The Arabian Nights

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Cormac McCarthy en su otro camino

Recupero un artículo que escribí a la sazón para Factual. No deja de ser un esbozo de otro artículo, inacabado y más extenso, que escribí al cabo de dos años para el Cormac McCarthy Journal.

Hoy se estrena La carretera, película basada en la última novela del estadounidense Cormac McCarthy. Que un escritor que siempre deambuló por otras latitudes se volcara de pronto en la redacción de una obra de terror postapocalíptica sorprendió a más de uno, por no decir que a todos. Cosas del genio. Y es que dicho libro está llamado a consagrarse como un clásico no ya del género sino de la literatura universal.

Es peligroso en muchos sentidos que, a estas alturas de la película (y nunca mejor dicho), un veterano como McCarthy se descuelgue con una novela de este tipo. No sé qué le pasó por la cabeza a su agente, pero es posible que estuviera temblando. Mas en vano, dado que le cayó el Pulitzer de Ficción en 2007 y merecidamente. Es un prodigio que todavía se pueda exprimir, y con tal maestría, el fin de la humanidad, por más que en la novela no se explique el motivo. Las cenizas omnipresentes remiten a una guerra nuclear nunca mencionada, y la desaparición de todos los animales nos vincula patológicamente a Sueñan los androides con ovejas eléctricas, de Philip K. Dick (la base del clásico Blade Runner), y a una película que marcó la infancia de más de uno, servidor incluido: Naves silenciosas, también conocida como Naves misteriosas (mejor el original, Silent running, de 1972).

La carretera ha sido bien valorada por todos los sectores en términos generales, lo que demuestra su transversalidad. Es una obra tanto para el lector de Tolstói cuanto para el de Joe Haldeman. Es cierto que ha tenido alguna que otra mala crítica. Sin embargo, los argumentos me parecen injustificados. No es exagerado, por ejemplo, que los protagonistas, padre e hijo pequeño, recorran en dirección al océano los restos de los Estados Unidos por lo que fue una carretera estatal, al mismo tiempo que se ocultan de las bandas de caníbales pederastas que desean pasar con ellos un rato muy poco tolerante y democrático. Casi que yo haría lo mismo. Y diré más: si hay alguna manera novelesca de retratar el Apocalipsis hoy día es justamente ésa. La extinción de la vida y el silencio aterrador acerca de los motivos por los cuales todo termina no hacen sino transmitirle a la obra un lejano pero perceptible eco teológico. Como si Dios hubiera apagado la luz, hastiado de nosotros.

Queda para la Historia de la Literatura un parágrafo final de una brillantez pocas veces vista. Como ocurre con Soy leyenda, de Richard Matheson, la referencia a un pasado reciente ya cristalizado en pretérito anterior escinde el texto para darle el último toque, la compleción del sentido total. Acaso diría Walter Benjamin que es una carretera de dirección única.

Otra nota acerca de El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald

Como ya he explicado en otras entradas, incluso las obras maestras tienen detalles fuera de lugar, elementos inexplicables que no vienen al caso. Hacia el final de El gran Gatsby nos encontramos este parágrafo (negritas mías):

«”You’re revolting,” said Daisy. She turned to me, and her voice, dropping an octave lower, filled the room with thrilling scorn: “Do you know why we left Chicago? I’m surprised that they didn’t treat you to the story of that little spree.”».

¿A qué viene esa información tan irrelevante como absurda? Además, ¿justamente una octava? Qué precisión.

Notas acerca de El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald

Incluso las obras maestras que han marcado una época tienen puntos oscuros que un editor de altos vuelos debería haber localizado y discutido con el autor.

Un ejemplo de libro (nunca mejor dicho) en The Great Gatsby de Fitzgerald lo hallamos cuando Gatsby, su amor eterno Daisy y el amigo narrador están en casa del primero, quien empieza a hablar de sus camisas de importación mientras las tira sobre una mesa:

«Suddenly, with a strained sound, Daisy bent her head into the shirts and began to cry stormily.

“They’re such beautiful shirts,” she sobbed, her voice muffled in the thick folds. “It makes me sad because I’ve never seen such — such beautiful shirts before.”»

