Carta de Antonio Priante

El grandísimo escritor barcelonés ha publicado en su blog una carta dirigida a quien quiera darse por aludido. Recomiendo encarecidamente la lectura.

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Qué es una buena novela y por qué

Dijo un amigo, en uno de sus pocos momentos de sobriedad intelectual, que las películas que no pasan de “estar bien” son especialmente dignas porque nos recuerdan que existe esa franja difusa donde se emplaza lo que, sin ser realmente grande, está hecho con oficio y profesionalidad.

Lo mismo sucede con las novelas. Si uno compra al azar, probablemente lea muchas obras correctas, algunas aberraciones y algunas obras maestras. O al menos eso sugieren tanto la estadística cuanto el sentido común. Sin embargo, como en la entrada “Qué es una mala novela y por qué” de la semana pasada tomé a guisa de ejemplo lo peor de lo peor, hoy me centraré no en narrativa solamente digna sino en obras mayores, de un alcance literario paradigmático y sin tomar en consideración que sean clásicos o superventas. Para ello me valdré del reverso de la división cuádruple que formulé:

1. Bien escrita gramaticalmente.

El texto es un ejemplo de riqueza en todos sus aspectos: corrección sintáctica, pulcritud estilística, innovación léxica cuando sea necesaria sin caer en vulgarismos injustificables ni estupideces, etc. Por lo que se refiere a la lengua española, hace décadas que este tipo de excelencia se halla más bien en autores hispanoamericanos. El nivel literario de la mayoría de autores españoles ha permanecido estancado en cierta complacencia creativa, cuando no ha caído directamente en picado. Novelas ejemplares: Saide, de Octavio Escobar; Of Mice and Men, de Steinbeck; The Egoist, de George Meredith.

2. Bien escrita descriptivamente.

Lo que el autor describe se entiende con claridad: no se fuerza el texto de modo ampuloso ni redundante ni kitsch. Las metáforas son precisas. No hay confusión. Novelas ejemplares: El cupón falso, de Tolstói; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; The Three Impostors, de Arthur Machen.

3. Bien escrita narrativamente.

El autor nunca pierde el control de la obra. Nada está fuera de lugar, ni sobra, ni falta. Las estructuras narrativas no se diluyen. Novelas ejemplares: La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig; Solaris, de Stanisław Lem; Tots tres surten per l’Ozama, de Vicenç Riera Llorca; El corzo herido de muerte, de Antonio Priante; Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis.

4. Bien escrita ideológicamente.

Ya expliqué la semana pasada que no estoy usando la palabra “ideología” en sentido político sino en sentido estético. Una narración está bien escrita ideológicamente cuando su actualidad no decae por más años que pasen. El lenguaje que usa está vivo al cabal, no se desintegra ni cristaliza en una impostura caduca. El Quijote es el modelo por antonomasia, pero hay muchos más: Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski; Heart of Darkness, de Joseph Conrad; Treasure Island, de R.L. Stevenson; Rayuela, de Julio Cortázar.

Está claro que las obras maestras son las que caen en esas cuatro categorías al mismo tiempo. Muchas de las novelas mencionadas cumplen tal condición, mas he preferido obviar repeticiones para dar color y variedad a la entrada. Ahora los análisis.

1. Análisis de buena escritura gramatical.

  • Saide, de Octavio Escobar (Periférica, 2007 aunque original de 1995).

“Tal vez el motor no dejó que me oyera. Quería fumar pero intenté pensar en otra cosa. Sólo recordé la escena tantas veces repetida de un niño que se ahoga mientras su padre observa imperturbable; mi chapaleo inútil y el ascenso de la línea de pequeños azulejos verdes que coincidía con el nivel líquido. Volvieron las burlas y ese doloroso deseo de que, cansado de tanta torpeza, me sacara de la piscina del club militar para comenzar su exhibición de velocidad y estilo, la silenciosa humillación. El castigo lo inventaba en el camino a casa”. (Página 11.) No por casualidad esta novela ganó el Premio Crónica Negra Colombiana. Periférica también publicó Destinos intermedios, que está relacionada con ella sin llegar a ser una segunda parte.

  • The Egoist, de George Meredith (Signet Classics, 1963 aunque original de 1879).

“The world was the principal topic of dissension between these lovers. His opinion of the world affected her like a creature threatened with a deprivation of air. He explained to his darling that lovers of necessity do loathe the world. They live in the world; they accept its benefits and assist it as well as they can. In their hearts they must despise it, shut it out, that their love for one another may pour in a clear channel and with all the force they have”. (Página 49.) Meredith es un autor extremadamente complejo. Esta muestra no es de las más espectaculares de la novela porque me he limitado a abrirla al azar.

2. Análisis de buena escritura descriptiva.

  • El cupón falso, de Tolstói (Nórdica, 2008, traducción del ruso de Víctor Gallego). Está en un solo volumen junto con Jadzhi Murat.

