“El Cáucaso como imagen literaria en Lérmontov”, por Robert Lozinski

El moldavo Robert Lozinski (nacido en la URSS en 1970), Doctor en Filología Hispánica, profesor de lengua española en Bucarest y autor de la novela negra La ruleta chechena (Rey Lear), culmina mi entrada de ayer con una reflexión acerca de la relación entre Mijaíl Lérmontov y el Cáucaso:

El Cáucaso era el ambiente ideal para abordar temas románticos: una guerra (o sea, aventura), una causa por la cual luchar y un paisaje de escarpadas montañas, negros barrancos y nevadas cimas que hacen soñar a uno. O puede ser el lugar ideal para morir románticamente, con un duelo que debe desarrollarse necesariamente al borde de un precipicio. De esta manera, el destino del perdedor queda sellado.

Lérmontov, el autor de Un héroe de nuestro tiempo, libro concebido durante su estancia como militar en el Cáucaso, era consciente de la precariedad de la condición humana, tomándose a sí mismo como prototipo. Honrado, no pretendía engañar al público con una pluma fría, falta de vida, sino que jugaba siempre con las pistolas cargadas.

Al principio parecía que los astros le eran favorables: familia medianamente acomodada, que lo rodeó desde niño de valores culturales muy sólidos, y una supuesta ascendencia inglesa (Lermount). Pero era un muchacho un poco feo y físicamente frágil, pareciendo un junco a punto de romperse. No debía ser así un hombre en la marcial sociedad rusa de la época. Tuvo que soportar las burlas de sus compañeros y comerse los bollos con serrín que le preparaban a escondidas las chicas, una especie de “vete a hacer puñetas” (con perdón) pero a lo ruso. Ese rechazo femenino lo marcó profundamente. De tantas decepciones acumuladas nacería más tarde Pechorin, el cínico, el maltratador de corazones femeninos, el que se burla de la estupidez y flaqueza masculinas, el que es capaz de aguantar con sangre fría el desenlace de un duelo. Es el protagonista de Un héroe de nuestro tiempo, personaje antológico y muy criticado en la época ya que se veía en él al propio Lérmontov. ¿Egocentrismo?

Lérmontov se vio obligado a aclararlo en un prefacio a la segunda edición, donde, con muchos rodeos lingüísticos, expresó su hastío más profundo.

Como persona, Lérmontov nunca maduró lo suficiente para superar los antiguos fracasos y desengaños. Solía ponerse artificialmente insoportable cada vez que participaba en algún baile de sociedad, dirigiendo flechas envenenadas y comentarios maliciosos desde el rincón donde se recluía. Pero no era un bellaco cualquiera, sino más bien un chiquillo malvado que jugaba a ponerse pesado. Por desgracia, uno de estos jueguitos acabaría costándole la vida. En el duelo, Lérmontov disparó al aire mientras que Martynov, el rival ultrajado, le dio en el pecho. Tenía 26 años.

Hay algo de Lérmontov en mi novela La ruleta chechena. Por ejemplo, el detalle de la caída de la carta en el juego (que da título al libro) similar a la ruleta rusa, plasmado por aquél en el capítulo “El Fatalista”. Allí, Vúlich, un oficial serbio, coge al azar una pistola y se la dispara a la cabeza sin saber si está cargada o no.

–Cosas del destino –admite Pechorin, que es único que observa en la frente del serbio el singular sello que le ha estampado de antemano la Señora Muerte.
–Si no ha sido ahora va a ser más tarde, acaso esta noche –sentencia con cinismo.

Como si quisiera decirle que con algo así no hay que jugar. El presagio se cumple, Vúlich acaba sableado por un cosaco juerguista. La muerte, por tanto, no siempre es un espectáculo sublime.

El libro de Lérmontov ofrece además espléndidas descripciones de paisajes, nos presenta costumbres y tradiciones de la zona, y nos describe armas blancas y de fuego que se usaban en esa época.

Otra obra que nos ayuda a conocer el Cáucaso de la primera mitad del siglo XIX es El viaje a Arzrum de Alexandr Pushkin. En el conjunto de su creación literaria no es una obra muy importante, un motivo más para agradecer el esfuerzo de haberla traducido y publicado en español.

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