Me quedé alucinado. ¿A qué viene una escena tan ridícula en un clasicazo como éste? ¿Por qué Daisy tiene que llorar por la belleza de unas camisas? Primero, es incomprensible que Fitzgerald escribiera algo así. Segundo, es más incomprensible aún que nadie le llamara la atención al respecto.

Regocijo francés

Cuenta Evelyn Waugh, por boca del protagonista de la novela Brideshead Revisited, que a mediados de los años 20 los franceses se reían de las huelgas y del malestar social en el Reino Unido:

“It was the topic of Paris. The French, exultant as always at the discomfiture of their former friends, and transposing into their own precise terms our mistier notions from across the Channel, foretold revolution and civil war. Every evening the kiosks displayed texts of doom, and, in the cafés, acquaintances greeted one half-derisively with: ‘Ha, my friend, you are better off here than at home, are you not?’ until I and several friends in circumstances like my own came seriously to believe that our country was in danger and that our duty lay there.”

Uno se malicia que los franceses siguieron riendo hasta 1939.

Reseña breve de Las doce sillas, de Ilf y Petrov

Os voy a contar un chiste.

Esto es un barcelonés que compra libros. Al cabo de casi trece años, se da cuenta de que no los ha leído.

No, no era un chiste. De hecho, la solapa conserva la etiqueta pegada: “La Central, 08/07/2000, 3.800 pts/22,84 €”. Aún te cobraban en cifras como 22,84€.

A lo que iba. Ilf y Petrov, o lo que es lo mismo, Iliá Arnóldovich Fáinzilberg (1897-1937) y Yevgueni Petróvich Katáyev (1903-1942), nacieron en Odesa y se dedicaron tanto al periodismo como a la novela satírica. No he leído que sufrieran bajo el estalinismo, por lo que deduzco que tuvieron más suerte que otros de sus colegas.

La trama de Las doce sillas (Acantilado) gira alrededor de tres estafadores que quieren hacerse con las joyas que una aristócrata rusa ocultó en una de las sillas que dan título al libro para que no cayeran en manos de los bolcheviques. Supongo que en ruso y en su momento (1928) sería la leche, pero para mi gusto la obra ha envejecido lo justo para que se quede en divertida, no muy divertida. Además, hay cosas que no sé cómo cogerlas: ¿son errores de traducción de Helena-Diana Moradell? Por ejemplo, en la página 168 leemos:

“El rostro de Gavrilin se parecía a un nabo bien cepillado. Sus ojos estaban llenos de malicia.”

Lo de cepillar un nabo no lo pillo, y desde luego la segunda frase está mal porque en español lo correcto sería “tenía los ojos llenos de malicia” u otra fórmula parecida que evitase el uso impropio de pronombres posesivos. De todos modos, el texto fluye bien a grandes rasgos.

Reconozco que veía venir, hasta cierto punto, el final, no en los detalles sino en las líneas más generales. No obstante, ciertos giros argumentales me han sorprendido gratamente, toda vez que me temía que los autores hubieran caído en convencionalismos. Concluyo: recomendable.

La función de los taxis franceses en la Primera Guerra Mundial

Lajos Zilahy es uno de los clásicos húngaros que han caído en el olvido. Nació en la austrohúngara Nagyszalonta, actualmente la rumana Salonta, en 1891 y murió en Yugoslavia en 1974. Es decir, vivió entre Miklós Bánffy, clara influencia, y Sándor Márai.

Por lo que entendí de la lectura de Los Dukay (Alfaguara), la influencia de Bánffy sobre Zilahy se limita a la construcción de grandes estructuras narrativas que explican, mezclando historia con personajes de ficción, el devenir de Hungría a lo largo de los años o incluso de los siglos. Así, Bánffy redactó la “Trilogía transilvana”, compuesta por las novelas Los días contados, Las almas juzgadas y El reino dividido (superventas de la editorial Libros del Asteroide), mientras que Zilahy, centrándose en la familia ficticia y alcurniada de los Dukay, hizo lo propio pergeñando una trilogía cuyo segundo volumen se titula, precisamente, Los Dukay. Creo que las dos partes restantes están disponibles en español, pero no en Alfaguara sino en Funambulista.

