Enero y vuelta a empezar

Los Reyes ya se han ido. Espero que no hayan dejado mucha pseudoliteratura por el camino, porque sería motivo suficiente para prohibirles la entrada en la UE el año que viene.

De todos modos, no es ninguna novedad que algunos de los libros más vendidos estas fiestas hayan sido los pésimos. Así que, para distraeros un poco, aprovecho para señalar los tres vínculos que he incorporado en la barra lateral:

Los libros más vendidos de la historia. J.K. Rowling arrasa con sus múltiples Harry Potter.

Las listas actualizadas de los superventas en los EE.UU. según el New York Times. Cambia cada semana.

Las listas pasadas de los superventas en los EE.UU. según el New York Times. Semana a semana desde 1970.

También he creado una categoría llamada “Editoriales respetables”. En ella he puesto algunas de las que me gustan, colaboren o no conmigo: Periférica (no, por ahora), Cahoba (sí), etc. Sé que todas las editoriales meten la pata. La cuestión es que unas más que otras, y no voy a ocultar que la lista responde a mis afinidades electivas.

Tras las fiestas de Navidad y Reyes viene la caída abisal en ventas de libros, que no se recuperan hasta marzo. De todos modos, Belacqua publicará en febrero la novela El desorden, de Juan Carlos Girauta. Era la mejor opción temporalmente hablando, por motivos que ahora no vienen al caso. Así que adelante.

Fallo los Premios Seléucidas 2007

Bien, ya es treinta y uno de diciembre, de manera que ha llegado el momento de entregar los Premios Seléucidas, encarnados momentáneamente por mi Godzilla:

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Las condiciones para que yo tome en consideración un libro son:

1. La primera edición del libro tiene que haberse puesto a la venta durante el año que hoy termina, y debo haber hablado de él en el blog.

2. Dicha primera edición tiene que serlo por parte de la editorial que lo publica, es decir, no tiene que ser la primera en sentido absoluto, excepto en la categoría de Mejor Autor, quien además debe estar vivo (eso excluye a muertos vivientes como Rosa Regàs).

Quiero subrayar que ni me he guiado por amiguismo ni he invitado a ministros, como se hace en otros premios con más dinero en juego (yo no tengo un euro, lamentablemente).

Así, me he roto la cabeza para crear unas categorías que puedan perdurar tantos años como vaya a hacerlo el blog mismo, es decir, hasta que el sol se apague o yo fenezca. El resultado: un total de doce, de las cuales nueve son positivas y tres negativas. Y el fallo de la 1ª Edición de los Premios Seléucidas ha sido el siguiente:

Premios Seléucidas 2007 a la Excelencia

Mejor Autor: Antonio Priante, por El corzo herido de muerte (Cahoba)

Mejor Compendio de Cuentos: La reliquia viviente, de Iván S. Turguéniev (Atalanta)

Mejor Editorial: Periférica

Mejor Novela de un Autor del Proyecto Seléucida: Saide, de Octavio Escobar (Periférica)

Mejor Novela en General: El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža (Minúscula)

Mejor Novela Negra: Sin hogar ni lugar, de Fred Vargas (Siruela)

Mejor Otro: La cocina del Quijote, de Cesáreo Fernández Duro y Miguel López Castanier (Rey Lear)

Mejor Traducción: Ramón Sánchez Lizarralde, por la traducción del albanés de La hija de Agamenón & El Sucesor, de Ismail Kadare (Alianza)

Mejor Volumen: Claus y Lucas, de Agota Kristof (El Aleph), título general para la trilogía compuesta por El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira

Actualización de septiembre de 2008: la ganadora retroactiva del premio Litteraturæ Magistra (Maestra de Literatura) 2007 es Paula Fox (Nueva York, 1923), por toda una vida dedicada a la alta literatura.

Premios Seléucidas 2007 a la Decadencia

Cubierta Más Espantosa: Una cerilla encendida como cubierta del libro Jugando con fuego, de Peter Robinson (RBA)

Novela Más Impresentable: El amante de Shangai, de Michèle Kahn (Grijalbo)

Peor Frase Publicitaria: “Una novela tan vívida que quemará los dedos incluso a los detractores de los thrillers más programáticos”, por la revista People y reproducida en la cubierta de Jugando con fuego, de Peter Robinson (RBA)

En los oscuros lugares del saber, de Peter Kingsley

Kingsley, británico nacido en 1953 y PhD (Doctor en Filosofía) por la Universidad de Londres, sacudió hace poco al mundo académico con este libro, cuyo título original es In the Dark Places of Wisdom. La editorial Atalanta se avanzó con habilidad en la traducción española de la obra. Y acertó.

