Consideraciones literarias de Jaroslav Hašek y J.G. Ballard

Esta semana he hablado de dos volúmenes recientemente publicados: Milagros de vida, de Ballard, y Las aventuras del buen soldado Švejk, de Hašek. Cierta chispa saltó entre ambos libros, de modo que voy a profundizar. La excusa es que, para los dos autores, la literatura debe contener elementos que la conecten con la realidad más baja (por ejemplo, un lavabo), sea cual sea el argumento de la obra en cuestión.

Empezaré por Hašek, que ya está muerto y hay que respetar a los de más edad. En el epílogo a la primera parte de Las aventuras del buen soldado Švejk, leemos:

“La vida no es una escuela de delicadeza y cortesía. Cada uno habla como puede. El doctor Guth habla de una manera diferente a como lo hace el tabernero Palivec que sirve cervezas […].

Si es preciso utilizar alguna palabrota de uso corriente, no dudo en hacerlo. Expresarlo de otro modo o poner puntos suspensivos lo consideraría la más estúpida de las hipocresías. […]

Alguien dijo, muy acertadamente, que una persona bien educada puede leerlo todo. Sólo a las personas malpensadas y a las de una vulgaridad refinada, a las que en su hipocresía de baja estofa se lanzan sobre palabras determinadas en lugar de sobre el contenido general, les sorprende lo que es natural.

Hace unos cuantos años leí la reseña de una novela en la que el crítico se enojaba ante lo que el autor había escrito: “Se sonó la nariz y al acabar se limpió”. A su parecer, esta manera de escribir era antiestética y nada noble, contraria a lo que la literatura tendría que ofrecer al pueblo.

[…]

Los hombres que se sorprenden al leer un exabrupto no son sino unos cobrades, porque lo que les sorprende es la vida real; es precisamente este tipo de gente la que causa peor daño al carácter de una cultura. Esta gente educaría al pueblo como si fuese un grupo de personas hipersensibles, masturbadores de una falsa cultura […].” [traducción de Monika Zgustova para Galaxia Gutenberg]

Me ha sorprendido filológicamente la expresión “masturbadores de una falsa cultura”, similar a la expresión española actual “paja mental”. Pero al margen de eso, no sólo estoy de acuerdo con Hašek sino que iré más allá relacionándolo con el desplome del sistema educativo español: cuando se educa a los alumnos en el gratis y total y en pasar de curso con cuatro asignaturas suspendidas, cuando se les ahorra la experiencia, tan hegeliana como indispensable, de que la educación es esfuerzo y negatividad, los estamos educando como sujetos hipersensibles y estamos generando una falsa cultura.

Voy ahora a lo dicho por Ballard, cuando habla del momento en que descubrió, maravillado, a ciertos autores de ciencia ficción:

“Me fijé en ellos y empecé a devorarlos. Allí había un estilo de ficción que trataba sobre el presente, y a menudo era tan elíptico y ambiguo como las obras de Kafka. Aquella literatura reconocía la existencia de un mundo dominado por la publicidad de consumo, en el que el gobierno democrático se transformaba en relaciones públicas. Era el mundo de coches, oficinas, autopistas, líneas aéreas y supermercados en el que realmente vivíamos, pero que se hallaba ausente por completo en casi todas las obras de ficción seria. En una novela de Virgina Woolf nadie llenaba el depósito de gasolina de su coche. En una de Sartre o Thomas Mann nadie pagaba después de que le cortaran el pelo […]. Los escritores de la llamada narrativa de ficción seria compratían un rasgo dominante: su narrativa trataba ante todo de ellos mismos. […]” [página 146, traducción de Ignacio Gómez Calvo para Mondadori]

Ballard me ha leído la mente. No podría haberlo expresado mejor. Quizá a esa literatura se la podría llamar solipsista porque no se limita a la introspección sino a la abolición del mundo exterior. Y que no se me malinterprete: no estoy poniendo a parir ni a la Woolf ni a Mann. Todos mis respetos.

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Un pensamiento en “Consideraciones literarias de Jaroslav Hašek y J.G. Ballard

  1. Vamos por partes:

    Hasek. Sus reflexiones sobre la naturalidad que debe presidir la expresión literaria y su rechazo de la actitud farisaica, que no admitía palabrotas escritas, son muy adecuados para aquella época, pero no tienen sentido en nuestros días. Porque ahora se da exactamente lo contrario: que muchos escritores suelen recurrir a toda clase de palabrotas para que se vea que transgreden mucho. Porque la transgresión es ahora un valor. Lo que pasa es que suele quedarse en la típica transgresión del niño de cuatro años: “caca, culo, pis”.

    Ballard. No me da la impresión de que los personajes de Mann sean de los que se van sin pagar al peluquero. Algo así ocurre en Muerte en Venecia, pero se trata del peluquero del hotel, o sea, que quizá el servicio se pague con la cuenta. En todo caso, si a Ballard le parecía genial ser “tan elíptico” en ciertas cosas, otros escritores preferían ser elípticos en otras. No conozco bien a Sartre (sus novelas) ni a Wolf, pero respondo de Mann. Es un buen escritor y ninguno de sus críticos le llega a la suela de los zapatos. Y en cuanto a que la narrativa de aquellos escritores trata de ellos mismos, pues claro, del mundo que ven y siente ellos mismos. Como le ocurría al mismo Ballard.

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