De cena en Singapur

Lo de ayer fue más que inesperado. El profesor estadounidense que tenemos en la academia se da el piro a California, e hicimos la cena de despedida. Sólo nosotros, sin los jefes, pero éramos unos quince. El lugar elegido fue un restaurante que está, literalmente, a tomar por culo. Más lejos y nos salimos de la isla. Parece mentira que Singapur, siendo tan pequeña, sea tan grande. No te la acabas. Fuimos en cuatro taxis por las autopistas internas de la ciudad, que es como pillar la AP-7 para ir de Barcelona a Francia, y tardamos casi media hora. A destacar que el taxista chino veía un teledrama en directo por satélite, subtitulado en inglés y mandarín, como se aprecia en el siguiente vídeo grabado con el móvil (no he sabido colgarlo mejor):

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El restaurante en cuestión está en medio de la nada, junto a un aeropuerto minúsculo. El propio taxista no sabía llegar y casi se perdió. Una vez allí, tuvimos que hacer cola una hora para entrar. En el menú había no sé qué llamado “Godzilla”, pero la estrella de la función son sus famosas alas picantes de pollo. Van del nivel 1 al 30. No las probé porque no me van. Sin embargo, ni siquiera los bengalíes ni la singapurense de origen cingalés (una belleza) podían con el nivel superior al 20. Un verdadero infierno para el paladar.

Volver fue una odisea porque los taxis se niegan a recogerte allí. Dos camareros tuvieron que meternos en sendas furgonetas y acercarnos a una zona civilizada, donde tardamos 20 minutos en parar, al menos, un taxi.

Para terminar, una foto tomada con el móvil (me agobia ir con la cámara a todas partes). Surrealista:

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