Afectación y cursilería en el lenguaje televisivo

La moda de lo políticamente correcto ha arraigado en el lenguaje oficial de modo trágico, y lo más preocupante es que también ha penetrado en la jerga cotidiana. El camino ya está marcado y bien señalizado. Cada vez que veo las noticias, pienso en 1984 y en la distorsión del lenguaje como instrumento en vistas a la coacción del pensamiento. Cuánta razón tenía Wittgenstein, y qué cerca estamos de que a los disconformes se nos empiece a acusar de “doblepensar” o “crimenpensar”.

Y es que ya se ha dado un paso más en la gilipollez de “los trabajadores y las trabajadoras”, de alargar frases inútilmente o de colocar el espanto de la arroba (“camioner@s”); ahora y sin más, según los periodistas, los ciegos ya no son ciegos sino “personas ciegas”, ni los minusválidos son minusválidos sino “personas minusválidas”. Es decir, que se tira del concepto de persona para equilibrar un defecto. Lo considero insultante para quienes tienen la desgracia de sufrir tales carencias en sus carnes, dado que es una manera de decirles que no se preocupen, porque “a pesar de que seáis una carga y una panda de tarados, los normales todavía os consideramos miembros de nuestra misma especie”. El paternalismo y la horterada van de la mano cuando se trata de usar las palabras ‘persona’ o ‘ciudadano’ cada dos por tres.

Me recuerda a lo que sucedió con J.J. Santos, la persona periodista a quien, durante la retransmisión de un partido de fútbol de la selección de personas sudafricanas en la última Copa de Confederaciones celebrada en Sudáfrica, al ver que unas personas de color de la especie humana bailaban danzas locales en las gradas llenas de personas miembr@s de un Estado de Derecho contemporáneo y felizmente inserto en la ONU, no se le ocurrió nada más brillante que decir que los negros lo pasan mal en ese país pero bailando ya son felices. ¿Telecinco? Póngame lo que haiga.

Volviendo a la degeneración del lenguaje, dijo alguien que en esta vida se puede hacer de todo menos el ridículo. Yo parafrasearía puntualizando que en esta vida se puede hablar de cualquier manera menos con hortereces filológicas.

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Entrevista exclusiva a David Paradela, traductor de Kaputt

Curzio Malaparte, de nombre real Kurt Erich Suckert, nació en Prato (Toscana) en 1898 y feneció de cáncer en Roma en 1957. Voluntario en la 1ª Guerra Mundial, su vena literaria se manifestó pronto. En 1920 ingresó en el Partido Nacional Fascista de Mussolini, pero no tardó mucho en distanciarse. Lo encarcelaron varias veces, una de ellas por escribir Técnica del golpe de Estado en 1931, un ataque a Mussolini y Hitler. Il Corriere della Sera lo destacó al frente oriental, donde se gestaría la novela Kaputt. Una vez finalizada la guerra, sus afinidades se deslizaron hacia el comunismo.

David Paradela López, responsable del blog Malapartiana, ha traducido al español Kaputt para Galaxia Gutenberg desde el texto italiano que el editor Luigi Martellini fijó para la edición de Mondadori de 1997. Sin embargo, dicho texto aún no puede considerarse definitivo. En español ya existía una traducción pero no era de esa edición, de modo que hoy día ha quedado totalmente obsoleta.

Pregunta: David, no has cumplido los 30 y ya has sentado cátedra traduciendo modélicamente Kaputt, una obra mayor del siglo XX. Esto tardará años en superarse, como mínimo hasta que aparezca la edición definitiva italiana; viendo el panorama editorial, ni está ni se la espera.

Respuesta: Haber lidiado con Kaputt sin haber cumplido los 30 es un lujo que nunca me atreví a esperar. Malaparte y yo, además, teníamos una historia que venía de lejos. No creo que haya sentado cátedra ni que nadie pueda sentarla hablando de traducir literatura, tanto menos cuando se trata de un texto de la complejidad de Kaputt, que como bien dices no dispone todavía de un texto crítico satisfactorio. Hace poco recibí la nueva edición de la casa Adelphi (aparecida mientras yo terminaba mi traducción) y sigo encontrando flecos por cortar. Teniendo en cuenta el actual panorama editorial y el poco predicamento de que goza en general la crítica textual, no creo que el problema vaya a resolverse en los próximos años.

