Odisea, de Jack McDevitt

No es de extrañar que Jack McDevitt (Filadelfia, 1935) sea uno de los escritores de ciencia ficción más destacados de la actualidad, con un largo palmarés de victorias y nominaciones en los premios literarios más señeros del género: Hugo, Locus, Nebula, etc. Esta novela magnífica, Odisea, es el ejemplo de una inventiva de primer orden.

La obra se encuadra en el ciclo Las máquinas de Dios, junto con otras novelas como Chindi u Omega, también publicadas por la editorial La Factoría de Ideas, y es un claro ejemplo de la línea literaria del autor: situaciones misteriosas que quedan resueltas a medias (para que la imaginación del lector ponga de su parte), contacto con inteligencias alienígenas y xenoarqueología (encuentro de restos arqueológicos, como puedan ser templos en otros planetas, que indican que alguien estuvo allí antes que los humanos).

Sorprendentemente, el núcleo de la historia tiene una actualidad pasmosa: el peligro que supone para la humanidad (en el caso de la novela, para todo el cosmos) la experimentación científica en un acelerador de partículas que crea microagujeros negros (¿el acelerador del CERN en Suiza?). En medio de todo esto aparecen los jinetes lunares, objetos que quizá sean naves espaciales alienígenas en misión más que críptica para los terrícolas.

El libro también sorprende a otros niveles. McDevitt toma en consideración los posibles aspectos socioculturales del momento futuro en que se desarrolla la narración: el siglo XXIII. En ese sentido, es totalmente brillante la introducción y el despliegue de uno de los protagonistas, Gregory MacAllister, un escritor que se opone al derroche de fondos públicos del Gobierno Mundial en la exploración planetaria, arguyendo que el dinero tiene que gastarse en paliar las hambrunas de África. Pasan los siglos, mas todo continúa igual.

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