Cómo no hay que escribir, II: Pasión india, de Javier Moro

Bajo un título tan repulsivo se esconde una novela igualmente vomitiva. Javier Moro se ha lucido de por vida, poniendo en negro sobre blanco la historia real de Anita Delgado (1890-1962), una malagueña que devino reina de Kapurthala (India, obviamente) al casarse con Jagatjit Singh.

La narración es en tercera persona. Veamos cómo empieza el fragmento que Planeta nos regala:

“28 de noviembre de 1907. Reina la calma sobre el océano. […] Al surcar las aguas costeras de la India, el S.S. Aurore […] deja a su paso unas suaves ondulaciones que agitan la superficie del mar. […]”

Tópicos para matar de hastío a ovejas, pero le doy el pase. Saltamos parágrafos y seguimos:

“La española asiente con la cabeza [no, asentirá con el culo si te parece]. Están invitadas a cenar en la mesa del capitán porque… ¡Es la última noche! A la joven le parece mentira. […]”

A mí también me parece mentira. Bienvenidos a la feria de los horrores. ¿Qué coño hace el autor usando exclamaciones? ¿Cómo que “¡Es la última noche!”? Parece que el narrador sea una quinceañera que acabe de ver a David Bisbal desnudo en la ducha. Volvemos a arrojarnos al abismo:

“Durante la travesía, Ana Delgado ha sido el blanco de todas las miradas y de todas las habladurías tanto por su atractivo como por el misterio que la rodea. Las magníficas joyas que le gusta lucir revelan a una joven adinerada; sin embargo, su temperamento dicharachero y su manera de hablar, en un francés defectuoso y con acento andaluz, evocan un origen incierto. […]”

Toma ya, hasta el fondo y sin escrúpulos. La novela rosa en todo su esplendor. No sé cómo no se le cae la cara de vergüenza. Veamos un parágrafo más, que uno tiene que mantener intacto el cerebro:

“¡Es difícil guardar un secreto! A Anita no le gusta mentir, pero se da cuenta de que no puede decir la verdad. […]”

Ya te digo. Hablando de secretos, contaré uno: cuantas más exclamaciones se usen en estilo libre indirecto, peor va a quedar.

Esto por hoy. Mañana, Zafón. Brrrrrrrrrrr…

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11 pensamientos en “Cómo no hay que escribir, II: Pasión india, de Javier Moro

  1. Para desincrustar toda la roña que te está quedando en el cerebro, nada mejor que releer a Hortelano y ya puestos, El Gran Momento de Mary Tribune masajeará tus meninges, dejándolas esponjadas y frescas.

  2. Masajes… cuando sea millonario y viva en Singapur, lo probaré.

    Ahora estoy con la magnífica edición que Galaxia Gutenberg ha lanzado de Las aventuras del buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek. Ya era hora de que la tradujeran directamente del checo.

  3. Navegando por entre las rocas de Planeta… Esa literatura es la que, naturalmente, lee la gente que no lee. Para ellos la repetición constante del vómito, que les sabe rico. Allá ellos.

  4. Confirmado. No sólo eso, sino que cada vez eso que describes se considera el ejemplo claro de escribir sin artificio, salero y “para que todos lo entiendan”.

    Las aventuras del buen soldado Švejk me acuerdo de verla en televisión siendo pitufillo, así que habrá que probar.

  5. Mañana cébate con Carlos Ruiz Zafón todo lo que quieras, pero lo digo por una única razón: que no te queden fuerzas para meterte el jueves con mi Álvaro… ¡Lo siento, tocayo! Mi Álvaro es mi Álvaro.

    El soldado Švejk debe estar muy bien. Por algo es el héroe nacional checo.

    Un abrazo,

    Carlos

  6. No te preocupes, Pombo es el más decente de los tres, y con diferencia. Pero no te pierdas el epílogo del viernes. No tengas a mano nada cortante porque te abrirás las venas.

  7. Lo primero es agradecerte la buena noticia: hacía tiempo que buscaba la novela de Hasek -aunque en la revista de este bimestre aún no ha aparecido.

    Lo segundo, un matiz que no empaña tus consideraciones generales. En un contexto menos tópico y más literario (sobraría aludir a la protagonista como “la española”, que nos remite al reportaje y no a la novela), las exclamaciones que criticas no estarían mal. De hecho a mí me parecen un eco del autor recordando alguna buena lectura: se trata del estilo indirecto libre, donde un narrador, aparentemente omnisciente, de repente da un salto a la conciencia del personaje sin utilizar comillas -por alguna razón no quiere cederle completamente la voz- y así, en terreno de nadie, oscila entre la narración y pensamiento nunca expresado de modo directo, aunque se acerque mucho. La gran virtuosa de esto es Virginia Woolf, cuyos textos adquieren así un ritmo característico. Precisamente en La señora Dalloway se usan muchas exclamaciones simples de ese tipo que irrumpen en la narración: ¡Qué fiesta! ¡Qué aventura!, etc.

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