Psicosis antes de Hitchcock

Primero de los tres artículos originalmente destinados a Factual:

Creo que ha habido, al menos, un grupo musical llamado Bates Motel, por no hablar de atracciones como la sita en Glenn Mills (Pensilvania), una especie de casa del terror para turistas de feria con susto incluido. Todo eso se remonta a Psicosis, la genialidad que dirigió Alfred Hitchcock en 1960, quien se basó a su vez en la novela homónima que Robert Bloch (Chicago, 1917-Los Ángeles, 1994), discípulo de H.P. Lovecraft, publicó en 1959.

Pero si estamos tan cerca del verdadero principio, sería una pena no terminar de remontarnos hasta la zona cero del horror. Y es que el origen del espanto radica en la vida y la obra de Ed Gein (1906-1984), aquel tipo de Wisconsin que desvalijaba tumbas, se decoraba la casa con restos humanos y terminaría asesinando a dos personas antes de que lo detuvieran. Pocos lustros después, Tobe Hooper filmaría La masacre de Texas basándose en dicho sujeto, pero ésa ya es otra historia.

Tal rollazo viene a cuento de que La Factoría de Ideas ha publicado la novela Psicosis en traducción de Ester Mendía, y Bloch bien se merece un artículo. Dos cosas llaman la atención. La primera es que el protagonista cinematográfico no tenga ningún parecido físico con el literario: éste es regordete mientras que Anthony Perkins estaba más bien flaco; la segunda nos remite a un viejo problema de la teoría estética: si la gracia del argumento yace en que el protagonista es un enfermo psicótico que se desdobla en su madre muerta, todo aquel que haya visto la película (es decir, la mayoría) ya sabrá qué sucede en la novela. En otras palabras, la percepción literaria de la obra está condicionada. Quizá alguien esté, entonces, tentado de puntualizar que el condicionamiento es un elemento inalienable en la recepción artística porque es un reflejo exacto de la desintegración de los materiales. Perfecto, responderé, y añadiré que se compre el libro.

Víctima de su propio éxito, Bloch terminaría redactando las novelas Psycho II y Psycho House, que no pienso leer porque dudo que valgan la pena. Y paralelamente pero sin que guarden relación con dichos textos, también fueron apareciendo otras películas con títulos de una originalidad que tira de espaldas, como Psycho II y Psycho III, a cuál peor. Uno supone que, a pesar de todo, Bloch cobró sus regalías como lo deben de estar haciendo sus herederos. Ya sabía Drácula que la sangre nunca sale gratis.

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Décimo séptimo artículo en Factual

Recomendaciones literarias para comprar en la Feria del Libro de Madrid que empezó ayer.

Recomendaciones literarias para Sant Jordi 2010

Este próximo viernes, 23 de abril, se celebrará el Día Mundial del Libro. Como propuesta, compendio los libros que he reseñado positivamente desde diciembre pasado:

Vacío perfecto, de Stanisław Lem (Impedimenta), una rareza magistral.

Kaputt, de Curzio Malaparte. La nueva traducción basada en la edición casi definitiva. Publica Galaxia Gutenberg.

Lejos de Toledo, de Angel Wagenstein (Libros del Asteroide). La tercera parte de una trilogía que puede leerse de cualquier manera porque los protagonistas no son comunes.

Destinos intermedios, la segunda novela negra de Octavio Escobar publicada por Periférica.

Todo fluye, de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg).

El ladrón del rayo, de Rick Riordan (Salamandra). Juvenil entretenida.

Lila, Lila, de Martin Suter (Anagrama).

Caballería roja, de Isaak Bábel (Galaxia Gutenberg). Relatos inspirados en la Guerra Polaco-Soviética de 1920-21.

Omega, de Jack McDevitt (La Factoría de Ideas). Pura ciencia ficción espacial.

Prometo ser bueno: cartas completas, de Arthur Rimbaud (Barril & Barral). La primera vez que se publican todas sus cartas en lengua española.

La carretera, de Cormac McCarthy (Mondadori).

Los días contados, de Miklós Bánffy (Libros del Asteroide), la primera parte de la “Trilogía transilvana” del autor húngaro. La segunda, Las almas juzgadas, ya está a la venta.

Omega, de Jack McDevitt

Segunda novela que leo de McDevitt. La primera fue Odisea, también perteneciente al ciclo Las máquinas de Dios.

Seguimos en el siglo XXIII. La tecnología permite viajar por el hiperespacio a distancias siderales (nunca mejor dicho) en tiempos asumibles para la corta vida humana. En esto, la humanidad, que continúa con lo mismo de siempre a pie de calle (hambrunas en África, etc.), empieza a tomarse seriamente la existencia de las Omega, unas nubes enormes que viajan por el espacio y destruyen por la cara toda civilización que encuentran. Vale que la más cercana a la Tierra tardará mil años en llegar, pero algunos juzgan que quizá sea necesario no dejar para el siglo XXXIII lo que se pueda hacer en el XXIII.

