Reseña breve de Las doce sillas, de Ilf y Petrov

Os voy a contar un chiste.

Esto es un barcelonés que compra libros. Al cabo de casi trece años, se da cuenta de que no los ha leído.

No, no era un chiste. De hecho, la solapa conserva la etiqueta pegada: “La Central, 08/07/2000, 3.800 pts/22,84 €”. Aún te cobraban en cifras como 22,84€.

A lo que iba. Ilf y Petrov, o lo que es lo mismo, Iliá Arnóldovich Fáinzilberg (1897-1937) y Yevgueni Petróvich Katáyev (1903-1942), nacieron en Odesa y se dedicaron tanto al periodismo como a la novela satírica. No he leído que sufrieran bajo el estalinismo, por lo que deduzco que tuvieron más suerte que otros de sus colegas.

La trama de Las doce sillas (Acantilado) gira alrededor de tres estafadores que quieren hacerse con las joyas que una aristócrata rusa ocultó en una de las sillas que dan título al libro para que no cayeran en manos de los bolcheviques. Supongo que en ruso y en su momento (1928) sería la leche, pero para mi gusto la obra ha envejecido lo justo para que se quede en divertida, no muy divertida. Además, hay cosas que no sé cómo cogerlas: ¿son errores de traducción de Helena-Diana Moradell? Por ejemplo, en la página 168 leemos:

“El rostro de Gavrilin se parecía a un nabo bien cepillado. Sus ojos estaban llenos de malicia.”

Lo de cepillar un nabo no lo pillo, y desde luego la segunda frase está mal porque en español lo correcto sería “tenía los ojos llenos de malicia” u otra fórmula parecida que evitase el uso impropio de pronombres posesivos. De todos modos, el texto fluye bien a grandes rasgos.

Reconozco que veía venir, hasta cierto punto, el final, no en los detalles sino en las líneas más generales. No obstante, ciertos giros argumentales me han sorprendido gratamente, toda vez que me temía que los autores hubieran caído en convencionalismos. Concluyo: recomendable.

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A vueltas con Venían a buscarlo a él, de Berta Vias Mahou

Dedico una segunda entrada a la novela Venían a buscarlo a él, de Berta Vias Mahou, inspirada en la hipótesis del asesinato de Albert Camus. El siguiente diálogo entre dos terroristas árabes argelinos me llamó la atención:

“Hay que matarlo, le interrupió Hilal con vehemencia. Sí, hay que matar a todo aquel que se interponga en nuestro camino, le contestó Khalîl. Y así, un día el mundo será un desierto.”

Porque me ha recordado a un pasaje de La hija de Agamenón, novela de Ismail Kadare publicada por Alianza en traducción de Ramón Sánchez Lizarralde:

“Pero de pronto todo enmudeció en mi interior. ¿No será éste en realidad el sueño secreto del Guía: que fuera borrado de la Tierra este país fastidioso, Albania, con este pueblo miserable siempre enredándosele entre las piernas, que era preciso alimentar, gobernar? Mientras que, una vez extinguido, volatilizado, qué limpio quedaría todo. Un país muerto pero resucitado en los libros y las ideas de su Guía. Y qué cómodo resultaría aquello: ni realidad que testimoniara en sentido contrario, ni tachas ni evidencia de crímenes. Solamente libros, ideas, lumières.”

Un mundo perfecto. Un desierto. Todo inmaculado, sin tacha. En fin, sin realidad misma. La idealidad pura. Y es que Marx no era Hegel del revés sino al contrario, su cristalización más extrema: el materialismo como idealismo. El proletario como forma pura de la humanidad. Por ende, tan inalcanzable como prescindible. Nada que no sea perfecto debe existir.

Venían a buscarlo a él, de Berta Vias Mahou

Berta Vias Mahou (Madrid, 1961) es más bien conocida como traductora de alemán. Sin ir más lejos, ha publicado traducciones de Stefan Zweig para Acantilado. Pero hete aquí que cuando se pone a novelar por su cuenta también está que se sale.

Pasé unos días en casa de un amigo en Madrid, y dediqué las horas muertas a leer la novela breve que da título a esta entrada. No perdí el tiempo. Al contrario: me supo mal no haber dispuesto de un margen mayor para leer con más tranquilidad.