“Fiódor Mijáilovich Smokovnikov, presidente de la Cámara de Comercio, hombre de integridad intachable, de la que se sentía orgulloso, liberal a ultranza y no sólo librepensador, sino contrario a cualquier forma de religiosidad, que consideraba un residuo de supersticiones antiguas, había regresado a casa de su despacho en una pésima dispososición de ánimo. El gobernador le había enviado una carta de lo más estúpida, en la que se daba a entender que Fiódor Mijáilovich no se había comportado como debía. Éste se había puesto como una fiera y se había aprestado a redactar una respuesta cáustica y mordaz”. (Página 197.) No hablo ruso, y de hecho ni falta que hace. La novela está traducida ejemplarmente. El texto español fluye a la perfección.

  • Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (Wordsworth Classics, 2000 aunque original de 1719).

“The entrance into this place I made to be not by a door, but by a short ladder to go over the top; which ladder, when I was in, I lifted over after me, and so I was completely fenced in, and fortified, as I thought, from all the world, and consequently slept secure in the night, which otherwise I could not have done; though as it appeared afterwards, there was no need of all this caution from the enemies that I apprehended danger from”. (Páginas 44-45.) La riqueza expresiva de la lengua inglesa usada en este libro lo convierte en más actual que cualquier payasada de Dan Brown escrita hace dos días.

3. Análisis de buena escritura narrativa.

En este apartado no tiene sentido citar textos porque la narratividad se discierne a lo largo de la obra. Sería fútil reproducir parágrafos.

  • El corzo herido de muerte, de Antonio Priante (Cahoba, 2007; Leer-e, 2012, en formato electrónico).

Después de su también magistral El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, el barcelonés Priante se salió con una novela epistolar acerca del suicidio del romántico español Mariano José de Larra. De ahí el título: en una de sus cartas reales a su amigo Ventura de la Vega, Larra se refirió a sí mismo como “un corzo herido de muerte”. La genialidad absoluta de Priante radica en la vuelta de tuerca final de la obra. Leer para creer.

  • Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear, 2008, traducción mía).

Ésta es la mejor novela de Terzakis, digan lo que digan en Grecia, donde la entienden como una obra para adolescentes. Como si, asimismo, The Catcher in the Rye de Salinger fuera sólo eso. El excepcional sentido narrativo del autor, uno de los mayores intelectuales de la Grecia del siglo pasado, formado profundamente en Nietzsche y Dostoyevski, nos regala una novela de hondura filosófica y psicológica inconmensurable.

4. Análisis de buena escritura ideológica.

Me limito a una sola muestra:

” ‘Anything approaching the change that came over his features I have never seen before, and hope never to see again. Oh, I wasn’t touched. I was fascinated. It was as though a veil had been rent. I saw on that ivory face the expression of somber pride, of ruthless power, of craven terror—of an intense and hopeless despair. Did he live his life again in every detail of desire, temptation, and surrender during that supreme moment of complete knowledge? He cried in a whisper at some image, at some vision,—he cried out twice, a cry that was no more than a breath—
“The horror! The horror!” ‘ “. Paradigma de narración sin fecha de caducidad.

Como dije la semana pasada, ésta no es más que una manera de analizar la narrativa. Hay otras y todas son útiles mientras sean razonables.

Si te han regalado un iPad o un Kindle…

…u otro tipo de lector, ahí van mis cuatro recomendaciones literarias:

El desorden, novela breve de Juan Carlos Girauta en Amazon para Kindle y en Feedbooks para el resto de aparatos.

El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, novela breve de Antonio Priante en Amazon para Kindle.

El corzo herido de muerte, novela breve de Antonio Priante en Amazon para Kindle.

Del suicidio considerado como una de las bellas artes, ensayo breve de Antonio Priante en Amazon para Kindle.

Más de Antonio Priante

Se ve que el responsable del blog Arte bajo cero se deslumbró, literariamente hablando, con Del suicidio considerado como una de las Bellas Artes y lo vertió en una entrada. Gran idea porque vale la pena, como todo lo que escribe Priante. Recomiendo sus dos novelas publicadas por Cahoba: El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer y El corzo herido de muerte.

Del Suicidio considerado como una de las Bellas Artes

Antonio Priante, autor de la magistral novela El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer (Cahoba), ha colgado en Scribd su última obra: el ensayo Del Suicidio considerado como una de las Bellas Artes. Lectura gratis.

Artículo de Antonio Priante acerca de Mariano José de Larra

Antonio Priante, autor de El corzo herido de muerte, una novela magistral con Larra de protagonista, nos regala este artículo.

LARRA ÍNTIMO

SUICIDA… ¿POR  QUÉ?

El año del bicentenario de Mariano José de Larra no ha sido muy generoso en conmemoraciones. En absoluto en Barcelona, de donde procedía el escritor por línea paterna (Langelot era el segundo apellido del padre). En Madrid y otros lugares sí ha sido objeto de ciertas celebraciones y homenajes, y algunas revistas literarias le han dedicado artículos especiales. Pero lo cierto es que el ambiente no recuerda nada al de hace un siglo, cuando la periodista Carmen de Burgos pudo escribir: “En Fígaro [Larra] hay una fuerza que le mantiene siempre vivo y joven cerca de nosotros… Larra no envejece como los otros; Larra conserva su prestigio de escritor, su prestigio de hombre y hasta su prestigio de suicida. Es eternamente joven, eternamente original.”

