En el zoo de Singapur

En noviembre me pasé por el zoo de Singapur y se me olvidó dar cuentas en el blog. Allá voy.

En un país multicolor donde todo está pensado para entretener al personal, el zoo es una atracción más. La verdad es que es muy molón, y entre que es grande (28 hectáreas, el doble que el de Barcelona) y que está a tomar por el culo, lo mejor que puedes hacer es dedicarle un día enterito.

[Una manera educada de pedirle al personal que no haga el gilipollas.]

Por si acaso, te recuerdan que los flotadores son para sobrevivir, no para hacer el payaso:

Si pagas un poco más, tienes derecho a subirte al coche articulado que te lleva de un lado a otro. Dado el calor y las distancias que debes recorrer, es recomendable que pagues para que no termines arrastrándote. Aquí un microvídeo:

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La información es muy detallada, por si quieres ver cómo comen los bichos:

A ése le dan de comer una vez al día. No me extraña que se quede así:

Parte de los gastos corren a cargo de empresas privadas. Por ejemplo, Kentucky Fried Chicken paga el forraje de las zebras. Es de suponer que no les dan pollo:

Y si te pones a la cola y pagas, das de comer a las jirafas:

Te avisan de que algunos bichos te puede hacer trizas en un descuido. La seguridad que no falte:

Cuando te diriges a la salida, que de hecho es la entrada, vuelves a ver los monitos que se pasean al alcance de la mano por unos árboles. A pesar de los avisos para que nadie les dé de comer, algunos visitantes exhiben su retraso mental intentando tocarlos. Y ¡qué sorpresa! Muerden:

[Muy mono, sí, pero se gastaba una mala leche antológica.]

Y eso es todo.

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