Pregunta: Malaparte no sólo tenía un italiano rico y cargado de inesperados tintes poéticos sino que, además, sazonó el texto con multitud de términos extranjeros. Hay incluso diálogos completos en francés o alemán, por ejemplo, sin traducción a pie de página. No obstante, lo mismo hizo Tolstói con Guerra y paz. ¿Crees que Malaparte pretendía redactar, en cierto sentido, una novela que fuera a la 2ª Guerra Mundial lo que dicha obra rusa es a las Guerras Napoleónicas?

Respuesta: El estilo de Malaparte es contradictorio. Su vocabulario es relativamente reiterativo, su riqueza está más en la sintaxis y en la repetición extenuante de determinados conceptos y pasajes. En cuanto a Tolstói, en Kaputt no lo menciona. Sí menciona a Proust. Se me ocurre que Malaparte, que era un megalómano de tomo y lomo, trataba de emular a su manera al autor de En busca del tiempo perdido, retratando determinados círculos sociales y creando una tensión constante entre realidad y ficción, acrecentada por la presencia de un protagonista homónimo del autor. Sin duda estaba convencido de que estaba escribiendo la gran novela sobre la guerra, sobre una guerra que en cierto modo presentía que era todas las guerras.

Pregunta: Me ha sorprendido la fluidez del texto. Servidor se esperaba otra cosa, no una narración cargada de un dominio magistral de la ironía, y por si fuera poco alrededor de hechos reales, aunque quizá convenientemente retocados para no romper el ritmo narrativo. ¿Cuál es la percepción estética que de dicho novelón tienen los lectores actuales en Italia?

Respuesta: Creo que Malaparte ha tenido una reputación parecida en Italia y en España. Cuando se habla de él casi siempre sale a relucir su vinculación al fascismo. Nunca se le ha tenido por un estilista, basta con mirar la bibliografía especializada: de los ensayos citados por Luigi Martellini en la edición de Mondadori, apenas un par se centran en el análisis estrictamente estilístico. No obstante, leyendo las reseñas de la prensa italiana de un año a esta parte parece que la tendencia está cambiando. Tal vez porque pasados los años ya no despierta viejos demonios morales y políticos.

Pregunta: Hablemos de la otra percepción, la política. Malaparte no dejaba de ser un enviado de Il Corriere della Sera al frente oriental. Es decir, la Italia fascista enviaba a un periodista afín (o supuestamente afín) a entrevistarse con autoridades de la talla de Agustín de Foxá, embajador de Franco en Finlandia, o del mismísimo Heinrich Himmler. ¿Cómo se ve todo eso en la Italia actual?

Respuesta: Malaparte correteó por Europa con un cargo a medida: dado que no formaba parte del partido, no podía ejercer como periodista, pero su amigo el ministro Ciano le arregló un puesto de capitán (pues al fin y al cabo era veterano de la Primera Guerra Mundial) adscrito a la Oficina de Prensa del Estado Mayor. Como se ve, estaba muy bien relacionado y supongo que eso le abrió muchas puertas.

Como decía en la pregunta anterior, la percepción política de Malaparte suele ser la del fascista. Era más bien un arribista. Un ejemplo: otro corresponsal, Lino Pellegrini, asegura que al principio Kaputt era una novela proalemana, y que su enfoque cambió al ver que la victoria aliada era inevitable. Todo esto ha hecho que sea un autor incómodo y de difícil adscripción, y esto se nota en la atención relativamente superficial que se le ha dedicado en las historias de la literatura, que como cualquier producto cultural son también expresión de una concepción política. Pero como decía, creo que soplan vientos de cambio.

Pregunta: Malaparte comenzó a escribir Kaputt en Pestchanka (Ucrania) en agosto de 1941 y la terminó en Punta del Massullo (Capri) en septiembre de 1943. El texto está claramente marcado en tanto que memorias de guerra, por no decir que está compartimentado en secciones que son un cuento dentro de otro cuento, a la manera clásica. Hay que mantener en vilo el sentido de la hilación narrativa e imagino que, en ese sentido, la traducción te ha exigido un esfuerzo considerable.

Respuesta: Quisiera aclarar que la datación que da Malaparte en la novela no es exacta, sino un artificio más. Según uno sus biógrafos, Giordano Bruno Guerri, es probable que la redacción se prolongara hasta primavera de 1944. La traducción de Kaputt es ardua por múltiples razones, pero la discontinuidad entre capítulos no ha sido lo peor, en parte porque el autor pone mucho cuidado en que no se pierda la cohesión. Es una novela muy dispersa y a la vez muy orgánica.