Vias explota magistralmente una hipótesis que corre por ahí: que Albert Camus no hubiera muerto en un accidente realmente accidental. Desconozco hasta qué punto todos se lo querían quitar de encima porque era demasiado incómodo en tanto que izquierdista hostil a la URSS y francés nacido en Algeria, repudiado por sectores tanto árabes como franceses. Sin embargo, la novela funciona con una solidez envidiable y una técnica narrativa espectacular. Y eso ya es más que suficiente.

Se publicó hace dos años en Acantilado, con el detalle de contener un epílogo documental de la época. No creo oportuno añadir nada más allá de que es una lectura ideal para quien valore las letras en serio.

La noche de la conspiración de la pólvora, de Juan Antonio Masoliver Ródenas

Juan Antonio Masoliver Ródenas (Barcelona, 1939) tiene, por lo que veo, varios volúmenes publicados en Acantilado. Conozco su faceta como crítico literario en La Vanguardia, y nunca me ha entusiasmado. Sin embargo, con este volumen descubro dos cosas interesantes: que enseña (o enseñaba) literatura en lengua española en la University of Westminster de Londres y que es mejor narrador que crítico.

La noche de la conspiración de la pólvora en un librito de poco más de 200 páginas donde encontramos veinte relatos, todos con el nexo común de la memoria, sea en forma de evocación de la infancia, sea estructurada alrededor de reminiscencias de la Guerra Civil española (qué original). Si el asunto se alargara mucho, cansaría, pero afortunadamente los tiempos están bien medidos. Las percepciones subjetivas, base de los cuentos, justifican hasta cierto punto determinadas referencias, un tanto repetitivas, al sexo y a lo escatológico (en sentido no teológico), aunque en mi opinión se le ha ido la mano.

Lo meto en “Recomendaciones literarias” por los pelos. A pesar de todo, tiene más virtudes que defectos.

Ayer se falló el Premi Llibreter 2009

El jueves 5 de noviembre se hizo público el ganador del premio dado por los libreros catalanes. Se trata de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, publicado por Acantilado en español y Viena en catalán. Más información en el blog de la empresa de comunicación Monmar.

Candidatos al Premi Llibreter de este año

Me llega por la empresa Monmar la lista de finalistas del Premi Llibreter de este año, que concede el Gremi de Llibreters de Barcelona i Catalunya (ahora me entero de que Barcelona y Cataluña van por separado). Por si alguien se ha perdido, es el premio que los libreros catalanes dan a los libros que más les gustan. Si estar entre los candidatos hace que aumenten las ventas, ganar es ya la bomba, palabra que no hay que pronunciar nunca en un avión.

Los finalistas de este año son: Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson (Acantilado en español y Viena en catalán); Olor de colònia, de Sílvia Alcántara (Edicions de 1984); Les edats perdudes, de Judit Pujadó (Empúries); En lugar seguro, de Wallace Stegner (Libros del Asteroide); y Tanta gente sola, de Juan Bonilla (Seix Barral).

Alta literatura, evasión y literatura comercial

En sentido estricto, toda literatura pretende ser comercial a partir del momento en que estamos en un sistema de mercado más o menos libre donde compras lo que quieres. Incluso quien publica a Dostoievski aspira a vender bien, aunque las cifras no vayan a acercarse a las de Dan Brown ni en broma. Se me objetará que muchos escritores tienen miras más altas. Responderé que eso es lo que dicen en las entrevistas para hacerse los listos, porque todo el mundo prefiere vender veinte mil ejemplares a dos mil, aunque los compradores sean lectores incapaces de comprender la supuesta “profundidad intelectual” de la obra en cuestión. Además, estoy de acuerdo con Adorno cuando decía que el autor tiene menos dominio del que cree sobre la percepción que su obra causará en el receptor. De modo que, al final, escribir para un tipo de público determinado no tiene ningún sentido, como tampoco escribir para uno mismo. Lo que hay que hacer es escribir bien, y punto.

Eso no quiere decir que, a la hora de la verdad, todas las editoriales y algunos escritores no enfoquen su negocio hacia un tipo de público determinado. Acantilado ya sabe que Amor y basura, de Klíma, no va dirigido al público que lee a la plasta de Susanna Tamaro, como Planeta sabe que no hace falta revisar determinadas novelas mal escritas y mal editadas porque el nivel de exigencia literaria de su público es tan bajo que los errores van a pasar desapercibidos. Nunca olvidaré lo que me dijo una editora: “Lo que nos planteas es demasiado literario. Nosotros vamos a lo que vamos.” (Léase: buscamos novelas de encefalograma plano para forrarnos.) Y me parece bien. Al menos fue honesta, cosa que no se puede decir de todo el mundo.