La diferencia más clara entre Zilahy y Bánffy es que el primero tiene un sentido del humor mucho más incisivo, y vive Dios que lo muestra sin pelos en la lengua a lo largo de la novela. Sin embargo, el propósito de esta entrada no es la gracia narrativa indiscutible de Zilahy sino un comentario que el narrador omnisciente hace a propósito de la reacción francesa a la invasión alemana al inicio de la Primera Guerra Mundial:

“Recordando los comienzos de la Primera Guerra Mundial, debemos tener en cuenta que fueron los taxis de París los que, transportando las tropas francesas con la infatigable laboriosidad de las hormigas, detuvieron la maravillosa máquina militar de los alemanes cuando se dirigían hacia la capital de Francia.” [Página 120, traducción de Ferenc Oliver Brachfeld.]

Reseña de Vida de una mujer amorosa, de Ihara Saikaku

“Los antiguos decían: una mujer hermosa destroza la vida como un hacha”. ¿Cómo te vas a resistir a una novela que empieza así?

Sexto Piso ha tenido el acierto de publicar este clásico nipón del siglo XVII, desconocido para mí. Celebro los arrestos del editor, dado que los tiempos actuales no aparentan ser especialmente propicios para ponerse a imprimir una novela de Ihara Saikaku (1642-1693) acerca de la prostitución japonesa de la época.

La obra, de 241 páginas, se divide en seis libros divididos a su vez en varios capítulos. El armazón narrativo es maravilloso y entiendo que muy avanzado para la época, toda vez que aun cuando estemos hablando de un texto redactado hace más de trescientos años, le da mil vueltas a las payasadas que se publican mientras escribo estas líneas. El primer narrador, quizá más fantasmagórico que omnisciente, es un tipo que sigue a dos jóvenes por la calle para descubrir que visitan a una antigua prostituta, anciana ya, quien tomará el mando de la narración al mismo tiempo que el susodicho fantasma (¿acaso Ihara Saikaku en persona?) se desvanece para siempre.

A partir de aquí viviremos las aventuras y desventuras de una mujer metida a prostituta desde su adolescencia, algo al parecer habitual en el Japón de la época, si tenemos que tomarnos la obra como lo que parece ser: un fiel estudio sociológico de aquellos lares y tiempos. Sin ser demasiado explícito ni caer en vulgaridades, Saikaku disecciona los usos y costumbres del mundo de la prostitución nipona: cuántas castas había, qué cobraban, cómo se camelaban a los clientes, cómo se vestían, etc.

Mención aparte merece la construcción del personaje principal. Uno esperaría, quizá por contaminación narrativa contemporánea, que se presentara a la chica como víctima del sistema, empujada a una vida que en realidad no la satisface. Sin embargo, lo que tenemos entre manos es un pendón de primera que disfruta acostándose por dinero, regalos o posibilidad de ascenso social con quien sea necesario. En este sentido, se trata de una trepa pata negra y con mucha mala leche.

Cabe destacar que parte de la gracia de esta edición recae en las ilustraciones (que nadie se espante ni se entusiasme: no reproducen escenas sexuales). De ahí que no entienda por qué no hay información alguna sobre su procedencia. ¿De quién son? ¿De dónde han salido?

Traducción directa del japonés y casi excelente de Daniel Santillana, también responsable de las notas a pie de página. Las justas para iluminar al lector sin cansarlo.

Propuestas de lectura para profesores desesperados y adultos desorientados

Ya escribí una entrada como esta hace años, pero es hora de actualizarla.

Después de dar clases de español en Tesalónica y de volver a Barcelona para doctorarme, mi única experiencia como maestro ha sido en Singapur dando clases de Filosofía en parvularios y escuelas primarias y secundarias tanto públicas cuanto concertadas. Acullá la educación funciona mucho mejor que en España, concluyo no ya de lo que revela el informe PISA (Singapur está entre los cinco mejores países del mundo) sino de lo que me cuentan conocidos y amigos del ramo, por no mencionar a una pariente que es maestra en la primaria catalana.

Una de las capacidades que se ha degradado más en los años últimos es la lectura, y eso me toca muy de cerca. Dado que he sido en general un autodidacta por motivos que ahora no vienen al caso, he elegido mal en demasiadas ocasiones. Durante mi adolescencia casi nadie con criterio me orientó jamás. Eso conlleva inevitablemente perder el tiempo y el dinero en tonterías, en libros que no hay que leer del mismo modo que no dedicarías ni cinco minutos a tomar un café con determinados indeseables. Tenemos poco tiempo en este valle de lágrimas y mejor que lo aprovechemos con lecturas óptimas, las que te hacer exclamar “¡Joder, esto es la leche!”.

