Milagros de vida, de J.G. Ballard

James Graham Ballard (Shangai, 1930) es un clásico vivo de la ciencia ficción. Y no sólo de ese género. Suyas son dos novelas cuyos títulos son más bien conocidos por haber terminado en el cine: El imperio del sol, donde narra su propia infancia en un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial; y Crash, película sobrevalorada que sufrió problemas de censura en el Reino Unido debido a la morbosidad turbadora de conjugar el placer sexual con los accidentes automovilísticos. Como suele suceder, la censura ayudó a que un producto estéticamente defectuoso se pusiera por las nubes.

El señor sigue vivo (y que dure), de modo que el volumen abarca desde su nacimiento (primera línea: “Nací en el Hospital General de Shanghai el 15 de noviembre de 1930”) hasta el año 2007, cuando se le diagnosticó un cáncer de próstata con metástasis. Entremedio, toda una vida narrada de un modo absolutamente cautivador y en doscientas páginas que pasan volando.

En la primera parte, Ballard consigue trasladar al lector a la China de los años treinta y cuarenta, algo muy difícil de conseguir y que prueba un dominio absoluto del arte de la escritura. Sorprenden muchas cosas, entre ellas que jamás aprendiera una sola palabra de mandarín a pesar de nacer y vivir quince años en Shangai (vivía en la zona residencial para occidentales blancos), por no hablar de la descripción que nos hace de los británicos: todo el día bebidos, hecho que supuestamente les evitaba caer enfermos de lo que fuera, según nos dice poniendo como ejemplo a su propia madre. Es innegable que el alcohol desinfecta.

En la segunda parte el autor sigue repasando su vida, ya centrado en el regreso al Reino Unido y su carrera como escritor, previo paso por Canadá para recibir entrenamiento militar dentro de la OTAN (se alistó voluntariamente como piloto). También nos habla de su mujer y madre de sus tres hijos, figura omnipresente en su corazón tras su muerte en España por pneumonía en 1964. Esas páginas quizá sean las más emotivas del libro.

Para terminar, hay que decir que en la traducción, buena en general aunque mejorable en algunos aspectos, llama la atención que se ponga el nombre de la ciudad en inglés, ‘Shanghai’, y no en español, ‘Shangai’.

Anuncios