Pregunta: ¿Qué planes de futuro tienes? ¿Hay algo más que vayas a publicar en Galaxia Gutenberg? ¿Acaso el mismo de Malaparte pero en catalán?

Respuesta: Yo soy traductor de trinchera, trabajo con lo que me ofrecen; Malaparte fue una iniciativa de Galaxia Gutenberg, no mía. Una feliz coincidencia. Actualmente estoy pendiente de revisar las pruebas de otra de Malaparte, La piel (que debería aparecer próximamente en Galaxia Gutenberg); también estoy traduciendo un ensayo sobre el expolio artístico nazi en Europa y preparando un artículo sobre Malaparte para un congreso. Luego espero tomarme unas vacaciones, que llevo un año y medio con la lengua fuera. Publicar a Malaparte en catalán sigue siendo una tarea pendiente. Ojalá alguien se liara la manta a la cabeza un día de éstos, porque hay traductores excelentes de italiano al catalán que harían una labor infinitamente mejor que la mía.

El mito del topónimo oficial

Algunas entradas se escriben porque el hastío que provocan ciertas situaciones llama pide a gritos una catarsis. Éste es el caso.

En las televisiones españolas, tanto públicas cuanto privadas, se ha impuesto la moda de usar siempre el nombre catalán cuando se habla de cualquier lugar que esté en Cataluña. Es como si pensaran que los catalanes se van a enfadar si lo dicen en castellano (bueno, algunos sí, pero eso da igual). O como si quisieran hacerme un favor. La verdad es que podrían ahorrárselo y pensar con la cabeza, no con el culo. Si hablando en lengua española no usan el nombre malasio o inglés para decir…

“Zapatero está de visita diplomática en Singapura/Singapore

…sino que dicen…

“Zapatero está de visita diplomática en Singapur

…no veo por qué tienen que decir…

“Zapatero ha visitado Lleida

…cuando la frase correcta en lengua española es…

“Zapatero ha visitado Lérida.”

Del mismo modo que yo, cuando hablo catalán, no digo…

“He visitat Thessaloniki

…ni escribo…

“He visitat Θεσσαλονίκη

…sino…

“He visitat Tessalònica.”

Y que yo sepa, ningún griego se ofende. Eso es así porque no existen los topónimos oficiales en un sentido universal sino en una lengua específica. Hay que usar el nombre que pertenezca a la lengua en que se desarrolla el discurso, sea la que sea. Vale ya de hacer el ridículo mezclando cosas para crear falsas estructuras multiculturales que no remiten a nada.

Pleonasmos y procesos ad infinitum

No sé qué pasa pero cada día pongo títulos más raros a las entradas.

A propósito de Un héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov, comenté que el traductor había usado el verbo ‘semientornar’ en una frase:

“A través de sus pestañas semientornadas […]” [Nórdica Libros y traducción de Luis Abollado Vargas; página 93.]

El problema no es que el verbo no exista sino que no significa nada. ‘Entornar’ ya quiere decir ‘entrecerrar’, de modo que el ‘semi’ sobra sintácticamente, por no decir que además queda fatal.

Eso me llevó a una palabra que sí existe oficialmente pero que tampoco significa nada, y que se usa de continuo. Es el substantivo ‘precalentamiento’ (curiosamente el DRAE no da por existente el verbo ‘precalentar’), mencionado en las retransmisiones deportivas. No hace falta ser deportista o haber practicado asiduamente deporte alguno para darse cuenta de que el acto al cual nos referimos mediante ese substantivo es, en realidad, el calentamiento. Un futbolista calienta antes de saltar al campo para así evitar lesiones; lo que no hace es precalentar, dado que estaría calentando para calentar antes de jugar. Absurdo y regresivo. Si continuamos así, terminaremos diciendo que el jugador anteprecalienta, y luego que proanteprecalienta, etc. Nos remitiremos al infinito en una acción interminable de calentamiento eterno.

Entre Oriente y Occidente

Cuando uno se aburre, se pone a pensar en gilipolleces y termina escribiendo entradas como ésta.

