Monografía: Bram Stoker

Por motivos que no vienen al caso, escribí hace poco una especie de biografía de Bram Stoker. Para tenerla en el disco duro, mejor que la ponga aquí. Ahí va:

Si los contemporáneos de Abraham Stoker vivieran ahora, no terminarían de creerse que la estadounidense HWA (Horror Writers Association) institucionalizara en 1987 un premio anual que lleva el nombre del irlandés: el Bram Stoker Award. Y es que, en vida, Stoker era más conocido por ser el asistente personal de Henry Irving, conocido actor teatral cuyo nombre real era John Henry Brodribb.

Stoker nació en Dublín el 8 de noviembre de 1847 en el seno de una familia protestante. Casualmente (o no) el año de publicación del folletín Varney the Vampire, de James Malcolm Rymer, obra que tendría su peso en la redacción posterior de Drácula. Fue el tercero de siete hermanos; su padre, Abraham Stoker (1799-1876), era de Dublín mientras que su madre, Charlotte Mathilda Blake Thornley (1818-1901), provenía de Ballyshannon, un pueblo situado al norte de Irlanda. Fue la madre, partidaria del feminismo de la época, quien jugó un papel decisivo en la formación literaria del pequeño Bram. Debido a la salud quebradiza que se vio forzado a soportar durante los primeros siete años de vida, Stoker se formó en casa con un profesor particular, el reverendo William Woods. Eso de día, porque de noche escuchaba los relatos que le contaba su madre, especialista en poner los pelos de punta con historias irlandesas de fantasmas. La dualidad irreconciliable entre lo real y diurno, encarnado por las clases objetivas de su maestro, y lo irreal y nocturno, impulsado por la viva imaginación de su madre, marcarían para siempre la estructura profunda de su narrativa por venir.

En 1864, a los 17 años, el pelirrojo Stoker ya era un joven grandote que no tenía nada que ver, al menos físicamente, con el niño enfermizo que había sido. Ingresó en el Trinity College de Dublín, de donde salió en 1870 graduado con honores en Matemáticas y habiendo sido presidente de la Philosophical Society. Fue entonces cuando comenzó una carrera administrativa terriblemente aburrida que volvió a impulsar, por si acaso hubiera perdido fuerza, su concepción dual de la existencia: monotonía diurna y escapadas nocturnas a los teatros, afición heredada de su padre y que terminaría dándole tanto un sueldo como ayudante del actor Henry Irving, cuanto una vida disipada que lo conduciría a morir de sífilis en Londres a los 64 años, concretamente el 20 de abril de 1912. A destacar que de la misma enfermedad murió su amigo el también escritor Oscar Wilde, y que la semana de la muerte de Stoker se hundió el Titanic.

En diciembre de 1878, después de convertirse en el secretario de Irving y de trasladarse a Londres, Stoker se casó con Florence Balcombe, cuyo último pretendiente había sido justamente Oscar Wilde. Según atestiguan las fuentes de la época, Florence era una mujer de belleza extraordinaria. Así, el año 1878 parecía ser el gran momento en la vida de Stoker: trabajo en el ámbito teatral de Londres (su sueño) y boda con una preciosidad (su otro sueño). Mas de modo tan lamentable como inesperado, la fortuna volvería a girar y esos dos elementos se tornarían en su contra. Por un lado, Henry Irving, el reputado especialista en Shakespeare, terminaría revelándose como un ególatra que vampirizaba espiritualmente a Stoker y a cuantos caían incautamente en su círculo personal o profesional, y su esposa, la preciosa Florence, se limitaría a darle un solo hijo (Irving Noel Thornley Stoker) y a vetarle toda posterior consumación carnal, por lo que parece o se sospecha hoy día. Para alguien con tal querencia por la vida nocturna, eso fue bastante más que una invitación a que se relacionara con otras mujeres sin demasiados miramientos ni remordimientos de consciencia.

