Propuestas de lectura para profesores desesperados y adultos desorientados

Ya escribí una entrada como esta hace años, pero es hora de actualizarla.

Después de dar clases de español en Tesalónica y de volver a Barcelona para doctorarme, mi única experiencia como maestro ha sido en Singapur dando clases de Filosofía en parvularios y escuelas primarias y secundarias tanto públicas cuanto concertadas. Acullá la educación funciona mucho mejor que en España, concluyo no ya de lo que revela el informe PISA (Singapur está entre los cinco mejores países del mundo) sino de lo que me cuentan conocidos y amigos del ramo, por no mencionar a una pariente que es maestra en la primaria catalana.

Una de las capacidades que se ha degradado más en los años últimos es la lectura, y eso me toca muy de cerca. Dado que he sido en general un autodidacta por motivos que ahora no vienen al caso, he elegido mal en demasiadas ocasiones. Durante mi adolescencia casi nadie con criterio me orientó jamás. Eso conlleva inevitablemente perder el tiempo y el dinero en tonterías, en libros que no hay que leer del mismo modo que no dedicarías ni cinco minutos a tomar un café con determinados indeseables. Tenemos poco tiempo en este valle de lágrimas y mejor que lo aprovechemos con lecturas óptimas, las que te hacer exclamar “¡Joder, esto es la leche!”.

Quizá por eso alguien esté tentado de apostillar que algunos de los títulos que sugiero son obviedades. También dijo Núñez a mediados de los 90 que los fichajes propuestos por Cruyff eran tan evidentes que coincidirían con los que pediría su portera. Más a mi favor, puesto que los clásicos que hay que leer son precisamente los que se leen menos o, en el peor de los casos, no se leen ya. Es decir, los de toda la vida. Los obvios. Los que han creado el mundo en que vivimos aun cuando no lo sepamos: conducta quijotesca, situación kafkiana, vivir una odisea, horror lovecraftiano, esto es de ciencia ficción (y sin embargo, ahí estamos tecnológicamente), etc.

Otro motivo de peso para leer a los clásicos es que ayudan a ver, por un lado, cómo se conectan y se influyen mutuamente los narradores vivos y muertos (quien no haya bebido de James Joyce encontrará a Don DeLillo absolutamente opaco, por ejemplo), y por otro lado hasta qué punto muchos escritores actuales nos están vendiendo la moto. Una moto que no deja de ser una copia estropeada, toda vez que como el original no hay nada. Entiéndase: quien no haya pasado por C.S. Lewis ni por Tolkien creerá que J.K. Rowling ha inventado algo; quien no haya leído a Bram Stoker pensará que Stephenie Meyer ha roto moldes con la saga “Crepúsculo”, etc.

En suma, redacto esta entrada como ayuda para quien se sienta literariamente desnortado o se atribule por la adecuación de las lecturas de sus alumnos o hijos. Soy consciente de que tenemos nuestros gustos, de que cada uno es cada cual y de que las listas inferiores no serán del agrado de todos, pero menos da una piedra. Me permito el lujo de recomendar novelas de calidad, clásicas o no, que ayuden a los profesores en la instrucción adecuada de los alumnos y a los padres en la educación literaria de la progenie. Sobra decir que quien hable la lengua original no debería leer una traducción, y que todas las obras que propongo son asimismo recomendables para adultos que se sientan perdidos ante el exceso de oferta y, por qué no decirlo claramente, de bazofia en las librerías.

Ténganse también en cuenta dos cosas: primero, que muchas de estas obras están disponibles en lenguas, traducciones y ediciones varias, de modo que ni doy siempre referencias ni sé, en todos los casos, si la versión es buena; segundo, que los pocos vínculos que he añadido llevan a reseñas que publiqué en el blog hace tiempo.

Dicho eso, divido en cuatro tramos. Sólo novelas, que si nos liamos con otros géneros y especies no terminaremos nunca:

11-12 años

  • La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta). Buena traducción.
  • La isla del tesoro, de R.L. Stevenson (Valdemar). Buena traducción.
  • Kim, de Rudyard Kipling.
  • La máquina del tiempo o La guerra de los mundos, de H.G. Wells. RBA ha publicado un volumen con ésos y los otros dos clásicos de Wells: La isla del Doctor Moreau y El hombre invisible.
  • Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (Valdemar). Traducción del mismísimo Julio Cortázar, quien también tradujo los cuentos de Edgar Allan Poe.
  • Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift (Valdemar). Buena traducción.
  • Soy un gato o Botchan, de Natsume Soseki (Impedimenta). Mejor ambas. Buenas traducciones.
  • El Hobbit, de J.R.R. Tolkien. Y si gusta, procédase con la trilogía de “El Señor de los Anillos”.
  • “Las Crónicas de Narnia”, de C.S. Lewis. Son siete libritos, por orden: El sobrino del mago, El león, la bruja y el armario, El caballo y el muchacho, El Príncipe Caspian, La travesía del Viajero del Alba, La silla de plata y La última batalla.
  • El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle.
  • La vuelta al mundo en ochenta días, de Jules Verne. Homo Legens publicó una buena edición ilustrada.
  • El festín de Babette, de Isak Dinesen (Nórdica). La de Nórdica es una versión ilustrada muy bien pergeñada. Buena traducción del inglés (aunque danesa, la autora usaba el inglés con frecuencia).
  • Constandina y las telarañas, de Alki Zei (Lóguez). Buena traducción del griego moderno, a pesar de que la cita inicial esté inexplicablemente mal traducida. La traducción inglesa es brillante y se titula Tina’s Web.
  • ¡Rumbo a poniente!, de Charles Kingsley (Rey Lear). Edición ilustrada. Buena traducción.
  • Oliver Twist, de Charles Dickens.
  • “Las novelas de D’Artagnan”, de Alexandre Dumas (Edhasa). Es la trilogía compuesta por Los tres mosqueteros, Veinte años después y El Vizconde de Bragelonne.

13-14 años

  • Jadzhi Murat y El cupón falso, de Lev Tolstói (Nórdica). Dos novelas breves en un volumen. Buena traducción.
  • Frankenstein, de Mary Shelley (Valdemar). La obra que fundó la ciencia ficción. Buena traducción.
  • ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. La novela que dio nacimiento a Blade Runner.
  • Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro (Anagrama). Distopía quizá inspirada en la anterior. El original es en lengua inglesa ya que el autor se crió en el Reino Unido.
  • Bajo la mirada de Occidente, de Joseph Conrad (Rey Lear). Una de las obras fundacionales del género del espionaje. Buena traducción.
  • Rojo y negro, de Stendhal (Cátedra). Buena traducción.
  • El caso de Charles Dexter Ward, de H.P. Lovecraft (Valdemar). La única novela que publicó el maestro del horror. Buena traducción.
  • El juego de Ender, de Orson Scott Card. Clásico de la ciencia ficción. La película llegará a finales de año.
  • El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, de R.L. Stevenson (Valdemar). Buena traducción.
  • Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell. Tiene que ser una edición adaptada ortográficamente a los usos actuales, especialmente si se lee el original valenciano.
  • El Quijote, de Miguel de Cervantes (Cátedra). Creo que ésta es una edición adaptada ortográficamente a los usos actuales.
  • Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio (Destino). La primera de las cuatro novelas del autor.
  • Roger de Flor, de Kostas Kyriazís (Plataforma; la cubierta del libro no le hace justicia). Los almogávares bajo el punto de vista del gran autor de novela histórica griega durante el siglo pasado. A lo largo de su carrera, Kyriazís ganó dos veces el Premio de la Academia Griega a la Mejor Novela y una vez el Premio Nacional a la Mejor Novela. Buena traducción del griego moderno.
  • El Stradivarius perdido, de John Meade Falkner (Valdemar). Buena traducción.
  • El camino, de Miguel Delibes (Destino).
  • Cumbres borrascosas, de Emily Brontë.
  • Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
  • Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

