“Los caballos azules”, de Ricardo Menéndez Salmón

Este gijonés nacido en 1971 se llevó sonoras alabanzas por su novela La ofensa (Seix Barral), obra fallida que también cosechó un éxito comercial notable. Por lo que a un servidor se refiere, después de leer el relato “Los caballos azules”, publicado por Alfabia en un solo volumen muy pequeño, me da que su terreno natural es el de la narrativa corta.

Y es que el cuento en cuestión es más que apreciable, y probablemente fuera el merecido ganador del Premio Juan Rulfo de Relato 2003 (participaron 6.438 textos; de ahí el adverbio). Nos presenta una historia turbadora y críptica que tiene su gracia, y de la cual no diré nada. Me centraré, sin embargo, en el uso excesivo de la retórica, tendencia incontrolada que lleva al autor a pasarse en algunas frases. Por ejemplo:

“…por espacio de diez largos y confusos minutos…” [Página 45.]

O espacio o tiempo, pero no ambos, como hace Zafón. O:

“…con los adarves de sus murallas repletas de hormigas pululantes…” [Página 35.]

Vale que use ‘pululante’, palabro inexistente oficialmente en lengua española, porque no suena mal, pero confunde el significado del verbo ‘pulular’, que es ‘abundar en un lugar’. Por ende, la frase anterior equivale a:

‘…con los adarves de sus murallas repletas de hormigas abundantes…’

Si ya has dicho que están repletas de hormigas, sobra añadir que dichos entes abundan.

Para terminar, quiero mencionar un detalle curioso de Alfabia: las últimas páginas del librito se limitan a unas líneas horizontales como las que se encuentran en ciertos libros infantiles o en agendas. El espacio lleva el nombre de “Notas”, y es, justamente, para tomar notas. Curioso, como mínimo.

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