En español tenemos dos verbos que se remontan al verbo latino ‘orior’ (‘levantarse’, ‘salir’, ‘empezar’): ‘orientar’ y ‘orientalizar’. Son verbos creados no directamente del verbo latino sino a partir del substantivo castellano ‘oriente’, que se refiere al punto por donde sale el sol. Llama la atención que nos orientemos en cualquier dirección usando un verbo que se refiere específicamente al este. Es decir, no nos occidentalizamos, ya que ese verbo, como ‘orientalizar’, tiene otro significado, a saber: adoptar una forma de vida occidental u oriental.

Así, del verbo ‘occido’ generado a partir de ‘ob’ + ‘cado’ (no del que nace de ‘ob’ + ‘cædo’, cuyo significado es otro), que significa ‘caer al suelo’ o ‘declinar’, tenemos sólo un verbo mientras que de ‘orior’ tenemos dos. Exactamente lo mismo sucede en griego moderno, inglés y catalán, e imagino que en otras lenguas que no conozco.

Cabe añadir que en griego e inglés la cosa tiene su miga. Iré por partes, pero rápido para no agobiar:

En griego hay un verbo más, ‘τουρκεύω’ (turkevo), que naturalmente significa que uno se hace turco tanto de religión (islam) como costumbres. Está claro que no es lo mismo que orientalizarse, en buena parte porque Grecia ya es Oriente, o la frontera, pero algo de eso hay.

En inglés hay duplicados semánticos porque, estructuralmente, no deja de ser una lengua germánica que ha adoptado masivamente vocabulario latino. Así, tenemos las raíces latinas:

Orient. Como verbo, ‘orientar’; como sustantivo, ‘oriente’; como adjetivo, ‘lustroso’.
Orientalize. Como verbo, ‘orientalizar’.
Occident. Como sustantivo, ‘occidente’.
Occidentalize. Como verbo, ‘occidentalizar’.

Y las germánicas:

East. Como sustantivo, ‘este’. Danés y noruego ‘øst’, holandés ‘oost’, alemán ‘Osten’, sueco ‘öst’, islandés ‘austur’, .
Easternize. Como verbo, ‘orientalizar’.
West. Como sustantivo, ‘oeste’. Danés y noruego ‘vest’, holandés ‘west’, alemán ‘Westen’, sueco ‘väster’, islandés ‘vestur’.
Westernize. Como verbo, ‘occidentalizar’.

Romanticismo y realismo en Lérmontov

La semana pasada, al reseñar Un héroe de nuestro tiempo, toqué brevemente el atisbo de transición de romanticismo a realismo que quizá esté presente en Lérmontov. Profundizando en el asunto, refiero un pasaje muy divertido que el autor pone en boca del protagonista, Pechorin, quien se está preparando para satisfacer su honor a través de un duelo:

“Doctor, ¿quiere que le muestre mi alma al desnudo? –le respondí–. Mire, ya estoy fuera de esa edad en que se muere con el nombre de la amada en los labios y legando a un amigo un mechón de cabellos engominados o sin engominar. Pensando en la muerte, próxima y posible, pienso solamente en mí mismo; otros no hacen ni siquiera eso. Los amigos me olvidarán mañana o, peor aún, contarán de mí Dios sabe qué infundios. Las mujeres, abrazando a otro, se reirán de mí, para no despertar celos hacia el difunto.” [Páginas 211-212, traducción de Luis Abollado Vargas.]

Dice mucho de Lérmontov que plasmase, ya en aquellos tiempos, la decadencia de la imaginería romántica en términos de nombres susurrados durante la agonía postrera o pelos horteramente engominados, como los llevan tantos políticos españoles. Puesto a susurrar, y no a caballos, me quedo con “Rosebud”.

El prólogo como epílogo

Hablando acerca de no sé qué con un amigo, se me adelantó en lo que le iba a confesar: si el prólogo de un libro es largo, lo leo al final. Es decir, lo tomo como epílogo. Prefiero entrar a todo trapo, extraer mis conclusiones y confrontar a la postre con lo que el prologuista haya aseverado.

De ahí que me hiciera gracia encontrar estas palabras de Lérmontov en el prólogo a su propia novela Un héroe de nuestro tiempo:

“El prólogo es, a un tiempo, lo primero y lo último de todo libro. Tiende a explicar el objetivo de la obra, o bien a justificarla y a responder a la crítica. Pero el propósito moral y las diatribas periodísticas suelen tener sin cuidado a los lectores. De ahí que no lean los prólogos.” [Página 27, traducción de Luis Abollado Vargas]

El texto continúa con una brillantez destacable, pero quien quiera más, ya sabe qué debe hacer. Editorial Nórdica y 16,5€.