Lectura eterna

El otro día alguien dijo que, a pesar de sus esfuerzos, aún le quedaban clásicos por leer. Le he dado vueltas muchas veces a la idea de leer todo lo que se supone que hay que leer. Es decir, a la asunción de un canon. La existencia misma de un canon es dudosa, pero si la aceptamos, es innegable que no hay tiempo suficiente para completar tal lectura. Siempre se nos escaparán no ya obras concretas sino autores enteros.

Más fácil lo tenemos quienes, por motivos de poca empatía estética, no leemos poesía ni teatro más que con cuentagotas. Eso reduce bastante la parte que nos interesa de un canon extraordinariamente amplio.

En resumidas cuentas, no hay que agobiarse por las lecturas. Esto es lo que hay y se hace lo que se puede. Y si alguien te pregunta que cómo puede ser que aún no hayas leído tal libro, recuérdale que, algún día, la muerte también lo/la atrapará, y que se deje de preguntas sin sentido que sólo conllevan ansiedad por un trabajo que, en realidad, es interminable.

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6 pensamientos en “Lectura eterna

  1. “Homero no leyó a Shakespeare, y no le ha ido mal.”

    Eso decía Roger Wolfe.

    Balzac escribió que seríamos muy sabios si conociéramos bien apenas cuatro o cinco libros. Me imagino que no se refería a “La sombra del viento”, “La catedral del mar” y “La rusa”.

  2. Si aprovechas bien el conocimiento por negación, los libros que citas son manuales de cómo no hay que escribir. En una asignatura que se llamase así serían de lectura obligatoria.

  3. Es que en todo esto de lo que se lee y lo que no se lee hay mucha pedantería, o mucha “transgresión”, que es lo mismo. Con la lectura se ha de hacer como con la comida: tomar sólo lo que gusta y lo que conviene, prescindiendo de los gurús de turno, llámense Ferran Adrià o Reich-Rainicki.

  4. Hay un dicho en la vida. Sobre gustos no hay nada escrito. Están los clásicos y despues los demás. Lee para disfrutar y para aprender. No por obligación ni por imposición.

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