Quizá por eso alguien esté tentado de apostillar que algunos de los títulos que sugiero son obviedades. También dijo Núñez a mediados de los 90 que los fichajes propuestos por Cruyff eran tan evidentes que coincidirían con los que pediría su portera. Más a mi favor, puesto que los clásicos que hay que leer son precisamente los que se leen menos o, en el peor de los casos, no se leen ya. Es decir, los de toda la vida. Los obvios. Los que han creado el mundo en que vivimos aun cuando no lo sepamos: conducta quijotesca, situación kafkiana, vivir una odisea, horror lovecraftiano, esto es de ciencia ficción (y sin embargo, ahí estamos tecnológicamente), etc.

Otro motivo de peso para leer a los clásicos es que ayudan a ver, por un lado, cómo se conectan y se influyen mutuamente los narradores vivos y muertos (quien no haya bebido de James Joyce encontrará a Don DeLillo absolutamente opaco, por ejemplo), y por otro lado hasta qué punto muchos escritores actuales nos están vendiendo la moto. Una moto que no deja de ser una copia estropeada, toda vez que como el original no hay nada. Entiéndase: quien no haya pasado por C.S. Lewis ni por Tolkien creerá que J.K. Rowling ha inventado algo; quien no haya leído a Bram Stoker pensará que Stephenie Meyer ha roto moldes con la saga “Crepúsculo”, etc.

En suma, redacto esta entrada como ayuda para quien se sienta literariamente desnortado o se atribule por la adecuación de las lecturas de sus alumnos o hijos. Soy consciente de que tenemos nuestros gustos, de que cada uno es cada cual y de que las listas inferiores no serán del agrado de todos, pero menos da una piedra. Me permito el lujo de recomendar novelas de calidad, clásicas o no, que ayuden a los profesores en la instrucción adecuada de los alumnos y a los padres en la educación literaria de la progenie. Sobra decir que quien hable la lengua original no debería leer una traducción, y que todas las obras que propongo son asimismo recomendables para adultos que se sientan perdidos ante el exceso de oferta y, por qué no decirlo claramente, de bazofia en las librerías.

Ténganse también en cuenta dos cosas: primero, que muchas de estas obras están disponibles en lenguas, traducciones y ediciones varias, de modo que ni doy siempre referencias ni sé, en todos los casos, si la versión es buena; segundo, que los pocos vínculos que he añadido llevan a reseñas que publiqué en el blog hace tiempo.

Dicho eso, divido en cuatro tramos. Sólo novelas, que si nos liamos con otros géneros y especies no terminaremos nunca:

11-12 años

  • La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta). Buena traducción.
  • La isla del tesoro, de R.L. Stevenson (Valdemar). Buena traducción.
  • Kim, de Rudyard Kipling.
  • La máquina del tiempo o La guerra de los mundos, de H.G. Wells. RBA ha publicado un volumen con ésos y los otros dos clásicos de Wells: La isla del Doctor Moreau y El hombre invisible.
  • Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (Valdemar). Traducción del mismísimo Julio Cortázar, quien también tradujo los cuentos de Edgar Allan Poe.
  • Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift (Valdemar). Buena traducción.
  • Soy un gato o Botchan, de Natsume Soseki (Impedimenta). Mejor ambas. Buenas traducciones.
  • El Hobbit, de J.R.R. Tolkien. Y si gusta, procédase con la trilogía de “El Señor de los Anillos”.
  • “Las Crónicas de Narnia”, de C.S. Lewis. Son siete libritos, por orden: El sobrino del mago, El león, la bruja y el armario, El caballo y el muchacho, El Príncipe Caspian, La travesía del Viajero del Alba, La silla de plata y La última batalla.
  • El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.
  • La vuelta al mundo en ochenta días, de Jules Verne. Homo Legens publicó una buena edición ilustrada.
  • El festín de Babette, de Isak Dinesen (Nórdica). La de Nórdica es una versión ilustrada muy bien pergeñada. Buena traducción del inglés (aunque danesa, la autora usaba el inglés con frecuencia).
  • Constandina y las telarañas, de Alki Zei (Lóguez). Buena traducción del griego moderno, a pesar de que la cita inicial esté inexplicablemente mal traducida. La traducción inglesa es brillante y se titula Tina’s Web.
  • ¡Rumbo a poniente!, de Charles Kingsley (Rey Lear). Edición ilustrada. Buena traducción.
  • Oliver Twist, de Charles Dickens.
  • “Las novelas de D’Artagnan”, de Alexandre Dumas (Edhasa). Es la trilogía compuesta por Los tres mosqueteros, Veinte años después y El Vizconde de Bragelonne.