La senda de Stoker en la escritura de terror comenzó con relatos, hecho desconocido por el gran público, dado que el irlandés pasó injustamente a la historia como si su única obra fuera Drácula. La realidad es que le debemos auténticas joyas como “El entierro de las ratas” o “Las arenas de Crooken”, cuentos donde cristalizan magistralmente las obsesiones vitales y literarias de Stoker: la noche en tanto que oportunidad para el mal en el primer caso, y la dualidad interior, la escisión del yo en el segundo. Aunque Stoker no hubiera escrito más que piezas breves, ya sería digno de recuerdo entre los grandes nombres anglosajones de las distancias cortas, junto a E.A. Poe, W.W. Jacobs o A.M. Burrage.

No obstante lo dicho, Stoker estaba destinado a más. Yacía en sus manos la posibilidad de generar una novela que, inesperadamente, se convertiría no ya en un clásico de la literatura mundial sino en el certificado de nacimiento de toda una rama del terror. Cierto que ya existían obras vampíricas, como el relato “El Vampiro” de John William Polidori (1795-1821) o la novela Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), y que la lectura de dichas obras influyó mucho en Stoker. Sin embargo, no fue hasta 1897, el año de publicación de Drácula en inglés, que el género de los no-muertos recibiría la obra magna de referencia, el sello de identidad que marcaría un antes y un después. Con todo, y como bien dijo el filósofo Theodor W. Adorno, la obra maestra mata el género, y este caso no es una excepción. Originalmente, Drácula pertenecía a la corriente literaria del gótico tardío, movimiento que Stoker finiquitó con una estacada directa al corazón. Se han escrito y se continúan escribiendo multitud de novelas vampíricas, pero esa cantidad ingente, representada actualmente por la tetralogía de Stephenie Meyer (Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse y Amanecer), no pasa de ser una sombra del original, con la honrosa excepción de la otra obra maestra del género, Soy leyenda, de Richard Matheson, publicada en 1954 y responsable del nacimiento de una nueva rama del terror, claramente cinematográfica: la de los zombis.

Después de Drácula, Stoker no se movería del sendero de la novela. Quizá juzgara que su etapa como cuentista estaba acabada. Sea como sea, lo que vino a continuación no terminó de estar a la altura: novelas como La dama del sudario o La madriguera del gusano blanco son, sin duda, buenas novelas, pero están justamente eclipsadas por Drácula. Se puede afirmar que literariamente no hay competencia, o que, en todo caso, la competencia real consigo mismo está en los relatos que escribió antes del advenimiento de Drácula.

Volviendo a las extravagancias personales que tanto atraían a Stoker, es notoria su pertenencia a la Hermetic Order of the Golden Dawn, secta de iluminados burgueses que se aburrían y que se reunían en secreto a imitación de la masonería. Allí coincidió con lo más granado de la época, como el poeta irlandés W.B. Yeats (Nobel de Literatura en 1923), los escritores Henry Rider Haggard, Arthur Machen o Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes), y el satanista postmoderno Aleister Crowley, aficionado a llamar de atención a cualquier precio y mediante cualquier escándalo.

En otro orden de cosas, Stoker fue un autor que vivió de lleno la era victoriana, un período tan amplio y con tantos escritores que difícilmente puede decirse que presente temas literarios comunes. La reina Victoria nació en 1837 y murió en 1901, por lo que el victorianismo tiene en realidad un carácter más temporal que literariamente doctrinal. Aun así, un destacado tema psicológico y sociológico de dicha era fue la percepción del sexo como problema más que como realidad vital, y Stoker no fue ajeno a un fenómeno de tal calado. Drácula está plagado de elementos sexuales explícitos u ocultos en multitud de niveles textuales, siendo el más obvio la turbación que provoca el contacto de los dientes del vampiro en el cuello de la víctima, y la posterior y consiguiente esclavización que ésta sufre.