El autor es un especialista en filosofía presocrática. En este atrevido volumen se centra en la figura de Parménides de Elea, uno de los individuos más oscuros a la par que influyentes en la historia de Occidente, y por extensión del mundo. Y honestamente, pues no en vano me dedico a ganarme enemigos declarando lo que los demás críticos se callan (por ejemplo, que Antonio Gala no es un maestro sino un incapacitado mental para la literatura), voy a hacer pública profesión de fe: Kingsley me ha convencido de su tesis. Me he convertido. Y no era nada fácil, dado que no me dejo arrastrar a la primera, a menos que sea a Singapur o a una de Godzilla. Pero ¿cuál es la tesis?

Vayamos por partes. Primero lo malo, que lo hay, y al final lo bueno para dejar un sabor óptimo. Kingsley tiene una forma de escribir que revela, al menos a primera vista, una personalidad anclada en cierto misticismo propio de las escuelas filosóficas antiguas. Es decir, escribe como quien funda una academia de filosofía hace veintitres siglos en algún territorio jónico y se dedica a explicar el mundo a los hijos de los ricos, los que mayoritariamente accedían a la sazón a dichos centros de saber. En ese sentido, es algo cansino, actuando como un iluminado. Sin quitarle mérito a lo que ha descubierto, que es muy importante, la verdad es que tampoco nos vamos a pegar un tiro a estas alturas. Al menos yo. Acepto su tesis sin escandalizarme, al contrario de lo que otros han hecho, inmóviles en la tradición.

Ahora lo bueno. El libro no es académico, sino que está al alcance de todo el mundo. Kingsley ha conseguido escribir una obra de rigor absoluto en el campo de la filosofía y de la filología sin hacerla ininteligible a quienes no estén formados en dichas ramas. En ese sentido, se parece a lo que hizo Stephen Hawking en la astrofísica con su Historia del tiempo. Cualquiera puede comprender, gracias a la claridad expositiva del autor, cuál es la revolución que este libro genera. Y cuando digo ‘cualquiera’ hablo literalmente, incluyendo a los pobres que estén enganchados a esa droga letal que ha sido la filosofía francesa de la segunda mitad del siglo pasado: Deleuze, Derrida, Baudrillard, y adláteres.

Llegados aquí, es hora de revelar el descubrimiento de Kingsley. Tesis: Parménides no era meramente un filósofo, que también, sino un sacerdote consagrado al culto de Apolo. La argumentación desplegada a lo largo del libro convencerá, o como mínimo hará dudar, a cualquier especialista que lo lea, amén de resultar instructivo para los no especialistas que tengan el buen criterio de leer el libro. Kingsley no está diciendo que los alienígenas construyeran las pirámides. Su tesis no es una locura, sino algo perfectamente comprensible en virtud de los elementos expuestos en el libro.

La reliquia viviente, de Iván Turguéniev

Ya tocamos este relato, pero no propiamente todo el libro ni como recomendación literaria. Se trata de los Apuntes de un cazador, especie de novela que puede leerse también como recopilación de cuentos ambientados en los bosques rusos, con el mismo protagonista. El propietario y editor de Atalanta tendrá sus motivos para haberle cambiado el título clásico al libro y haberle puesto el de uno de los cuentos, La reliquia viviente.

Turguéniev hizo época con este pequeño libro. Tuvo una gran influencia política en la emancipación de los siervos de la gleba, y estéticamente sigue siendo un referente no sólo por su capacidad descriptiva sino también por la maestría con que el autor incorpora elementos sobrenaturales a la acción. La muerte está siempre presente, de manera discreta, como un pequeño susurro entre matojos. Obra imprescindible.

Confesiones de un opiófago inglés, de Thomas de Quincey

La selecta editorial Atalanta nos ha hecho un regalazo. Se edita poco De Quincey, y cuando alguien lo saca en una buena traducción y una cuidada edición es para celebrarlo, tirando cohetes si hace falta. Hay que decir que Atalanta publica un libro al mes, si llega, pero precisamente por eso todo lo que pone en el mercado es bueno. No se la puede acusar de masificar el circuito con basura ilegible.

De Quincey es uno de los grandes en lengua inglesa. Y más desconocidos. No sólo hoy día está medio olvidado sino que, a la sazón, su admirado Coleridge no le hizo ni caso. Eso debió doler.

El presente libro recoge en un pequeño volumen las Confesiones de un opiófago inglés (De Quincey le metía a la cosa, nada nuevo y menos durante el romanticismo) y La diligencia inglesa, dos ejemplos sobresalientes para introducirse en el mundo de De Quincey. Y además, con epílogo de Jorge Edwards. Un conjunto excelente.