McDevitt, una vez más y a pesar de cierta querencia por la estética del technothriller, conduce con salero una trama que da mucho juego: ¿Cómo salvar de las Omega a una civilización alienígena cuyo estado de desarrollo es similar al de la humanidad en la época del Imperio Romano? Y es más, ¿cómo hacerlo sin que se den cuenta ni interpreten que los humanos son dioses que vienen del cielo?

Lo negativo: traducción mejorable, como es demasiado usual en La Factoría de Ideas.

Recomendaciones literarias para Navidad 2009 y Reyes 2010

O Papá Noel, o Mamá Noel ligera de ropa, o lo que uno quiera. La cuestión es que se regalen libros. Compendio las reseñas positivas de los últimos meses:

Clasicazo flipante: El festín de Babette, de Isak Dinesen (Nórdica)

Clásico ruso: Un héroe de nuestro tiempo, de Mijaíl Lérmontov (Nórdica)

En lengua catalana: Narrativa catalana de l’exili, de varios autores (Galaxia Gutenberg)

Humor: Piccadilly Jim, de P.G. Wodehouse (Anagrama)

Inédita hasta la fecha: El solterón, de Adalbert Stifter (Impedimenta)

La base de la serie televisiva: Flashforward, de Robert J. Sawyer (La Factoría de Ideas)

Literatura acerca de autómatas: El rival de Prometeo, de varios autores (Impedimenta)

Los almogávares bajo un punto de vista griego: Roger de Flor, de Kostas Kyriazís (Plataforma)

Maravilla japonesa: El cortador de cañas, de Junichiro Tanizaki (Siruela)

Memorias en Hungría durante la 2ª Guerra Mundial: Tengo quince años y no quiero morir, de Christine Arnothy (Barril & Barral)

Novela con protagonista ilustre: El viaje de Shakespeare, de Léon Daudet (Barril & Barral)

Obra primeriza: Basil Howe, de G.K. Chesterton (El Olivo Azul)

Otra inédita hasta la fecha: El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter (Impedimenta)

Oscuridad refinada: Los anillos de Saturno, de W.G. Sebald (Anagrama)

Promesa de la novela: Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera (Periférica)

Reedición: El soldado de porcelana, de Horacio Vázquez-Rial (Verticales)

Relatos: Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders (Anagrama)

Corrimiento de la sci-fi clásica hacia el technothriller

Aviso: como no soy un especialista en ciencia ficción, invito específicamente a los adictos al género a que me corrijan si lo consideran oportuno.

A medida que uno va adquiriendo consciencia de clase, perdón, literaria, se fija en determinados fenómenos que le pasaban desapercibidos. Últimamente me he dado cuenta de que la ciencia ficción quizá lleve décadas deslizándose peligrosamente hacia el technothriller.

Si establecemos una frontera más o menos difusa en la Segunda Guerra Mundial, los escritores nacidos antes de ese período (H.G. Wells, Alfred Bester, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Robert A. Heinlein, etc.) han escrito los grandes clásicos del género. En este grupo estarían también autores aún vivos como Joe Haldeman (nacido en 1943) o Jack McDevitt (1953), pero quizá no muchos más. Las generaciones posteriores, según parece, tienden a mezclar la ciencia ficción pura y dura con el thriller, obteniendo como resultado un texto más comercial, algo que no tiene nada de malo a primera vista; sin embargo, mal conducida literariamente, dicha mezcla lleva a un producto de calidad más baja.

Que yo sepa, los autores más conocidos de technothriller son, precisamente, bombas comerciales como Michael Crichton, recientemente fallecido, y Dan Brown (este último sólo en dos novelas: Deception Point y Digital Fortress). En esta línea, aunque con infinitamente más gracia y calidad que Brown, está Robert J. Sawyer, de quien llevo días hablando a propósito de la novela Flashforward, cuya serie emite Cuatro. Todas las novelas de este género technothrilleresco que he leído comparten los mismos defectos estructurales: primero, los capítulos, e incluso los parágrafos, parecen escritos como si ya fueran el guión de la futura serie o película; segundo, los diálogos son impostados; tercero, se percibe que el proceso de creación literaria está marcado por la voluntad inequívoca de popularizar (léase ‘vulgarizar’) la ciencia ficción para convertirla en literatura de aeropuerto. Es decir, se pretende (y se consigue de sobras) que el lector que nunca compraría clásicos inmortales como Solaris (Stanislaw Lem) o El planeta de los simios (Pierre Boulle) compre Esfera (Crichton) o Fortaleza digital (Brown).

En suma, viene a ser lo mismo que leer Crepúsculo emocionado (o más bien emocionada) hasta las cachas, mas ignorando la existencia de Drácula y Soy leyenda.

Recuerdos del futuro, de Robert J. Sawyer

Ciertos bloggers que me sé estarán de acuerdo en que, con este careto digno de La revancha de los novatos, Robert J. Sawyer (Ottawa, 1960) recibió tal cantidad de collejas a la hora del patio que terminó refugiándose en la ciencia ficción para evadirse de la realidad escolar.