13-14 años

  • Jadzhi Murat y El cupón falso, de Lev Tolstói (Nórdica). Dos novelas breves en un volumen. Buena traducción.
  • Frankenstein, de Mary Shelley (Valdemar). La obra que fundó la ciencia ficción. Buena traducción.
  • ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. La novela que dio nacimiento a Blade Runner.
  • Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (Anagrama). Distopía quizá inspirada en la anterior. El original es en lengua inglesa ya que el autor se crió en el Reino Unido.
  • Bajo la mirada de Occidente, de Joseph Conrad (Rey Lear). Una de las obras fundacionales del género del espionaje. Buena traducción.
  • Rojo y negro, de Stendhal (Cátedra). Buena traducción.
  • El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft (Valdemar). La única novela que publicó el maestro del horror. Buena traducción.
  • El juego de Ender, de Orson Scott Card. Clásico de la ciencia ficción. La película llegará a finales de año.
  • El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de R.L. Stevenson (Valdemar). Buena traducción.
  • Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell. Tiene que ser una edición adaptada ortográficamente a los usos actuales, especialmente si se lee el original valenciano.
  • El Quijote, de Miguel de Cervantes (Cátedra). Creo que ésta es una edición adaptada ortográficamente a los usos actuales.
  • Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio (Destino). La primera de las cuatro novelas del autor.
  • Roger de Flor, de Kostas Kyriazís (Plataforma; la cubierta del libro no le hace justicia). Los almogávares bajo el punto de vista del gran autor de novela histórica griega durante el siglo pasado. A lo largo de su carrera, Kyriazís ganó dos veces el Premio de la Academia Griega a la Mejor Novela y una vez el Premio Nacional a la Mejor Novela. Buena traducción del griego moderno.
  • El Stradivarius perdido, de John Meade Falkner (Valdemar). Buena traducción.
  • El camino, de Miguel Delibes (Destino).
  • Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.
  • Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
  • Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

15-16 años

  • Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear). Traducción mía. Se usó durante tres años como lectura obligatoria en una escuela secundaria concertada de Barcelona con resultados excelentes.
  • Lord Jim, de Joseph Conrad. La segunda novela de Conrad con el personaje de Charles Marlow como conarrador.
  • La ciencia del adiós, de Elisabetta Rasy (Alianza). Novela imprescindible acerca de la represión comunista en la URSS contra los escritores desafectos al régimen. En este caso, el protagonista es el poeta Ósip Mandelstam, fenecido en un campo de concentración en 1938. Buena traducción del italiano.
  • La luz que se apaga/La luz fallida, de Rudyard Kipling (El Cobre/El Olivo Azul). La primera novela de Kipling ya muestra su sentido de la aventura y del arrojo. Buenas traducciones.
  • Los santos inocentes, de Miguel Delibes (Destino).
  • Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Clásico distópico.
  • Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Clásico distópico.
  • El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Obra cumbre del Esteticismo. Galaxia Gutenberg publicó una versión ilustrada espectacular e ideal para regalar únicamente a quien la merezca. Buena traducción.
  • El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.
  • El último encuentro, de Sándor Márai.
  • Carta de una desconocida o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig (Acantilado). Mejor ambas. Buenas traducciones. Después de publicar todas las novelas de Zweig por separado, Acantilado las ha juntado en un único volumen.
  • El Doctor Zhivago, de Borís Pasternak (Cátedra). Buena traducción.
  • Flores para Algernon, de Daniel Keyes. Clásico de la ciencia ficción que sorprende desde la primera línea. Es un libro muy difícil de traducir por motivos que no voy a revelar y quiero suponer que se hizo bien.
  • El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (Destino). La segunda novela del autor. Cambió radicalmente de estilo.
  • Bearn, también conocida como La sala de les nines, de Llorenç Villalonga. La traducción española hecha por el propio autor se publicó antes que el original mallorquín.
  • El castillo, de Franz Kafka (hay al menos dos traducciones al español: Valdemar y Cátedra).
  • El Golem, de Gustav Meyrink (Valdemar). Clásico del ensueño y la irrealidad. Buena traducción del alemán.
  • Solaris, de Stanisław Lem (Impedimenta). Obra mayor de la ciencia ficción con dos adaptaciones cinematográficas fallidas. Buena traducción del polaco.
  • Moby-Dick, de Herman Melville (Valdemar). Edición ilustrada. Buena traducción.
  • De ratones y hombres, de John Steinbeck. Es especialmente difícil de traducir y supongo que se ha hecho bien.
  • El día de los trífidos, de John Wyndham. Clásico turbador de la ciencia ficción.
  • Las aventuras del buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek (Galaxia Gutenberg). Clásico checo. Edición ilustrada.