15-16 años

  • Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear). Traducción mía. Se usó durante tres años como lectura obligatoria en una escuela secundaria concertada de Barcelona con resultados excelentes.
  • Lord Jim, de Joseph Conrad. La segunda novela de Conrad con el personaje de Charles Marlow como conarrador.
  • La ciencia del adiós, de Elisabetta Rasy (Alianza). Novela imprescindible acerca de la represión comunista en la URSS contra los escritores desafectos al régimen. En este caso, el protagonista es el poeta Ósip Mandelstam, fenecido en un campo de concentración en 1938. Buena traducción del italiano.
  • La luz que se apaga/La luz fallida, de Rudyard Kipling (El Cobre/El Olivo Azul). La primera novela de Kipling ya muestra su sentido de la aventura y del arrojo. Buenas traducciones.
  • Los santos inocentes, de Miguel Delibes (Destino).
  • Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Clásico distópico.
  • Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. Clásico distópico.
  • El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Obra cumbre del Esteticismo. Galaxia Gutenberg publicó una versión ilustrada espectacular e ideal para regalar únicamente a quien la merezca. Buena traducción.
  • El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.
  • El último encuentro, de Sándor Márai.
  • Carta de una desconocida o La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig (Acantilado). Mejor ambas. Buenas traducciones. Después de publicar todas las novelas de Zweig por separado, Acantilado las ha juntado en un único volumen.
  • El Doctor Zhivago, de Borís Pasternak (Cátedra). Buena traducción.
  • Flores para Algernon, de Daniel Keyes. Clásico de la ciencia ficción que sorprende desde la primera línea. Es un libro muy difícil de traducir por motivos que no voy a revelar y quiero suponer que se hizo bien.
  • El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (Destino). La segunda novela del autor. Cambió radicalmente de estilo.
  • Bearn, también conocida como La sala de les nines, de Llorenç Villalonga. La traducción española hecha por el propio autor se publicó antes que el original mallorquín.
  • El castillo, de Franz Kafka (hay al menos dos traducciones al español: Valdemar y Cátedra).
  • El Golem, de Gustav Meyrink (Valdemar). Clásico del ensueño y la irrealidad. Buena traducción del alemán.
  • Solaris, de Stanisław Lem (Impedimenta). Obra mayor de la ciencia ficción con dos adaptaciones cinematográficas fallidas. Buena traducción del polaco.
  • Moby-Dick, de Herman Melville (Valdemar). Edición ilustrada. Buena traducción.
  • De ratones y hombres, de John Steinbeck. Es especialmente difícil de traducir y supongo que se ha hecho bien.
  • El día de los trífidos, de John Wyndham. Clásico turbador de la ciencia ficción.
  • Las aventuras del buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek (Galaxia Gutenberg). Clásico checo. Edición ilustrada.

17-18 años

  • La asesina, de Aléxandros Papadiamandis (Periférica). Buena traducción de la cazarévusa. Hay dos traducciones catalanas, obviamente tituladas L’assassina. La mejor es la publicada por la editorial El Tall.
  • El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. Clásico modernista sexualmente escandaloso en su momento (1928).
  • Mil novecientos ochenta y cuatro o Rebelión en la granja, de George Orwell. Mejor ambas.
  • Tres manzanas cayeron del cielo, de Micheline Aharonian (El Cobre). Rareza literaria postmoderna acerca del Genocidio Armenio a manos de turcos y kurdos. Buena traducción del inglés.
  • Negro, de Olivier Pauvert (Mondadori). Novela distópica sorprendente. Buena traducción del francés.
  • Un puente sobre el Drina, del Premio Nobel Ivan Andrić.
  • Crimen y castigo o Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski. Mejor ambas.
  • El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. La primera novela de Conrad con el personaje de Charles Marlow como conarrador. Galaxia Gutenberg publicó una edición ilustrada.
  • La mujer que esperaba, de Andreï Makine (Tusquets). Buena traducción del francés.
  • El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama). Buena traducción del serbocroata.
  • Tots tres surten per l’Ozama, de Vicenç Riera Llorca (Edicions 62).
  • El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Cátedra). Comparte tema con la antedicha Bearn (la decadencia de la aristocracia isleña mediterránea) mas la mallorquina se escribió antes.
  • Drácula, de Bram Stoker (Cátedra). Buena traducción.
  • Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
  • El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža (Minúscula). Clásico croata. Buena traducción.
  • El proceso, de Franz Kafka (hay al menos dos traducciones al español: Valdemar y Cátedra).
  • Amor y basura, de Ivan Klíma (Acantilado). Clásico checo reprimido por los comunistas. No tiene mucho sentido leerlo si no se ha leído antes a Kafka. Buena traducción.
  • La obra, de Émile Zola (Mondadori). Buena traducción.
  • Las desventuras del joven Werther, de J.W. von Goethe.
  • Anna Karénina o Guerra y paz, de Lev Tolstói. Mejor ambas. Recuérdese que el 2% de Guerra y paz está escrito en francés. Una buena edición conservará el texto con notas a pie de página.
  • El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Clásico ruso que se erige en alegoría del estalinismo.
  • Madame Bovary, de Gustave Flaubert. La traducción publicada por la editorial Alba se titula La señora Bovary.
  • Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Refleja a la perfección la Cataluña de las postrimerías del franquismo.
  • El halcón maltés, de Dashiell Hammett. Clásico del género negro.
  • El sueño eterno, de Raymond Chandler. Clásico negro influido por el antedicho. Es la primera novela de una serie con el mismo protagonista, Philip Marlowe.
  • El señor de las moscas, del Premio Nobel William Golding. El lado oscuro de Robinson Crusoe.

