Vida secreta (IV)

Cuarta entrada con pasajes de la novela inédita Vida secreta, de Ánguelos Terzakis. El protagonista, también narrador, discute con el principal personaje femenino de la obra. Introduzco corchetes porque los diálogos desprovistos de contexto se hacen difíciles de seguir:

[Él] “La vida es bella, señorita Vena —le dije con cierta emoción que ni siquiera intenté contener—. Inimaginablemente bella. Eso es lo trágico.

[…]

[Él] A los hombres nos crearon tiranos los unos de los otros. Sin embargo ¡fíjese en qué placer deviene esa tortura! Porque ¿qué es el amor erótico, por ejemplo, sino una tortura de uno para con otro, de uno por parte de otro? ¿Y la ternura, y el deseo, qué sino?

[Ella] ¿También la ternura?

[Él] También la ternura.

Silencio

[Ella] ¡No, no estoy de acuerdo! —dijo vivamente poniéndose de pie—. Ha capitulado, por lo que veo. Yo no capitulo.

Lo dijo con convicción, con esa convicción que no se queda en mero intento. ¡Y qué belleza le daba ese aire rebelde! Hasta ese momento nunca la había visto tan auténtica, tan segura de sí misma. Entendí que por primera vez pisaba el camino que me conduciría, a lo lejos y con esfuerzo, a la sombra de esa alma oculta.

[Ella] Está mezclando sentimientos gentiles con otros de naturaleza bárbara —dijo caminando de un lado a otro—. Por eso ha estado a punto de confundirme también a mí…

[Él] ¿Cuáles son los gentiles y cuáles los bárbaros?

[Ella] A la ternura la llamo gentil. Al amor, no.

Pronunció ‘amor’ con cierta dificultad, como si la palabra le costara esfuerzo.

[Él] ¿Y no le parece arbitraria esa distinción? —pregunté.

[Ella] ¡En absoluto! Mi juicio es comedido en todo.

[Él] Tiene una consideración muy alta de sí misma. Discúlpeme… me refiero a sí misma como ser humano, de modo impersonal.

[Ella] Sería arbitrario —dijo— si juzgara así porque quiero. Pero no. La diferencia es substancial. ¿Usted no ve que la ternura contiene cierta pureza, cierta gentileza, mientras que el amor es una función animal, oscura y mecánica? Con la ternura no buscamos nada, sólo damos. Y sabemos muy bien a dónde vamos. La ternura es nuestra. El amor, no. En el amor somos órganos, y órganos engañados, ridiculizados. ¡Qué asco! ¡No me diga nada, por favor! No lo escucho.

Un arrebato incomprensible la dominó de pronto. Se tapó los oídos con las palmas de las manos y se sentó, solitaria, en una silla. Yo la miraba y sentía, con intensidad creciente, como si descendiera planeando sobre un momento crítico y crucial.”

El diálogo da para mucho. Para empezar, dado que en griego hay dos palabras distintas para designar el amor en general y el amor específicamente sexual, he querido marcar el inicio de la discusión con la expresión “amor erótico”, para luego mantener sólo el substantivo. El lector ya sabe que a partir de entonces se habla de ese tipo de amor, no del amor por la patria o los amigos. Cierto que podría haber traducido siempre por “erotismo”, pero no me acababa de gustar.

Por otro lado, en la única novela de Terzakis traducida al español, Viaje con Venus (Rey Lear), ya se trata la idea del amor como mecanismo que nos enajena. El protagonista, un adolescente, recibe una epístola de su amigo, un tipo de corte intelectual y descarado:

“Te ruego que me contestes a esto: Has tenido, por supuesto, contacto carnal con una mujer, ¿verdad? Fue vulgar, pero no importa, siempre es lo mismo. Pues bien, ¿te has fijado en la postura erótica, en el ritmo, en el mecanismo? Ese conjunto, ¿no es como dos bestias entrelazadas? No obstante, la antecámara que lleva al dormitorio es bonita, el olor es perfumado, por las ventanas abiertas distingues el cielo… ¡Basta! Nada más.”

Pues eso. Nada más.

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