El origen literario de la figura de Drácula se desdobla, algo que no es de extrañar a partir del momento en que la obsesión por el doble estaba tan presente en el autor. Por un lado, está el poso literario que Stoker absorbió a base de lecturas a lo largo de los años, lecturas que forjaron un sólido imaginario personal: por ejemplo, las ya referidas Carmilla de Le Fanu y “El Vampiro” de Polidori. Por otro lado, está la gestación de la obra como estricto proceso de escritura. Aquí hay que diferenciar varios puntos:

1. La supuesta pesadilla que dio origen a la novela. En dicho sueño, Stoker habría visto a un vampiro aristócrata que salía de su tumba. Lo normal, por otro lado. Que levante la mano quien no haya soñado eso.

2. En 1890 Stoker descubrió en el libro Account of the Principalities of Wallachia, de William Wilkinson (último cónsul ingles en Bucarest), la existencia del vaivoda de Valaquia Vlad III “Tepes” (1431-1476), es decir, “Empalador” (llamado así por su afición a empalar vivos a sus enemigos), considerado hoy día como un héroe nacional en Rumania debido a su inflexible política de resistencia frente a los invasores, fueran otomanos, sajones o rusos. Su padre, Vlad II, recibió el apelativo “Dracul”, y de ahí que el hijo fuera “Draculea”. Aunque el rumano ‘Dracul’ venga del latín ‘draco’, que significa ‘dragón’, en rumano tiene la connotación de ‘demonio’. Si Stoker necesitaba un nombre y una localización para el personaje, ya los había encontrado: Europa Central u Oriental y ‘Drácula’. Que la sede del vampiro fuera un decadente castillo de la aristocracia rumana era cuestión de tiempo y de conveniencias estrictamente argumentales dentro de la novela.

3. La obsesión por la sangre posiblemente quedara redondeada cuando Stoker se informó acerca de la existencia de Erzsébet Báthory (1560-1614), conocida en familia como la Alimaña de Csejthe, aristócrata húngara que murió emparedada por haber asesinado a unas 600 doncellas para bañarse en su sangre y así, supuestamente, rejuvenecer. Ahora tenemos las cremas de L’Oréal.

Bram Stoker terminó sus días en medio de estrecheces económicas. Su jefe, Henry Irving, murió sin haberse prodigado económicamente con su ayudante. No es el primer caso en que la fortuna sonríe al genio post mortem.

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5 pensamientos en “Monografía: Bram Stoker

  1. La literatura sobre vampiros está muy relacionada también con la literatura y la tradición antisemitas europeas. Tenía unos enlaces por ahí, pero me da pereza buscarlos 😉

    Hace unos años leí “La madriguera del gusano blanco”, y no veas que ida de olla: terminabas un capítulo y tenías que comprobar si no te habías saltado páginas, si estaban bien numeradas y tal. Lo mejor es la peli que hizo el grillao de Ken Russell con la ultra-cachonda Amanda Donohoe.

  2. Por cierto, el otro día estaba hablando Fríker Jiménez de “Nosferatu” y mencionó la Golden Dawn como si fuera una cosa ultra-secreta que acabase de descubrir él mismo tras una arriesgada y sexuda himbestigación. Tienen un morro que es para hacerles una estatua ecuestre.

  3. Deberías ver “Generación NiNi” en la Secta, no a Friker. No me quito de la cabeza al retrasado mental que dijo que se fue de la oficina del INEM porque había tanta cola que le iba a dar la hora de comer. Y eso que le sobraban unos 20 kg al colega.

  4. Eso me recuerda lo que le pasó a un amigo mío que estudiaba traducción en Granada. Fue a la cafetería de la facultad a comer un bocata al mediodía, entre las clases de la mañana y la tarde, y cuando por fin pudo llamar la atención del camarero, este le miró con incredulidad: “Quillo, qu’estamo en la hora de comé…”

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