La literatura como evasión no sólo no tiene nada de malo ontológica ni estéticamente sino que es el origen mismo de la novela. Una de las primeras novelas escritas, si no la primera, es El asno de oro de Lucio Apuleyo (siglo II), una obra maestra de la distracción, humorística y más moderna que la mitad de lo que se escribe hoy día (es cuestión de leerla bien traducida, por supuesto, o en latín directamente). E.T.A. Hoffmann era un maestro de la evasión, como también Bram Stoker, autores muy comerciales que no por eso dejaban de atesorar una altura literaria considerable. Y es que, a la postre, se puede escribir alta literatura que sea también comercial. No es el caso de Zafón y su retahíla de novelas ilegibles, por más que sus defensores no hayan entendido ni vayan a entender nada de lo que algunos llevamos tiempo exponiendo: que si se ha creado una escisión ficticia entre lo comercial y lo literario es porque así lo ha querido el público al comprar lo que compra. Existe mala literatura porque hay demanda de productos de mala calidad. Así de fácil.

Recomendaciones literarias para el 23 de abril, Día Mundial del Libro

Más conocido en Cataluña por Sant Jordi, o sea, San Jorge. Las ventas de libros en Cataluña se dispararán pasado mañana. Comprarán incluso quienes no leen, que ya es decir, impelidos por los descuentos que ofrecen las librerías y por la cosa esa de “no quedar mal”. Algo similar sucederá en otras partes, principalmente Madrid (creo), pero a otra escala.

Dado que ir de compras literarias a ciegas va a ser un suicidio este próximo miércoles, voy a hacer unas cuantas recomendaciones para aquéllos que anden tan perdidos que se vean obligados a tener en cuenta los puntos de vista de un analfabeto funcional como yo. Pongo epígrafes a vuela pluma, recapitulando algunos de los libros que he tratado desde diciembre, cuando redacté las recomendaciones literarias de Navidad y Reyes.

Cartas de viajes: La vida en México, de Frances Erskine Inglis (Rey Lear)

Clásico contemporáneo serbocroata: El Kapo, de Alexandar Tišma (Acantilado)

Cuentos: Los amantes de Toledo y otras historias insólitas, de Villiers de l’Isle-Adam (El Cobre)

De la editorial que nos patrocina en 2008: La luz que se apaga, de Rudyard Kipling (El Cobre)

De un grande fenecido el año pasado: El castillo en el bosque, de Norman Mailer (Anagrama)

De una exiliada croata: El Ministerio del Dolor, de Dubravka Ugrešić (Anagrama)

Diario: Diario de 1945, de Joseph Goebbels (La Esfera de los Libros)

Dos novelas breves en un volumen: Help a él, de Rodolfo Enrique Fogwill (Periférica)

Drama biográfico: La ciencia del adiós, de Elisabetta Rasy (Alianza)

Edición conmemorativa de un clásico: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad (Galaxia Gutenberg)

Ensayo: Herejes, de G.K. Chesterton (El Cobre)

La primera novela del Proyecto Seléucida: El desorden, de Juan Carlos Girauta (Belacqua)

Literatura de viajes: Londres, de Henry James (Alhena)

Memorias del cerco a Sarajevo: Postales desde la tumba, de Emir Suljagić (Galaxia Gutenberg)

Micronovela: El socio, de Joseph Conrad (Artemisa)

Narración de primera mano de la Guerra de Cuba: Heridas bajo la lluvia, de Stephen Crane (Rey Lear)

Novela llevada al cine recientemente: Los crímenes de Oxford, de Guillermo Martínez (Booket)

Obra maestra rusa: La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta)

Shakespeare en versión cuento: El Rey Lear, de Charles Lamb (Rey Lear)

Amor y basura, de Ivan Klíma

Nada sabía de este autor mayúsculo y, de pronto, me cayó del cielo una obra maestra de nombre tan extraño como poco comercial, Amor y basura, publicada por Acantilado, editorial donde tantos se han despeñado.

Ivan Klíma nació en Praga en 1931. Estuvo recluido en un campo de concentración alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde se volcó en la escritura, pero los comunistas prohibieron sus obras por considerarlo sospechoso, de manera que se vio obligado a vivir de trabajos tan alejados de su ser como el de conductor de ambulancias. Fue a los Estados Unidos para dar clases como profesor visitante en la Universidad de Michigan, y en lugar de quedarse decidió regresar a su tierra, error que pagó con más ostracismo. Escribió la presente novela entre 1983 y 1986, pero no pudo publicarla hasta 1990, una vez hubo fenecido el régimen soviético.

