El increíble hombre menguante, de Richard Matheson

Matheson escribió esta su otra obra maestra (la número uno indiscutible es Soy leyenda) en 1956. Sólo un año después ya se filmaba la película, un clásico de lo fantástico en blanco y negro, pero con una palabra añadida al título: de The Shrinking Man pasó a The Incredible Shrinking Man. A partir de ese momento, el libro pasó a llamarse de igual modo, y la editorial La Factoría de Ideas no ha regresado a los orígenes. Comprendo la decisión pero no la comparto.

Esta novela mantiene las constantes de su obra anterior, I Am Legend: individuo aislado que se ve obligado a sobrevivir en condiciones no sólo extremas sino tan impensables como absurdas. Una vez más, parte del horror reside en el elemento cotidiano que se vuelve inesperadamente peligroso: antes era la esposa que regresaba de la tumba, o el vecino que aullaba en la calle (“Get out, Neville!”) deseoso de su sangre; ahora el espanto radica en la araña del sótano donde Scott Carey se ha quedado encerrado, insecto que deviene más grande a medida que nuestro protagonista empequeñece. Y una vez más, lo somático, el peso físico del aislamiento sexual en un mundo donde no queda nadie para ti: los vampiros te devorarán en un caso, y en el otro tu cónyuge te olvidará para poder salir de la pesadilla y continuar con una vida tan normal como sea posible. Robert Neville y Scott Carey, las imágenes especulares de quienes resisten hasta el fin, aun cuando su soledad no sea meramente física sino óntica. Literalmente, únicos en su especie.

No revelaré el final de la obra, tan sorprendente como el de Soy leyenda pero en absoluto amargo (confieso que me ha recordado al final de The Screwtape Letters, de C.S. Lewis, mal traducido al español como Cartas del diablo a su sobrino). Y por lo que se refiere a la estructura de la novela, me limitaré a decir que la que hoy nos ocupa es similar a la vampírica: tiempo real alternado con miradas al pasado para entender lo sucedido.

Desgraciadamente, tengo que decir algo acerca de la traducción. Es mejorable, y una vez más debido al mal uso de los adverbios de tiempo, fenómeno muy de moda entre traductores. Un ejemplo: en la página 164 hallamos la frase “[…] Hoy era 14 de marzo. Había pasado un día más”, traducción literal del inglés que, en español, no es correcta. En este caso concreto, la solución es tan fácil como quitar el adverbio. No sé por qué se complican tanto la vida.

El volumen no termina aquí, dado que el editor ha añadido cuatro relatos de Matheson. Merece la pena que los trate por separado, y será en breve.

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