Bonus tracks

Los buenos lectores adultos de terror y ciencia ficción deberían pasar por los tres libros siguientes, y por este orden: La Guerra de las Salamandras, de Karel Čapek (la edición inglesa de la Northwestern University Press, titulada War with the Newts, es excelente, con prólogo del grandísimo Ivan Klíma); Soy leyenda, de Richard Matheson; La piel fría, de Albert Sánchez Piñol (el original catalán es La pell freda). Sin restarle originalidad, el último es una especie de mezcla excelentemente tramada y muy cruda de los dos clásicos antedichos.

Qué es una buena novela y por qué

Dijo un amigo, en uno de sus pocos momentos de sobriedad intelectual, que las películas que no pasan de “estar bien” son especialmente dignas porque nos recuerdan que existe esa franja difusa donde se emplaza lo que, sin ser realmente grande, está hecho con oficio y profesionalidad.

Lo mismo sucede con las novelas. Si uno compra al azar, probablemente lea muchas obras correctas, algunas aberraciones y algunas obras maestras. O al menos eso sugieren tanto la estadística cuanto el sentido común. Sin embargo, como en la entrada “Qué es una mala novela y por qué” de la semana pasada tomé a guisa de ejemplo lo peor de lo peor, hoy me centraré no en narrativa solamente digna sino en obras mayores, de un alcance literario paradigmático y sin tomar en consideración que sean clásicos o superventas. Para ello me valdré del reverso de la división cuádruple que formulé:

1. Bien escrita gramaticalmente.

El texto es un ejemplo de riqueza en todos sus aspectos: corrección sintáctica, pulcritud estilística, innovación léxica cuando sea necesaria sin caer en vulgarismos injustificables ni estupideces, etc. Por lo que se refiere a la lengua española, hace décadas que este tipo de excelencia se halla más bien en autores hispanoamericanos. El nivel literario de la mayoría de autores españoles ha permanecido estancado en cierta complacencia creativa, cuando no ha caído directamente en picado. Novelas ejemplares: Saide, de Octavio Escobar; Of Mice and Men, de Steinbeck; The Egoist, de George Meredith.

2. Bien escrita descriptivamente.

Lo que el autor describe se entiende con claridad: no se fuerza el texto de modo ampuloso ni redundante ni kitsch. Las metáforas son precisas. No hay confusión. Novelas ejemplares: El cupón falso, de Tolstói; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; The Three Impostors, de Arthur Machen.

3. Bien escrita narrativamente.

El autor nunca pierde el control de la obra. Nada está fuera de lugar, ni sobra, ni falta. Las estructuras narrativas no se diluyen. Novelas ejemplares: La impaciencia del corazón, de Stefan Zweig; Solaris, de Stanisław Lem; Tots tres surten per l’Ozama, de Vicenç Riera Llorca; El corzo herido de muerte, de Antonio Priante; Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis.

4. Bien escrita ideológicamente.

Ya expliqué la semana pasada que no estoy usando la palabra “ideología” en sentido político sino en sentido estético. Una narración está bien escrita ideológicamente cuando su actualidad no decae por más años que pasen. El lenguaje que usa está vivo al cabal, no se desintegra ni cristaliza en una impostura caduca. El Quijote es el modelo por antonomasia, pero hay muchos más: Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski; Heart of Darkness, de Joseph Conrad; Treasure Island, de R.L. Stevenson; Rayuela, de Julio Cortázar.

Está claro que las obras maestras son las que caen en esas cuatro categorías al mismo tiempo. Muchas de las novelas mencionadas cumplen tal condición, mas he preferido obviar repeticiones para dar color y variedad a la entrada. Ahora los análisis.

1. Análisis de buena escritura gramatical.

  • Saide, de Octavio Escobar (Periférica, 2007 aunque original de 1995).

“Tal vez el motor no dejó que me oyera. Quería fumar pero intenté pensar en otra cosa. Sólo recordé la escena tantas veces repetida de un niño que se ahoga mientras su padre observa imperturbable; mi chapaleo inútil y el ascenso de la línea de pequeños azulejos verdes que coincidía con el nivel líquido. Volvieron las burlas y ese doloroso deseo de que, cansado de tanta torpeza, me sacara de la piscina del club militar para comenzar su exhibición de velocidad y estilo, la silenciosa humillación. El castigo lo inventaba en el camino a casa”. (Página 11.) No por casualidad esta novela ganó el Premio Crónica Negra Colombiana. Periférica también publicó Destinos intermedios, que está relacionada con ella sin llegar a ser una segunda parte.

