Corrimiento de la sci-fi clásica hacia el technothriller

Aviso: como no soy un especialista en ciencia ficción, invito específicamente a los adictos al género a que me corrijan si lo consideran oportuno.

A medida que uno va adquiriendo consciencia de clase, perdón, literaria, se fija en determinados fenómenos que le pasaban desapercibidos. Últimamente me he dado cuenta de que la ciencia ficción quizá lleve décadas deslizándose peligrosamente hacia el technothriller.

Si establecemos una frontera más o menos difusa en la Segunda Guerra Mundial, los escritores nacidos antes de ese período (H.G. Wells, Alfred Bester, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, etc.) han escrito los grandes clásicos del género. En este grupo estarían también autores aún vivos como Joe Haldeman (nacido en 1943) o Jack McDevitt (1953), pero quizá no muchos más. Las generaciones posteriores, según parece, tienden a mezclar la ciencia ficción pura y dura con el thriller, obteniendo como resultado un texto más comercial, algo que no tiene nada de malo a primera vista; sin embargo, mal conducida literariamente, dicha mezcla lleva a un producto de calidad más baja.

Que yo sepa, los autores más conocidos de technothriller son, precisamente, bombas comerciales como Michael Crichton, recientemente fallecido, y Dan Brown (este último sólo en dos novelas: Deception Point y Digital Fortress). En esta línea, aunque con infinitamente más gracia y calidad que Brown, está Robert J. Sawyer, de quien llevo días hablando a propósito de la novela Flashforward, cuya serie emite Cuatro. Todas las novelas de este género technothrilleresco que he leído comparten los mismos defectos estructurales: primero, los capítulos, e incluso los parágrafos, parecen escritos como si ya fueran el guión de la futura serie o película; segundo, los diálogos son impostados; tercero, se percibe que el proceso de creación literaria está marcado por la voluntad inequívoca de popularizar (léase ‘vulgarizar’) la ciencia ficción para convertirla en literatura de aeropuerto. Es decir, se pretende (y se consigue de sobras) que el lector que nunca compraría clásicos inmortales como Solaris (Stanislaw Lem) o El planeta de los simios (Pierre Boulle) compre Esfera (Crichton) o Fortaleza digital (Brown).

En suma, viene a ser lo mismo que leer Crepúsculo emocionado (o más bien emocionada) hasta las cachas, mas ignorando la existencia de Drácula y Soy leyenda.

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