Botchan, de Natsume Soseki

Natsume Soseki, de nombre real Natsume Kinnosuke (1867-1916), es uno de los autores más importantes de la literatura japonesa, y por fin una editorial, Impedimenta, nos lo ha dado en lengua española (traducción de José Pazó).

Soseki es tan básico que el gobierno nipón decidió poner su efigie en los billetes de mil yenes en 1984 (he visto otra efigie en los de mil, así que si alguien sabe lo que pasa que me lo explique). Descendía de una familia de samuráis venida a menos, y cuando contaba nueve años sus padres lo entregaron en adopción a un matrimonio que tenían a su servicio. En la universidad comenzó Arquitectura pero terminó pasándose a Lengua Inglesa, y de 1900 a 1902 estuvo becado en el Reino Unido, donde pasó la peor etapa de su vida: los británicos se reían de él porque le gustaba observar cómo caía la nieve. En 1906 publicó Botchan, que se convirtió en un superventas de inmediato, haciendo gala del significado chino de su pseudónimo ‘Soseki’: ‘terco’. Quien la persigue la consigue (que nadie lo tome al pie de la letra porque se ganará un pleito por acoso).

Botchan contiene elementos autobiográficos, ya que trata de un profesor destinado a una escuela secundaria situada en una zona remota de Japón. Con todo, parece que Soseki no lo pasó tan mal como el protagonista de su novela, el propio Botchan que le da título. Y es que la narración da muchísimo juego.

La novela mezcla un ritmo trepidante con un sentido del humor propio de la picaresca. No sólo recuerda, como bien dice el escritor Andrés Ibáñez en la magnífica introducción, al ya clásico americano The Catcher in the Rye, de J.D. Salinger, sino también a nuestro Lazarillo de Tormes. No porque Botchan sea un pícaro, que no lo es, sino porque se busca la vida como puede, en medio de una adversidad tan constante como cómica, y al final, además, consigue vengarse de determinados elementos que nunca estuvieron donde tenían que estar: a su lado, apoyándolo contra la crueldad gamberra de sus alumnos, unos paletos maleducados incapaces de aceptar a un profesor recién llegado de Tokio.

Hay dos versiones cinematográficas inencontrables. Y aunque las encontrara, no las entendería. Son de 1935 y 1953.

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