  • The Egoist, de George Meredith (Signet Classics, 1963 aunque original de 1879).

“The world was the principal topic of dissension between these lovers. His opinion of the world affected her like a creature threatened with a deprivation of air. He explained to his darling that lovers of necessity do loathe the world. They live in the world; they accept its benefits and assist it as well as they can. In their hearts they must despise it, shut it out, that their love for one another may pour in a clear channel and with all the force they have”. (Página 49.) Meredith es un autor extremadamente complejo. Esta muestra no es de las más espectaculares de la novela porque me he limitado a abrirla al azar.

2. Análisis de buena escritura descriptiva.

  • El cupón falso, de Tolstói (Nórdica, 2008, traducción del ruso de Víctor Gallego). Está en un solo volumen junto con Jadzhi Murat.

“Fiódor Mijáilovich Smokovnikov, presidente de la Cámara de Comercio, hombre de integridad intachable, de la que se sentía orgulloso, liberal a ultranza y no sólo librepensador, sino contrario a cualquier forma de religiosidad, que consideraba un residuo de supersticiones antiguas, había regresado a casa de su despacho en una pésima dispososición de ánimo. El gobernador le había enviado una carta de lo más estúpida, en la que se daba a entender que Fiódor Mijáilovich no se había comportado como debía. Éste se había puesto como una fiera y se había aprestado a redactar una respuesta cáustica y mordaz”. (Página 197.) No hablo ruso, y de hecho ni falta que hace. La novela está traducida ejemplarmente. El texto español fluye a la perfección.

  • Robinson Crusoe, de Daniel Defoe (Wordsworth Classics, 2000 aunque original de 1719).

“The entrance into this place I made to be not by a door, but by a short ladder to go over the top; which ladder, when I was in, I lifted over after me, and so I was completely fenced in, and fortified, as I thought, from all the world, and consequently slept secure in the night, which otherwise I could not have done; though as it appeared afterwards, there was no need of all this caution from the enemies that I apprehended danger from”. (Páginas 44-45.) La riqueza expresiva de la lengua inglesa usada en este libro lo convierte en más actual que cualquier payasada de Dan Brown escrita hace dos días.

3. Análisis de buena escritura narrativa.

En este apartado no tiene sentido citar textos porque la narratividad se discierne a lo largo de la obra. Sería fútil reproducir parágrafos.

  • El corzo herido de muerte, de Antonio Priante (Cahoba, 2007; Leer-e, 2012, en formato electrónico).

Después de su también magistral El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer, el barcelonés Priante se salió con una novela epistolar acerca del suicidio del romántico español Mariano José de Larra. De ahí el título: en una de sus cartas reales a su amigo Ventura de la Vega, Larra se refirió a sí mismo como “un corzo herido de muerte”. La genialidad absoluta de Priante radica en la vuelta de tuerca final de la obra. Leer para creer.

  • Viaje con Venus, de Ánguelos Terzakis (Rey Lear, 2008, traducción mía).

Ésta es la mejor novela de Terzakis, digan lo que digan en Grecia, donde la entienden como una obra para adolescentes. Como si, asimismo, The Catcher in the Rye de Salinger fuera sólo eso. El excepcional sentido narrativo del autor, uno de los mayores intelectuales de la Grecia del siglo pasado, formado profundamente en Nietzsche y Dostoyevski, nos regala una novela de hondura filosófica y psicológica inconmensurable.

4. Análisis de buena escritura ideológica.

Me limito a una sola muestra:

” ‘Anything approaching the change that came over his features I have never seen before, and hope never to see again. Oh, I wasn’t touched. I was fascinated. It was as though a veil had been rent. I saw on that ivory face the expression of somber pride, of ruthless power, of craven terror—of an intense and hopeless despair. Did he live his life again in every detail of desire, temptation, and surrender during that supreme moment of complete knowledge? He cried in a whisper at some image, at some vision,—he cried out twice, a cry that was no more than a breath—
“The horror! The horror!” ‘ “. Paradigma de narración sin fecha de caducidad.

Como dije la semana pasada, ésta no es más que una manera de analizar la narrativa. Hay otras y todas son útiles mientras sean razonables.

Pleonasmos y procesos ad infinitum

No sé qué pasa pero cada día pongo títulos más raros a las entradas.

A propósito de Un héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov, comenté que el traductor había usado el verbo ‘semientornar’ en una frase:

“A través de sus pestañas semientornadas […]” [Nórdica Libros y traducción de Luis Abollado Vargas; página 93.]

