio bloqueado el edificio central de la Universidad de Barcelona (Plaza Universidad) en otro acto “reivindicativo” (para usar la cursilada de TV3). La verdad es que uno no deja de sorprenderse de que las autoridades permitan que actúen así individuos a quienes ni siquiera se les permitiría embarcar en un vuelo de Singapore Airlines.

Así las cosas, esa gentuza usaba las aulas no sólo para dormir. Y es que, llegados a cierto punto, los representantes de los okupas se dirigieron a las instancias universitarias para que les permitieran okupar más aulas. El motivo: las okupas lesbianas gritaban tanto de noche, en el cénit de sus orgasmos, que no los dejaban dormir.

Salvando las distancias (o no, porque no me extrañaría que sucediera lo mismo), en Grecia es normal que, cada año, algo así como una cuarta parte de las horas lectivas se pierdan porque los anarquistas balcánicos bloquean violentamente las universidades públicas. Un profesor de la Facultad de Filosofía de la UB, sabiendo que he vivido tres años en Grecia, me preguntó atónito cómo era posible que le llegase una alumna griega de 21 años a través del programa Erasmus y que no supiera quién fue Aristóteles. Mi respuesta lo dejó más atónito si cabe. No sorprende que las universidades griegas sean un desierto cultural. Y no será por falta de buenos especialistas, que los hay, sino porque el sistema se ha colapsado por la ineficacia generalizada propia de un país instalado en la dejadez más absoluta (os recuerdo que en Grecia uno no se saca jamás el carné de conducir si no entrega discretamente un sobre con 300€ al examinador; incluso los sobornos tienen tarifa fija). Viendo el panorama, un amigo griego, neurólogo liberal, me dice que las cosas sólo se solucionarán allí cuando el Estado helénico quede abolido para que Bruselas gobierne el país directamente; otro amigo, periodista de extrema izquierda formado en Alemania, confiesa perplejo que no sabe cómo continúa existiendo su país.

Volviendo a España y a los orgasmos universitarios, el Plan Bolonia, que es un buen plan, no va a arreglar nada porque aquí el problema es otro, y mucho más profundo. No es académico sino sociológico y filosófico, e íntimamente vinculado a la psicología de las masas.

Entrevista a José Sánchez Tortosa, Premio Seléucida 2008 al Mejor Otro

José Sánchez Tortosa ha ganado el Premio Seléucida 2008 al Mejor Otro con su ensayo El profesor en la trinchera, subtitulado La tiranía de los alumnos, la frustración de los profesores y la guerra en las aulas (La Esfera de los Libros).

Pregunta: Bueno, José, ya tienes una foto de Godzilla dedicada por mí. La ilusión de tu vida, no lo niegues.

Respuesta: Aciertas. Cumplo un sueño. Por fin escribir tiene sentido… Además, me encanta ser el Mejor Otro. Cosas de la alteridad.

P.: El profesor en la trinchera guarda relación con tu experiencia como docente en el sistema educativo de Madrid. Precisando más, ¿cuál es el origen exacto del libro?

R.: Se trata de un encargo de la editorial. Tenían interés en publicar un libro que reflejara la situación actual de los profesores en la enseñanza media. Gabriel Albiac, con quien he trabajado en la Facultad de Filosofía de la Complutense de Madrid, es el director de la colección de ensayo y me propuso para este proyecto. El borrador que presenté a Ymelda Navajo (directora de la editorial) gustó a pesar de que buscaran algo más casuístico y casi costumbrista, y menos teórico. En todo caso yo me ajusté al objetivo que ellos se marcaron y no me coartaron en ningún momento sobre lo que iba escribiendo. Por eso es importante resaltar que se trata de un libro de Filosofía, no de psicología o pedagogía (de hecho, es más bien antipedagógico).

P.: ¿Qué relación tiene el libro con tu Doctorado en Filosofía?

R.: Ahora mismo estoy estudiando las leyes educativas de la República y del Franquismo para contrastarlas con las de la Democracia. Desde esta perspectiva es interesante ver la evolución no sólo de la sociedad española sino de sus paradigmas pedagógicos, evolución que ha cristalizado en lo que podríamos denominar el “espíritu LOGSE”, lejano heredero de la Institución Libre de Enseñanza y vigente en estos momentos en España.

P.: Se vendieron 3000 ejemplares, casi toda la edición, en menos de seis meses. Un éxito en un país como España, donde se lee poco en general, y especialmente ensayo. ¿Indica eso una preocupación de muchos padres o profesionales por el futuro de la educación pública?

R.: La última cifra que me ha proporcionado la editorial, hace un par de semanas, es de 4000 ejemplares. Me resultan llamativas dos cosas: el número de ventas, muy elevado teniendo en cuenta las condiciones que mencionas, y que soy un autor desconocido. Esto puede explicarse, en efecto, por la innegable preocupación de muchos profesores (personas que suelen ser lectores habituales) y padres ante la deriva de la educación española. Pero yo indico en el libro que esta preocupación por la enseñanza sería más generalizada en un país menos narcotizado que el nuestro, porque los problemas que se derivan de este problema afectan a todos los ciudadanos (y conste que esta indicación no responde exclusivamente al deseo de que compren el libro también personas ajenas al mundo de la enseñanza y de las familias con hijos en edad escolar). En segundo lugar, que ese número de ventas y la atención que algunos medios le han otorgado no se ha traducido en un debate polémico y crítico sobre las cuestiones que yo pongo sobre la mesa en el libro. Según señala Savater en un artículo del 11 de octubre pasado en El País, el revuelo que se ha montado en Francia por el libro de Daniel Pennac (Mal de escuela) ha sido considerable, a diferencia del vacío de respuesta en nuestro país por un libro como el mío. Más allá de las diferencias entre ambos textos, el caso denota una sociedad anestesiada y/o anclada en sus posiciones ideológicas dogmáticas e inamovibles.