17-18 años

  • La asesina, de Aléxandros Papadiamandis (Periférica). Buena traducción de la cazarévusa. Hay dos traducciones catalanas, obviamente tituladas L’assassina. La mejor es la publicada por la editorial El Tall.
  • El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. Clásico modernista sexualmente escandaloso en su momento (1928).
  • Mil novecientos ochenta y cuatro o Rebelión en la granja, de George Orwell. Mejor ambas.
  • Tres manzanas cayeron del cielo, de Micheline Aharonian (El Cobre). Rareza literaria postmoderna acerca del Genocidio Armenio a manos de turcos y kurdos. Buena traducción del inglés.
  • Negro, de Olivier Pauvert (Mondadori). Novela distópica sorprendente. Buena traducción del francés.
  • Un puente sobre el Drina, del Premio Nobel Ivan Andrić.
  • Crimen y castigo o Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski. Mejor ambas.
  • El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. La primera novela de Conrad con el personaje de Charles Marlow como conarrador. Galaxia Gutenberg publicó una edición ilustrada.
  • La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets). Buena traducción del francés.
  • El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama). Buena traducción del serbocroata.
  • Tots tres surten per l’Ozama, de Vicenç Riera Llorca (Edicions 62).
  • El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Cátedra). Comparte tema con la antedicha Bearn (la decadencia de la aristocracia isleña mediterránea) mas la mallorquina se escribió antes.
  • Drácula, de Bram Stoker (Cátedra). Buena traducción.
  • Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
  • El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža (Minúscula). Clásico croata. Buena traducción.
  • El proceso, de Franz Kafka (hay al menos dos traducciones al español: Valdemar y Cátedra).
  • Amor y basura, de Ivan Klíma (Acantilado). Clásico checo reprimido por los comunistas. No tiene mucho sentido leerlo si no se ha leído antes a Kafka. Buena traducción.
  • La obra, de Émile Zola (Mondadori). Buena traducción.
  • Las desventuras del joven Werther, de J.W. von Goethe.
  • Anna Karénina o Guerra y paz, de Lev Tolstói. Mejor ambas. Recuérdese que el 2% de Guerra y paz está escrito en francés. Una buena edición conservará el texto con notas a pie de página.
  • El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Clásico ruso que se erige en alegoría del estalinismo.
  • Madame Bovary, de Gustave Flaubert. La traducción publicada por la editorial Alba se titula La señora Bovary.
  • Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Refleja a la perfección la Cataluña de las postrimerías del franquismo.
  • El halcón maltés, de Dashiell Hammett. Clásico del género negro.
  • El sueño eterno, de Raymond Chandler. Clásico negro influido por el antedicho. Es la primera novela de una serie con el mismo protagonista, Philip Marlowe.
  • El señor de las moscas, del Premio Nobel William Golding. El lado oscuro de Robinson Crusoe.

Bonus tracks

Los buenos lectores adultos de terror y ciencia ficción deberían pasar por los tres libros siguientes, y por este orden: La Guerra de las Salamandras, de Karel Čapek (la edición inglesa de la Northwestern University Press, titulada War with the Newts, es excelente, con prólogo del grandísimo Ivan Klíma); Soy leyenda, de Richard Matheson; La piel fría, de Albert Sánchez Piñol (el original catalán es La pell freda). Sin restarle originalidad, el último es una especie de mezcla excelentemente tramada y muy cruda de los dos clásicos antedichos.