Un título tan curioso tiene muchos números para esconder algo, a menos que se trate de un bluf. Y no lo es. Klíma convierte al protagonista de la novela en su alter ego, y nos lleva por un viaje interior que se desdobla entre dos elementos tan antagónicos como el amor y la basura. Dicho protagonista es un obseso de Kafka (cuya figura está presente de modo explícito a lo largo de la novela), y como escritor marginado por el sistema comunista se ve forzado a trabajar de barrendero. Ésa es la excusa perfecta para que Klíma se entregue, en algunas páginas, a una disquisición de Praga similar a la que Walter Benjamin llevara a cabo acerca de París con ocasión de la revolución en la experiencia estética que comportó la aparición de los bulevares en el siglo XIX. La diferencia está en que el checo se centra en la basura como imagen de una sociedad enferma por totalitaria, y Benjamin en la revolución burguesa y mercantil.

Por lo que al amor se refiere, el protagonista vive escindido entre su esposa y madre de sus dos hijos y su amante, que lo presiona para que abandone a la legítima. Él no se decide, como tampoco se pudo decidir Kafka, perpetuamente quebrado, roto, con un pie en un arte que le exigía la entrega de su vida misma y otro en las solicitudes de compromiso matrimonial.

Novela densa, obra maestra, Klíma nos ayuda a comprender a Kafka al mismo tiempo que nos narra una parte de su propio periplo bajo forma de ficción surrealista.

El Kapo, de Aleksandar Tišma

Acantilado, siempre recuperando autores centroeuropeos tan formidables como desconocidos, publicó en 2004 esta joya de Aleksandar Tišma (1924-2003). El autor, yugoslavo de pasaporte la mayor parte de su vida (pero precisando: serbio, húngaro y judío), estuvo recluido en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, y años después escribiría el ciclo novelesco Ramas entrelazadas, siendo El Kapo una de las seis obras que lo componen.

Esta obra maestra trata de un judío que es kapo en un campo de concentración. Muchos años después, siente la necesidad de hablar con una superviviente del horror, de manera que va a su encuentro. Hasta aquí puedo leer.

Ahora bien: ¿quiénes eran los kapos? Carlos Semprún Maura lo explicó con claridad en un par de artículos en Libertad Digital, titulados “Kapos” y “Funeral Parlours”. Sintetizando: su propio hermano, Jorge Semprún Maura (escritor y Ministro de Cultura con Felipe González), fue kapo en el campo de Buchenwald. Carlos Semprún explica que la palabra ‘kapo’ no viene del italiano ‘capo’ (de la mafia), como se cree, sino del alemán “Kamerad Polizei”. Y añade que:

“[…] Someramente, podría definirse así la férrea y siniestra jerarquía concentracionaria: en la cúpula claro los nazis, los SS, con derecho de vida o muerte sobre todos los deportados, y entre la masa de deportados, verdaderos esclavos, y la cúpula nazi, lo que en otras ocasiones califiqué de “subadministración”, o sea los kapos, deportados con ciertos privilegios y ventajas que les permitían comer mejor, vestir mejor, sentir menos frío, trabajar menos que la masa de cadáveres ambulantes, y sobre todo, lo más tremendo, lo que siempre ha intentado ocultarse: elegir quiénes iban a formar parte de los comandos de trabajo forzado en el exterior del campo y quiénes iban a morir la mañana siguiente, fusilados o ahorcados por los nazis.” [El subrayado es suyo.]

Visto esto, conviene ver un parágrafo especialmente impactante de una esta novela, por lo demás cruda a más no poder. Es un momento en que el ex-kapo recuerda, por boca del narrador omnisciente, cómo abusaba de las reclusas, o las espiaba antes de que las asesinaran:

“Él también miraba, ¿por qué no?, aunque sabía, igual que lo sabían los SS, que todas estarían muertas al cabo de diez minutos; pero ¿cómo privarse de mirar un cuerpo soberbio, arqueado inconsciente hacia un perchero, después de los esqueletos que veía días tras día? […]”

En medio de la sordidez de un campo de exterminio, el kapo se solaza observando con morbosidad enfermiza a las mujeres que van a pasar por las duchas de gas. Horror en grado sumo. Novela impenetrable e imprescindible.