P.: Creo que estarás de acuerdo con el filósofo Christopher Henry Dawson (1889-1970), quien ya diagnosticó hace años los motivos del hundimiento del sistema educativo. Concretamente, el problema empieza con el abandono del modelo clásico y humanista occidental, que permitía la orientación intelectual dentro del laberinto, para substituirlo por un constructivismo relativista donde la propia autoridad del docente se ve minada porque se ha abandonado la noción de esfuerzo personal y respeto por la autoridad.

R.: Sí. La tesis que planteo en el libro es que no hay enseñanza en sentido propio antes de la figura de Sócrates y, con mayor precisión, antes de la obra de Platón, que sistematiza su concepción de la enseñanza, indisolublemente unida a la propia Filosofía y al método racional, extraído de las Matemáticas. Conviene recordar que no hay Filosofía sin Matemáticas, y muy específicamente, no hay Filosofía platónica sin el problema de los números irracionales, que tanto atormenta a los pitagóricos. De ahí que yo haya establecido en un artículo la oposición entre Matemáticas y Pedagogía. Y cuando hablo de que la pedagogía es una especie de Teología de la postmodernidad me refiero a que esta disciplina se ha convertido, muy particularmente en las escuelas, en una gestora de sentimientos y creencias, justo aquello que debía quedar fuera de la Academia, según la exigencia de Platón.

Esos principios clásicos, platónicos, son relegados e incluso olvidados bajo la oleada del constructivismo (que en los 50 empieza aplicarse en Inglaterra), que no deja de ser uno de los tentáculos del denominado pensamiento postmoderno.

P.: Profesores amenazados en las aulas, analfabetos pasando de curso con cuatro suspensos y boicoteando las clases de quienes realmente quieren aprender, padres que defienden a hijos delincuentes en lugar de apoyar a los profesores… En Singapur, los alumnos se ponen en pie cuando entra el docente en clase, y si alguien insulta a un profesor se arrepentirá durante el resto de su vida. No creo que sea una sorpresa que el sistema educativo de allí funcione mucho mejor que el de aquí, según demuestra el informe PISA, especialmente en asignaturas cruciales para Pitágoras y Platón como las matemáticas. Nos hemos quedado atrás. ¿Hay solución, viendo el panorama?

R.: La solución es extremadamente difícil. Para empezar hay un problema, yo diría, casi estructural de la composición sociológica española y de sus mecanismos de poder. En Suecia, por ejemplo, hace ya algunos años que el paradigma constructivista ha entrado en crisis y, por lo que sé, se han apresurado a abandonarlo. Es un ejemplo de algo que veo prácticamente inviable en nuestro país. Aquí, el único ámbito en que no ha habido jamás consenso es el de la educación, hasta el punto de que ninguna ley educativa ha sido aprobada con el apoyo de todas las formaciones políticas del parlamento. A ello se une el disparate absoluto y catastrófico de los nacionalismos hegemónicos idiotizando y tiranizando a generaciones de jóvenes en el marco de la escuela pública, lo cual no deja de ser responsabilidad última del Estado central. Esto me recuerda a cuando se produce la Reforma Protestante (su más prestigioso pedagogo es Comenius). Al hilo de la Reforma se proyecta una escuela en la que todos los niños aprendan a leer la Biblia en la lengua propia o materna (como sabes mejor que yo, lo propio traduce el vocablo griego ‘ídion’, de donde ‘idiota’ en español), dejando la enseñanza de las lenguas clásicas a las elites. Bajo el manto retórico del postmodernismo actual se condena a la idiotez en lengua regional a chicos que no tienen más remedio que estudiar en la escuela pública, mientras los hijos de familias con recursos y, en especial, los hijos de los políticos que establecen esa enseñanza idiota (es decir, propia) para los demás estudian en la enseñanza privada más cara, elitista, y en la lengua común.

A mi juicio se produce una paradoja esencial en el problema de la enseñanza y en las conexiones entre democracia y educación. Y es un problema que ya surge en Grecia con la aparición del fenómeno de la Sofística. La democracia ateniense pone las condiciones materiales y estructurales para que se dé el salto a la democracia (por muy precaria que ésta fuera, pero no sé si mucho más que la nuestra en la actualidad), pero al mismo tiempo la democracia se acaba convirtiendo en el gobierno de la ignorancia y, en lógica platónica, de la servidumbre. Es decir, que trasladado al ámbito educativo, se consigue un sometimiento mucho más eficaz por medio de una educación flexible, aparentemente democrática, volcada presuntamente en el joven, que es el protagonista de la educación, y que se acaba transformando en el monstruo que siempre tiene razón y se destruye a sí mismo mientras los padres y psicólogos (y no pocos profesores) siempre encuentran alguna justificación para su comportamiento, que por medio de una educación mínimamente disciplinaria. Cabe recordar que también en las escuelas del Tercer Reich los alumnos eran los protagonistas, hasta el extremo de que sus profesores y padres estaban atemorizados, a expensas de ser delatados por ellos. Como decía Goebbels: “La juventud siempre tiene la razón”.

Salir de esa paradoja es difícil pero lo que yo planteo es que no hay libertad sin la disciplina y el rigor que el conocimiento y los procesos racionales proporcionan. De ahí la dicotomía que antes indicaba: Matemáticas o Pedagogía. Las matemáticas son verdaderamente democráticas no porque el resultado de una ecuación sea sometido a votación, sino precisamente porque no puede votarse. Cada uno decide en igualdad estricta de condiciones. Ahí está la clave a mi entender, pero no veo sencillo superar ese prejuicio antiintelectualista que empapa la ideología imperante y la pedagogía en vigor.