Relato: «Uno, dos, tres, cuatro»

La sacudida lo despertó. Llovía. Miró el reloj. Sólo faltaban diez minutos para aterrizar. La película que habían comenzado a proyectar tan pronto como se hubo repartido la cena había finalizado. No le importaba haberse perdido el final al quedarse dormido.

Otra sacudida. Se rascó el cuello, tocando de paso el amuleto que llevaba colgado sobre el pecho desde pequeño. Su abuelo se lo había regalado antes de morir, diciéndole que de poco le serviría ya a alguien enfermo y en silla de ruedas. Recordó la extraña expresión del abuelo cuando añadió que nunca se apartara del cuello esa cara espantosa, pasase lo que pasase.

Pegó el rostro a la ventanilla. Oscuridad provocada por una niebla impenetrable rodeaba el avión. La lluvia ametrallaba el fuselaje. A duras penas se veía la luz de la punta del ala. Se produjo otra sacudida. Miró a su vecino de asiento, dos a la derecha, quien le dedicó una sonrisa obviamente usada para ocultar una preocupación creciente. Se la devolvió y cerró los ojos para sumirse en los recovecos más profundos de la memoria. Su primer accidente en bicicleta, mientras estaba acariciando el amuleto que le acababa de regalar el abuelo. La imagen que le cruzó la mente justo antes de que se cayese, él mismo con el labio roto. Y así fue. Por la caída de la bicicleta se rompió el labio superior. Nada más. El accidente de coche en que quedó atrapado, el horror de la asfixia. Medio inconsciente agarró el amuleto y se vio a sí mismo en el entierro de su compañero de vehículo. Efectivamente, el hombre que pasó casualmente por allí y se jugó la vida sacándolo del coche no fue capaz de sacar también a su amigo, quien murió calcinado después de que estallara el depósito. O aquella vez en que esa chica se puso a reír y le contestó que no saldría con él aunque fuese el último hombre vivo en el mundo. Retirándose cabizbajo, con el amuleto entre manos, tuvo la visión de sí mismo en el altar con ella. Se casaron al cabo de tres años.

Se produjo una sacudida terriblemente violenta. Abrió los ojos de golpe. Algunas mujeres habían chillado. Las azafatas corrían de un lado a otro, haciendo no se sabía muy bien qué. Su vecino se santiguaba y rezaba. La luz que prescribía abrocharse el cinturón llevaba encendida desde el inicio del descenso para aterrizar. Entonces comenzaron las sacudidas continuas. Arriba y abajo, constantemente. Se admiraba de que las azafatas pudieran sostenerse de pie. Por primera vez en su vida pensó que, por más dinero que les pagasen, nunca podría ser suficiente. El piloto se dirigía a la tripulación o a los pasajeros, no lo distinguía claramente, toda vez que los crecientes ruidos y gritos impedían discernirlo.

La tortura no parecía tener fin. En algún instante de esos momentos eternos saltaron las máscaras de oxígeno. El infierno puede vislumbrarse en una milésima de segundo. Alguien imploró a gritos la asistencia de Dios. La situación se había vuelto ya insoportable cuando, de pronto, sucedió. Mientras buscaba con el tacto el amuleto, miró por la ventana y vio que un rayo golpeaba el motor del lado donde él estaba sentado.

El aparato se inclinó bruscamente hacia la izquierda, con el motor ardiendo. Todo estaba perdido. Los gritos y el horror le impedían concentrarse. Un viaje de seis horas para morir hecho pedazos tan cerca del aeropuerto.

Por fin aferró el amuleto. No veía nada. El ala se partió por la parte del motor y el avión se descompensó totalmente, cayendo en barrena. Casi doscientos muertos, contándose a sí mismo. También el bebé que había visto con su madre. La muerte es lo único gratuito. No habría exenciones. Supo por primera vez en su vida qué es el miedo puramente animal. Los demás ya no existían, sólo había gritos inhumanos y objetos volando, chocando contra los cuerpos de los pasajeros y pasajeros chocando entre ellos, sangrando por los golpes en la cabeza. Se avergonzó hasta lo más profundo de su alma al tomar conciencia de que habría hecho lo que nunca se habría imaginado, no ya para sobrevivir sino para sufrir una muerte rápida, instantánea, indolora. Habría pactado con el Demonio en persona. Habría vendido su ser.

Continuaba apretando el amuleto con la mano derecha, notando que el estómago se le salía literalmente por la boca en esa caída libre. Tenía sangre en la frente. En una postrera euforia patética cogitó que… Pero no, no había ninguna posibilidad. La supervivencia era impensable. ¿A qué distancia estaría del suelo? ¿Cuánto tiempo llevaban cayendo? Los segundos se habían convertido en milenios. Ni en la peor de sus pesadillas habría intuido vagamente algo así. El amuleto seguía sin mostrarle nada.

El fuselaje se partió por delante de él. Los pilotos y los miembros de la tripulación que estaban en esa parte del avión, junto con los pasajeros de primera, devendrían restos humanos aparte. En un instante todo el frío del mundo se concentró sobre su cuerpo. No podía respirar ni abrir los ojos. Las inofensivas gotas de lluvia eran agujas que penetraban hasta el hueso la piel fría. Dando vueltas en un sinsentido recordó las últimas palabras de su abuelo: «Cuenta hasta cuatro». Nunca había llegado a entender el significado de esas instrucciones pronunciadas desde unos labios apagados por la enfermedad. Hasta ese momento. Contó. Uno, dos, tres, cuatro. No veía nada. Lluvia en la cara. Frío más allá de lo comprensible, quizás a unos dos mil metros y cayendo en picado. Uno, dos, tres, cuatro. Continuaba sin ver nada. Ya no había gritos, sólo caída al vacío. Uno, dos, tres, cuatro. Inconsciencia somática, como congeladas las terminaciones nerviosas. No sabía si no podía respirar o simplemente ya estaba muerto. Uno, dos, tres, cuatro. El amuleto no le mostraba nada, esa vez ya no había nada que ver. Nunca más habría nada que ver. Uno, dos, tres, cuatro. Oscuridad atado a un asiento soldado a un pedazo de fuselaje cayendo. Uno, dos, tres, cuatro…

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