El problema no es que el verbo no exista sino que no significa nada. ‘Entornar’ ya quiere decir ‘entrecerrar’, de modo que el ‘semi’ sobra sintácticamente, por no decir que además queda fatal.

Eso me llevó a una palabra que sí existe oficialmente pero que tampoco significa nada, y que se usa de continuo. Es el substantivo ‘precalentamiento’ (curiosamente el DRAE no da por existente el verbo ‘precalentar’), mencionado en las retransmisiones deportivas. No hace falta ser deportista o haber practicado asiduamente deporte alguno para darse cuenta de que el acto al cual nos referimos mediante ese substantivo es, en realidad, el calentamiento. Un futbolista calienta antes de saltar al campo para así evitar lesiones; lo que no hace es precalentar, dado que estaría calentando para calentar antes de jugar. Absurdo y regresivo. Si continuamos así, terminaremos diciendo que el jugador anteprecalienta, y luego que proanteprecalienta, etc. Nos remitiremos al infinito en una acción interminable de calentamiento eterno.

Recomendaciones literarias para Navidad 2009 y Reyes 2010

O Papá Noel, o Mamá Noel ligera de ropa, o lo que uno quiera. La cuestión es que se regalen libros. Compendio las reseñas positivas de los últimos meses:

Clasicazo flipante: El festín de Babette, de Isak Dinesen (Nórdica)

Clásico ruso: Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl Lérmontov (Nórdica)

En lengua catalana: Narrativa catalana de l’exili, de varios autores (Galaxia Gutenberg)

Humor: Piccadilly Jim, de P.G. Wodehouse (Anagrama)

Inédita hasta la fecha: El solterón, de Adalbert Stifter (Impedimenta)

La base de la serie televisiva: Flashforward, de Robert J. Sawyer (La Factoría de Ideas)

Literatura acerca de autómatas: El rival de Prometeo, de varios autores (Impedimenta)

Los almogávares bajo un punto de vista griego: Roger de Flor, de Kostas Kyriazís (Plataforma)

Maravilla japonesa: El cortador de cañas, de Junichiro Tanizaki (Siruela)

Memorias en Hungría durante la 2ª Guerra Mundial: Tengo quince años y no quiero morir, de Christine Arnothy (Barril & Barral)

Novela con protagonista ilustre: El viaje de Shakespeare, de Léon Daudet (Barril & Barral)

Obra primeriza: Basil Howe, de G.K. Chesterton (El Olivo Azul)

Otra inédita hasta la fecha: El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter (Impedimenta)

Oscuridad refinada: Los anillos de Saturno, de W.G. Sebald (Anagrama)

Promesa de la novela: Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera (Periférica)

Reedición: El soldado de porcelana, de Horacio Vázquez-Rial (Verticales)

Relatos: Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders (Anagrama)

Romanticismo y realismo en Lérmontov

La semana pasada, al reseñar Un héroe de nuestro tiempo, toqué brevemente el atisbo de transición de romanticismo a realismo que quizá esté presente en Lérmontov. Profundizando en el asunto, refiero un pasaje muy divertido que el autor pone en boca del protagonista, Pechorin, quien se está preparando para satisfacer su honor a través de un duelo:

“Doctor, ¿quiere que le muestre mi alma al desnudo? –le respondí–. Mire, ya estoy fuera de esa edad en que se muere con el nombre de la amada en los labios y legando a un amigo un mechón de cabellos engominados o sin engominar. Pensando en la muerte, próxima y posible, pienso solamente en mí mismo; otros no hacen ni siquiera eso. Los amigos me olvidarán mañana o, peor aún, contarán de mí Dios sabe qué infundios. Las mujeres, abrazando a otro, se reirán de mí, para no despertar celos hacia el difunto.” [Páginas 211-212, traducción de Luis Abollado Vargas.]

Dice mucho de Lérmontov que plasmase, ya en aquellos tiempos, la decadencia de la imaginería romántica en términos de nombres susurrados durante la agonía postrera o pelos horteramente engominados, como los llevan tantos políticos españoles. Puesto a susurrar, y no a caballos, me quedo con “Rosebud”.

El prólogo como epílogo

Hablando acerca de no sé qué con un amigo, se me adelantó en lo que le iba a confesar: si el prólogo de un libro es largo, lo leo al final. Es decir, lo tomo como epílogo. Prefiero entrar a todo trapo, extraer mis conclusiones y confrontar a la postre con lo que el prologuista haya aseverado.

