Presentaciones literarias en Singapur

Antes de llegar a Singapur, me escribió un escritor local en busca de editor externo para redondear su primera novela. Quería un perfil ajeno al mercado asiático. La cuenta correría a cargo del editor, la casa Ethos Books. Le dije que vale pero que me plantaría en la ciudad en breve. Miel sobre hojuelas.

A las pocas semanas, el editor nos invitó a una presentación literaria en The Arts House. El poeta, también novelista, era el singapurense Yeng Pway Ngon, ganador del Cultural Medallion of Literature 2003, y la obra el compendio Poems 1 [Rebellion], en edición bilingüe excelentemente traducida del mandarín al inglés por Alvin Pang y Goh Beng Choo:

[El señor que sonríe me firmó el libro; no en vano le compré también una de sus novelas, que resultó ser brillante.]

Por cierto, la novela del escritor que contactó conmigo ya está terminada. Hace poco tuvimos una reunión con el editor y sugerí los últimos puntos a tener en cuenta. Es de esperar que esté en el mercado justo antes de verano.

Shanghai Dolly

Tal es el nombre del garito donde fuimos ayer como alternativa a China One en Clarke Quay. Lo había visto un par de veces al pasar por delante pero no me había fijado especialmente. Me planté allí con un colega de trabajo y ese canadiense de quien ya os hablé en otra entrada, un tipo igual igual que Zapatero pero en rubio y en versión esponja para el alcohol.

Justo antes de entrar, tuve tiempo de sacar esta foto de otro local:

[A quién se le ocurre… pero tendré que ir.]

En Shanghai Dolly no se paga entrada. Imagino que la clavada una vez dentro es espectacular, pero como no pagué, no lo sé. Un amigo chino de mi colega de trabajo pagó toda la cuenta por un motivo que no me quedó claro. Y eran varias botellas de vodka. Pobre tío.

No es exactamente una discoteca porque hay mesas por doquier. De todos modos, se puede bailar sin problemas casi en cualquier lado. El personal, predominantemente chino, va mamadísimo. Hay tanto chino porque el grupo que toca (de p*ta pena) canta en mandarín temas conocidos en el país. No sé si perdí la noción de la realidad pero diría que incluso adaptaron una canción de Bon Jovi. Prefiero no pensarlo.

Junto a nosotros, en la barra, había un grupo de chinas poco agraciadas. Al chino que nos acompañaba con su novia le dije que una de ellas bailaba como una loca, y el tío entendió que era mona, de modo que no se le ocurrió nada más que ir a hablar con ella y presentármela. El papelón fue monumental. Luego, cuando se lo aclaré, nos partimos de risa. La nena, que se limitó a darme la mano (Deo gratias), terminó dos horas después en el suelo. Sus amigas se la llevaron, no sé si a vomitar, pero no las volvimos a ver.

[Si esto está en el servicio para caballeros, no quiero imaginar lo que hay en el de señoras.]

Al fondo del local tienen varios televisores con la Premier League y el Scudetto en directo. Cosas de la diferencia horaria. Algunos se sientan a ver el fútbol toque o no toque el grupo. Lo entiendo porque son una panda de horteras: ellas están bien, pero ellos van micro en mano con la camisa abierta luciendo pecho depilado. Uno de los músicos lleva en sintetizador colgando en plan guitarra, como en los ochenta. Para fusilarlos.

Pues eso. Noche divertida en el zoológico. Todo está decorado con mucha clase (china), pero no cuela. Me quedo con China One.

Thieves market en Singapur

Junto a mi casa hay una zona muerta que debería ser un parque. De momento se la conoce como el Mercado de ladrones, aunque lo que se vende es material de decimoquinta mano sacado de cualquier parte y no precisamente robado (camisetas cutrísimas, cintas VHS con pelis chinas del año de la catapum, etc.):

[Vista desde mi ventana.]

Los vendedores son pobre gente, en algunos casos dementes seniles que duermen en la calle, y poco tienen que ver con el robo, actividad casi inexistente en un país con uno de los índices de criminalidad más bajos de la Vía Láctea.

Sarong Party Girls

Cuando Singapur y Malasia eran colonias británicas, los señoritos de buena familia se marcaban fiestas exclusivas con jóvenes locales que pretendían casarse con ellos para trepar en el estatus social. Dichas jóvenes se ponían para la ocasión un sarong, vestido tradicional malayo de corte diverso tanto para hombre como para mujer (en la foto, el modelo moderno usado por las azafatas de Singapore Airlines), y se iban a la caza del ang moh, término hokkien que significa “pelirrojo” y que se aplica, a veces despectivamente, a todo varón occidental blanco. Incluso a mí, curiosamente.

Actualmente se llama SPG a las singapurenses o malasias que sólo se relacionan con hombres blancos. La relación no pasa necesariamente por el sexo, pero suele ser así, para qué engañarnos. En muchos casos esta actitud se remite a una baja autoestima muy bien ocultada. La idea arquetípica es que los blancos somos mejores en todo, y se llega al extremo de dejar de hablar la lengua familiar (cantonés, malasio, o lo que sea) para pasarse al monolingüismo en inglés. He conocido casos y dan bastante pena, la verdad, por más buenas que estén las tías.

Para algunos inmigrantes occidentales esto es el paraíso: chicas guapas que, sin ser prostitutas, ligan contigo en plena calle (literalmente, no me lo invento). Si te va la fiesta sin escrúpulos, en Singapur y Malasia te lo pasarás de muerte. La otra cara es que se han dado casos en que han drogado al machote y lo han desvalijado. No todo el monte es orégano, ni toda promiscua una SPG.