Quizá es lo que mejor conserva en estos momentos: su prestigio de suicida. Y se comprende. La España de hoy poco tiene que ver con la España de los años treinta del siglo XIX (excepto por algún problema en el norte, que entonces se llamaba carlismo, y alguna cosita más), así que lo que dijo el escritor, el periodista de actualidad, poco importa ya (por más que muchos insistan en colocarnos como sea su “vuelva usted mañana”). En cambio, la  persona, el hombre aureolado por el fogonazo del disparo final, conserva todo su atractivo romántico. Pero ¿quién era esa persona? ¿Cómo era el hombre llamado Larra cuando no ejercía  de corrosivo fustigador de los vicios públicos?

“El carácter moral de este escritor consiste en ser excesivamente generoso, desprendido de todo interés, ambicioso de gloria, muy amante de su patria, cariñoso con sus padres, buen amigo, bastante enamorado, algo orgulloso, noble en sus maneras y porte, aficionado a la alta sociedad y muy estudioso.”

Es posible que no haya descripción más ajustada y verdadera del carácter de Larra que la contenida en estas líneas escritas por su tío Eugenio. El joven Larra tenía en el hermano de su padre a un amigo y un confidente. Hubo entre los dos una especial relación de cariño, y el tío pudo escribir tan acertadamente del sobrino porque le quería, y querer bien a una persona es la única manera segura de conocerla. Un par de siglos después alguien podrá retratar a Larra como una especie de enano egoísta y acosador de mujeres, contradiciendo la clara imagen que nos dejó don Eugenio. No hay que tenerlo en cuenta. Son cosas que se cuecen al calor del prejuicio (feminista en este caso) y la ignorancia.

Pero suicida, ¿por qué? La vieja polémica sigue hoy viva con sus dos líneas de argumentación enfrentadas: la cívica o política, que nos habla de su frustración y abatimiento ante la situación de España, y la romántica o novelesca, que pone el énfasis en el fracaso amoroso. Quizá ambas se equivoquen, quizás ambas no tengan en cuenta un factor previo a cualquier lance social o amoroso. Me refiero a su constante y arraigado sentimiento de vacío, que sólo una pasión poderosa podía vencer.

Existe, claro, la tentación de explicar este vacío como la consecuencia de determinados acontecimientos vitales: el fracaso político, el fracaso amoroso. Pero no hay que caer en la tentación. Las vicisitudes no marcan el carácter; es el carácter el que se expresa a través de las vicisitudes. Yo creo que, en Larra, el sentimiento de vacío no es consecuencia de ciertas experiencias vitales, sino, al contrario,  el modo en que experimenta la vida es consecuencia de su sentimiento de vacío.

Que el sentimiento de vacío es en Larra anterior a toda experiencia quizá lo pruebe este párrafo de “El Café”, escrito en febrero de 1828, poco antes de cumplir 19 años (y si alguien alega que a esa edad ya contaba con la supuesta decepción amorosa y filial de sus 16 años, atención a mis cursivas):

“Seguí quejándome hasta mi casa sin ninguna gana de reir de mis observaciones como en otros días, aunque siempre convencido de que el hombre vive de ilusiones y según las circunstancias, y sólo al meterme en la cama, después de apagar mi luz y conciliar el sueño confesé como acostumbro: ‘Éste es el único que no es quimera en este mundo’.”

La vida es un entramado de ilusiones sobre circunstancias cambiantes. Sólo el sueño es verdad. El sueño, imagen de la muerte.

Así, cuando a los 26 años, en pleno conflicto amoroso, escribe “allí donde está el mal, allí está la verdad. Lo malo es lo cierto. Sólo los bienes son ilusión” (“La sociedad”, 16-1-1835), no hace sino manifestar, propiciado por las circunstancias, lo que desde siempre ha sabido.

Si, como es cierto, todo hecho es efecto de una serie de causas, el suicidio de Larra hubo de tener forzosamente las suyas, puesto que nada es gratuito ni se produce ex novo en la naturaleza (incluida la naturaleza humana). Pero ocurre que los que buscan las causas de este tipo de hechos -los actos humanos- suelen olvidarse de la fundamental: el carácter del individuo. El carácter no como algo forjado por las circunstancias, el ambiente, la educación, no, el carácter de verdad, originario, congénito, eso que nada ni nadie puede cambiar, aunque pueda manifestarse de diferentes maneras según los motivos que las circunstancias le ofrecen.

En el carácter de Larra -como en el de cada cual- se hallaba esbozado su destino. Sólo unas circunstancias extremadamente favorables hubieran podido darle una forma menos trágica.

Pero esas circunstancias no se dieron. Al contrario. El gran amor que pudo salvarlo resultó ser un espejismo del enamorado. Fue entonces cuando, sin pensarlo, Larra se abandonó a su destino.

“Sólo un Dios y un Dios Todopoderoso podía hacer amar una cosa como la vida.” (Larra, “La vida de Madrid”, 12-12-1834.)

Antonio Priante, julio de 2009