Cerdeña y el mar, de D.H. Lawrence

Conocemos a David Herbert Lawrence por sus novelas, principalmente, y de manera especial por El amante de Lady Chatterley. Pero el británico también se volcó en la literatura de viajes, y con un acierto estilístico notable. Un ejemplo claro es este volumen de la editorial Alhena: Cerdeña y el mar.

Lawrence nació en Eastwood (Nottinghamshire) en 1885. Su temprana muerte por tuberculosis en 1930 y su vida nómada y, hasta cierto punto, disipada, hicieron de él un icono que trascendió lo puramente literario. Incomprendido en su momento, levantó recelos y odios, y siempre al borde de la pobreza vivió en lugares tan distantes (y más a la sazón) como Italia o Australia, por no mencionar Sri Lanka. Aborrecía Inglaterra, notablemente desde que sus compatriotas lo acusaron de espionaje a favor de los alemanes. A destacar que los alemanes hicieron lo suyo: acusarlo de espiar a favor del Reino Unido.

En Cerdeña y el mar recogió las impresiones que dicha isla le causó. Con Palermo como punto de partida siciliano, saltó a la isla vecina y se empapó del mediterráneo italiano en Cagliari, Nuoro o Sorgono. Detallista como pocos, Lawrence sabía transmitir sus vivencias al lector, llevando al cenit una forma narrativa, la de viajes, tantas veces injustamente menospreciada.

Por cierto: Lawrence no viajaba solo. Lo acompañaba Frieda von Richtofen, su amante (abandonó marido e hijos por él) y prima del famoso piloto militar conocido como “Barón Rojo” (no os perdáis el primer minuto de este vídeo naíf). Así nos lo cuenta Miguel Martínez-Lage en una introducción magnífica (la traducción también es suya), añadiendo además que la relación de Lawrence con ella fue muy difícil. Se ve que la señora era insoportable.

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