De ahí que me hiciera gracia encontrar estas palabras de Lérmontov en el prólogo a su propia novela Un héroe de nuestro tiempo:

“El prólogo es, a un tiempo, lo primero y lo último de todo libro. Tiende a explicar el objetivo de la obra, o bien a justificarla y a responder a la crítica. Pero el propósito moral y las diatribas periodísticas suelen tener sin cuidado a los lectores. De ahí que no lean los prólogos.” [Página 27, traducción de Luis Abollado Vargas]

El texto continúa con una brillantez destacable, pero quien quiera más, ya sabe qué debe hacer. Editorial Nórdica y 16,5€.

“El Cáucaso como imagen literaria en Lérmontov”, por Robert Lozinski

El moldavo Robert Lozinski (nacido en la URSS en 1970), Doctor en Filología Hispánica, profesor de lengua española en Bucarest y autor de la novela negra La ruleta chechena (Rey Lear), culmina mi entrada de ayer con una reflexión acerca de la relación entre Mijaíl Lérmontov y el Cáucaso:

El Cáucaso era el ambiente ideal para abordar temas románticos: una guerra (o sea, aventura), una causa por la cual luchar y un paisaje de escarpadas montañas, negros barrancos y nevadas cimas que hacen soñar a uno. O puede ser el lugar ideal para morir románticamente, con un duelo que debe desarrollarse necesariamente al borde de un precipicio. De esta manera, el destino del perdedor queda sellado.

Lérmontov, el autor de Un héroe de nuestro tiempo, libro concebido durante su estancia como militar en el Cáucaso, era consciente de la precariedad de la condición humana, tomándose a sí mismo como prototipo. Honrado, no pretendía engañar al público con una pluma fría, falta de vida, sino que jugaba siempre con las pistolas cargadas.

Al principio parecía que los astros le eran favorables: familia medianamente acomodada, que lo rodeó desde niño de valores culturales muy sólidos, y una supuesta ascendencia inglesa (Lermount). Pero era un muchacho un poco feo y físicamente frágil, pareciendo un junco a punto de romperse. No debía ser así un hombre en la marcial sociedad rusa de la época. Tuvo que soportar las burlas de sus compañeros y comerse los bollos con serrín que le preparaban a escondidas las chicas, una especie de “vete a hacer puñetas” (con perdón) pero a lo ruso. Ese rechazo femenino lo marcó profundamente. De tantas decepciones acumuladas nacería más tarde Pechorin, el cínico, el maltratador de corazones femeninos, el que se burla de la estupidez y flaqueza masculinas, el que es capaz de aguantar con sangre fría el desenlace de un duelo. Es el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, personaje antológico y muy criticado en la época ya que se veía en él al propio Lérmontov. ¿Egocentrismo?

Lérmontov se vio obligado a aclararlo en un prefacio a la segunda edición, donde, con muchos rodeos lingüísticos, expresó su hastío más profundo.

Como persona, Lérmontov nunca maduró lo suficiente para superar los antiguos fracasos y desengaños. Solía ponerse artificialmente insoportable cada vez que participaba en algún baile de sociedad, dirigiendo flechas envenenadas y comentarios maliciosos desde el rincón donde se recluía. Pero no era un bellaco cualquiera, sino más bien un chiquillo malvado que jugaba a ponerse pesado. Por desgracia, uno de estos jueguitos acabaría costándole la vida. En el duelo, Lérmontov disparó al aire mientras que Martynov, el rival ultrajado, le dio en el pecho. Tenía 26 años.

Hay algo de Lérmontov en mi novela La ruleta chechena. Por ejemplo, el detalle de la caída de la carta en el juego (que da título al libro) similar a la ruleta rusa, plasmado por aquél en el capítulo “El Fatalista”. Allí, Vúlich, un oficial serbio, coge al azar una pistola y se la dispara a la cabeza sin saber si está cargada o no.

–Cosas del destino –admite Pechorin, que es único que observa en la frente del serbio el singular sello que le ha estampado de antemano la Señora Muerte.
–Si no ha sido ahora va a ser más tarde, acaso esta noche –sentencia con cinismo.

Como si quisiera decirle que con algo así no hay que jugar. El presagio se cumple, Vúlich acaba sableado por un cosaco juerguista. La muerte, por tanto, no siempre es un espectáculo sublime.

El libro de Lérmontov ofrece además espléndidas descripciones de paisajes, nos presenta costumbres y tradiciones de la zona, y nos describe armas blancas y de fuego que se usaban en esa época.

Otra obra que nos ayuda a conocer el Cáucaso de la primera mitad del siglo XIX es El viaje a Arzrum de Alexandr Pushkin. En el conjunto de su creación literaria no es una obra muy importante, un motivo más para agradecer el esfuerzo de haberla traducido y publicado en español.

Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl Lérmontov

Único volumen que Nórdica ha publicado de Lérmontov (1814-1841), ese genio narrativo y poético muerto en un duelo. Como Pushkin, aunque más joven: contaba tan sólo 26 años cuando la palmó.

La acción se desarrolla en el Cáucaso, tema recurrente en la literatura rusa y que aún colea bajo forma de una interminable guerra de guerrillas en Chechenia, por más que no aparezca en televisión. El protagonista es Pechorin, joven oficial ruso y alter ego de Lérmontov, y la estructura narrativa es una auténtica virguería literaria magníficamente analizada en el prólogo de Vladimir Nabokov, quien nos regala esta perla:

“Lérmontov era especialmente inepto para la descripción de mujeres.” [Página 22]

Normal que el autor de Lolita suelte algo así.

En otro orden de cosas, como me chirriaba un poco la información de la contracubierta del libro, donde se afirma que Un héroe de nuestro tiempo es un “título fundamental para entender el paso del Romanticismo al Realismo en la literatura rusa”, consulté a una amiga rusa, filóloga, y su respuesta fue que el entrecomillado es cierto siempre que ese paso no signifique que el propio Lérmontov era realista. Según me ha confirmado, Lérmontov es el Lord Byron ruso, de modo que ni en poesía ni en narrativa se lo considera realista en su país. En ese sentido, digo yo que más bien será el último romántico de peso, dado que ni Goncharov (algo mayor que él) ni Turguéniev (algo menor) formaron parte del romanticismo ruso. Y a Gógol nunca lo he visto como romántico aunque aparezca como tal en algunas listas.

La traducción es la de Luis Abollado Vargas publicada en una primera edición de Planeta en 1990. Hay una frase rara que me ha llamado la atención precisamente porque la traducción es muy buena, en general. Dice lo siguiente:

“A través de sus pestañas semientornadas […]” [Página 93]

Uno no sabe ruso y desconoce el original. Sin embargo, la acción es entornar, no semientornar, y lo que se entorna son los párpados, no las pestañas.

Película: El festín de Babette

Festín cinematográfico, qué duda cabe, de la mano de Gabriel Axel (lo daba por muerto pero qué va). Ganó el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera en 1988.

La película es un calco de la novela de Isak Dinesen que reseñé ayer. Diríase que el director se limitó a traspasar, plano a plano, el libro al celuloide. Lo meritorio es conseguir que se mantenga el aire de irrealidad naíf del texto: la francesa que aparece, en plenos años 70 del siglo XIX, en un poblacho de cuatro casas perdido en Dinamarca; la piedad que despierta en dos hermanas hijas de un pastor protestante, quienes la aceptan como cocinera sin saber que es la mejor cocinera de Francia, etc. Lo de ser el mejor cocinero del mundo me recuerda al Rey del Sushi, también conocido como Pequeño Chef, el protagonista de esa serie japonesa alucinante (como todo lo que hay en Japón, incluidas las azafatas de ferias).

Y como he mencionado al Pequeño Chef, digno sucesor nipón de Babette, el siguiente vídeo es ideal para toda la familia porque es un karaoke con traducción al inglés, y nos permite abrazar la cultura milenaria del Karate, los kamikazes y Godzilla:

El festín de Babette, de Isak Dinesen

En 2006, la editorial Nórdica compró a Santillana la traducción que Francisco Torres Oliver hizo del clásico danés El festín de Babette y la publicó con ilustraciones de Noemí Villamuza. El volumen ganó el Premio Junceda 2007 al Mejor Libro Ilustrado para Adultos y ya va por la tercera edición.

Isak Dinesen (Rungstedlund, 1885-1962), de nombre real Karen Blixen, consiguió dar forma a una micronovela absolutamente deliciosa. En 1871, Babette, una francesa que huye de los tumultos generados durante la Comuna de París, irrumpe en la vida apacible de una pequeña comunidad protestante danesa. Dos hermanas piadosas la acogerán y le permitirán trabajar como cocinera, hasta que, un buen día, Babette decide agradecérselo con un festín de cocina francesa en las antípodas de la comida frugal a la cual estaban acostumbradas.

Ya sé que, contado así, parece una memez. Pero en verdad digo que es una obra alucinante, una especie de fábula bajo forma moderna, un gozo literario de primer orden. Igual que, añado, la película es un placer cinematográfico.

Por cierto, Dinesen es la autora de la novela Memorias de África. Del libro ni idea, pero de la película mejor no digo nada.