The Body Artist, de Don DeLillo

Pongo el título en inglés porque leí el libro en su lengua original, pero se entiende que corre por aquí en español, y supongo que también en catalán.

DeLillo es un eterno aspirante al Nobel y, quizá, el máximo representante vivo del postmodernismo en literatura. Si con “modernismo literario” nos referimos a autores como D.H. Lawrence y James Joyce (prosa alambicada, referencias al pasado clásico, énfasis en la división entre significante y significado, etc.), con “postmodernismo” damos otra vuelta de tuerca y nos plantamos ante textos sumamente complejos en todos los niveles de lectura.

The Body Artist, testimonio de un dominio espectacular de la lengua inglesa por parte del autor, se refiere a la protagonista de la novela, artista de performances y otras cosas super modernas y molonas, cuyo marido, director de cine, se suicida. A partir de ahí, DeLillo construye una historia de inmanentismo puro cargada de elementos propios de la filosofía analítica (Wittgenstein, sin ir más lejos: el límite de mi mundo es el límite de mi lenguaje), sazonada con evocaciones de lo sobrenatural y fantasmagórico. El conjunto no carga porque la obra es breve y cada cosa está milimétricamente colocada en su sitio, mas la densidad y la concentración requeridas para la comprensión de la obra son extremadamente altas.

No puedo cerrar la exposición sin remitirme a la crítica larguísima que SuperSantiEgo hizo del último bodrio de Murakami, autor precisamente postmoderno y terriblemente sobrevalorado. Siempre digo que dentro de cincuenta años nadie se acordará del japonés, mientras que DeLillo será un clásico intocable del panteón narrativo mundial. Tenéis la reseña en su blog La Realidad Estupefaciente.

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3 pensamientos en “The Body Artist, de Don DeLillo

  1. No sé por qué, pero en algunos blogs tengo problemas para comentar.

    Decía que apunto a este autor con Pynchon, escritor posmoderno del que sí he oído hablar mejor.

    Y que lo que más me sorprendía de la crítica de Murakami era una cita de la crítica del, creo, New Yorker:

    “Era como si su vello púbico fuera parte de su proceso de pensamiento.”

    Para leer semejantes garruladas, prefiero a Stephen King, quien no va de ser un gran autor.

  2. Ahora que lo dices, es posible. Ya me ocurrió el domingo, cuando intenté comentar en un blog donde escribí mal mi dirección hace ya algún tiempo, efectivamente.

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