El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter

Novelita alucinante, entre lo onírico y lo feérico, de 154 páginas tan inolvidables como aparentemente triviales: solterón visita un balneario por recomendación médica; solterón conoce a jovencita; amor que aparece paulatinamente; el resto es obvio. Aplausos y baja el telón.

Con este volumen, aparecido el verano de 2008, la editorial Impedimenta continuaba con su apuesta por la calidad en tiempos de pelotazos pseudoliterarios basados en más Zafones que Zidanes (¿o eran Pavones?). Y es que no hay que tener miedo ni dejarse arrastrar por las corrientes. Que hay lectores para estas obras lo demuestra que El sendero en el bosque agotara con cierta rapidez el primer tiraje de 2.000 ejemplares.

Es curioso que el escritor Antonio Priante y yo coincidiéramos en una observación. En la solapa se lee que:

“Adalbert Stifter nació en la pequeña ciudad mercantil de Oberplan (actualmente Horní Planá, en Chequia) en 1805. Fue el mayor de los hijos de Johan Stifter, que murió en 1817 aplastado por un tren.”

¿No querrá decir “arrollado” por un tren? Con el verbo ‘aplastar’ lo que uno entiende es que su padre estaba junto a un tren que volcó. Más o menos como en ese capítulo de Los Simpson en que un tractor vuelca y aplasta a Homer cada vez que éste se le acerca.

Traducción de Carlos d’Ors Führer. En serio.

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Un pensamiento en “El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter

  1. Además, el primer tren empezó a circular en Inglaterra en 1825… Pero es igual, apesar de lo erróneo o absurdo de la información, dado que todo reseñista o reseñador, o incluso crítico, se alimenta de solapas de libros, la cosa se verá reproducida tal cual en diversos medios (ya la he visto en internet al pie de la letra).

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