Pero dejemos las burradas impropias de blogs serios y respetados como éste y vayamos al grano. Sawyer publicó Flashforward en 1999 y ganó el Premio Aurora a la Mejor Obra Larga en Inglés (cosas de los premios canadienses). La historia tiene su miga: en el año 2009, un experimento en el colisionador de hadrones de la frontera franco-suiza sale mal y toda la humanidad sufre un salto mental en el tiempo durante casi dos minutos. El resultado es que cada uno ve qué será de su vida 21 años después, en el 2030. Algunos no ven nada porque estarán muertos (hala, a tocar madera).

Esta articulación de la trama alrededor del acelerador del CERN (o de uno similar) ya la había visto en otra novela publicada por La Factoría de Ideas, a saber, Odisea, de Jack McDevitt. Tiene su gracia si se hace bien, y Sawyer pasa el examen. La novela gana poco a poco, y no exagero si afirmo que en ciertos parágrafos se roza la sensación de extrañamiento constante y magistralmente presente en Solaris o The Forever War, por más que tal hazaña momentánea (y no por eso poco meritoria) no tape los defectos estructurales que mencionaré mañana.

La traducción al español se debería revisar. Y de la serie televisiva no puedo decir nada porque no la veo. Todo llegará.

Tres cuentos de Pere Calders

Después de reseñar Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders (Anagrama), me centraré en tres relatos que me han provocado un viaje mental asociativo.

El primero es “Cosas de la providencia”. Un tipo se presenta en su propia casa para descubrir, atónito, que allí vive una familia desde hace años. Que se ha producido algo así como un salto a otra existencia paralela queda manifiesto cuando el padre de familia le confiesa que lo mismo le sucedió a él, y que así conoció a su mujer. Huelga decir que el protagonista se casa con la hija de los supuestos okupas, tal como hizo el padre de la joven a la sazón. Dicho relato me recuerda al episodio “Person or Persons Unknown” de The Twilight Zone, donde un tío se despierta resacoso en su casa. Ni su mujer, ni sus amigos, ni sus compañeros de trabajo lo reconocen. Su vida no existe. La gracia está en que se desvanece, incapaz de asimilar esa nueva realidad, y al despertarse está casado con otra señora infinitamente más atractiva que su mujer en la otra existencia. Así cualquiera.

El segundo es “Cero a Malthus”. En un futuro distópico, los gobiernos eliminan a los ancianos porque los japoneses tuvieron la mala pata de inventar el suero de la inmortalidad. Y claro, sobra personal. Hay un relato de Richard Matheson que trata más o menos de lo mismo (está en un volumen de La Factoría de Ideas). La vuelta de tuerca de Calders radica en que se hace una referencia al posible uso de los cadáveres como alimento, y uno no puede dejar de pensar en la película Soylent Green, muy libremente basada en una novela de Harry Harrison.

El tercero es “La rebelión de los objetos”. Los objetos se rebelan contra sus creadores: los interruptores dejan de funcionar, las puertas se niegan a dejar pasar, etc. Me han venido tres historias a la mente: 1. Ubik, de Philip K. Dick, donde una puerta electrónica muy borde no deja pasar ni al inquilino del piso a menos que apoquine; 2. “A Thing about Machines”, un capítulo de The Twilight Zone donde las máquinas se sublevan contra el propietario de la casa; 3. Westworld, con Yul Brynner, modelo de comportamiento para todos los calvos, titulada aquí Almas de metal. Los robots de un parque de atracciones cobran conciencia de sí mismos y se enfadan un pelín.

El espectáculo del vampiro, de Richard Laymon

Sorpresón como la copa de un pino. Autor desconocido para mí y muerto en el 2001, el mismo año en que esta novela se llevó el Premio Bram Stoker. Nació en Chicago en 1947 y tuvo una larga trayectoria en la narrativa de terror.

Argumento aparentemente sencillo. Pleno verano del año 1963 en Grandville, pueblito norteamericano tranquilo y apacible donde casi todos se conocen. Los protagonistas son adolescentes salidos. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Entonces se anuncia la llegada de una feria ambulante cuyo protagonista es una supuesta vampira (bellísima) en una jaula. Pero ya antes de que los feriantes se planten allí, comienzan a suceder cosas raras.

Laymon es de la cuerda de Stephen King: lo cotidiano se retuerce poco a poco, con malentendidos y sobreentendidos, hasta que el espanto se manifiesta en technicolor sangre, mas en absoluto como el lector esperaba. No se puede negar que el autor te lleva por donde quiere. Una virtud en un océano de hastío literario.

Lo único negativo es que la traducción tiene anglicismos sintácticos. Se reincide en el vicio de traducir, por ejemplo, “Can you see it?” por “¿Puedes verlo?”, cuando en español lo correcto es “¿Lo ves?”.